Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 62
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Capítulo 62

CAPÍTULO SESENTA Y DOS

—Stanley, ¿es por lo de la quedada de esta noche? Lo siento, pero...

—No es eso, tío. ¿Te he despertado?

Mike se rio. Estaba de pie en la habitación de Louis, que solo utilizaban por las noches para caminar de un lado a otro y cambiar pañales, dado que el bebé dormía con él y Tina.

—No. De ese trabajo ya se ha encargado mi hijo hace más de una hora.

—Vaya rollo.

—No pasa nada. ¿Qué ocurre?

—Nada. No es nada. Nos vemos luego en la oficina.

—Stan, me has llamado a las siete menos cuarto de la mañana. Pasa algo. ¿El qué?

—Vale. —Stanley inspiró hondo—. No le digas a nadie que he hablado contigo de esto, por favor.

—De acuerdo. —Mike se preocupó—. No te irás a marchar, ¿no? —Frunció el ceño, recordando a su antiguo colega, Johnny Chiles—. No me digas que los dichosos Kelvin han ido a por ti también.

—¿Qué? No. Aunque tiene que ver con ellos .

Louis se removió sobre su hombro. Le había dado un biberón al niño, algo que había empezado a hacer últimamente para que Tina pudiera quedarse un rato más en la cama. El coma lácteo había durado unos veinte minutos y ya empezaba a pasársele.

—Suéltalo ya. Voy a tener que cambiar un pañal dentro de nada, a juzgar por el olor que sale de aquí.

—Qué asco. Vale. Es por el sargento.

—¿El sargento? ¿Qué ha hecho?

—No lo sé —dijo Stanley—. Puede que no haya hecho nada. Es solo que... ¿has visto alguna vez a su hijo?

—¿A Jacob? Vive en Londres. Hablé con él por teléfono una vez, cuando tuve que llamar al sargento el domingo de Pascua. Eso no lo repito ni loco. Pero no, nunca he coincidido con él.

—Vale.

—¿Qué pasa con él, Stan?

—Mira, no debería contártelo. Debería decírselo primero a la inspectora.

—¿Qué ocurre? ¿A qué viene todo esto de Jacob?

—La científica ha encontrado algo. Extractos bancarios. De Kelvin.

—Creía que la familia había revocado el acceso.

—Se les pasaron un par de cuentas de ahorro.

—¿Y qué pasa con esos extractos bancarios? Espera un momento.

Louis estaba despierto. Mike se sentó en el sillón que Tina usaba para las tomas, acunando al bebé. El pequeño sonrió, eructó y se tiró un pedo.

—No tengo mucho tiempo, Stanley. ¿Puedes ir al grano?

—Vale. Kelvin ingresaba dinero en la cuenta de Jacob. Quinientas libras al mes.

—¿Jacob Frampton? ¿Estás seguro de que es el mismo?

—Solo hay cuatro, según Google.

—Ah, y Google lo sabe todo.

—Mike, ¿qué posibilidades hay de que Kelvin le enviara dinero a alguien que casualmente se llame exactamente igual que el hijo del sargento?

Stanley tenía razón.

Louis empezó a llorar.

—Mira, colega —suspiró Mike—. Tengo que dejarte. ¿Podemos hablar de esto luego? Estaré en la oficina dentro de media hora.

—Vale. Nos vemos en un rato.

—Ah, y antes de que cuelgues...

—¿Sí?

—Fuimos al Chipperies anoche. Es larga de contar, no preguntes. Tienen cámaras. Así que podemos acercarnos esta mañana para ver si alguno de los Kelvin pasó por allí el sábado por la noche.

—Vaya coincidencia: que vayas a comprar patatas justo cuando tenemos ese cucurucho de patatas como prueba.

—Sí, bueno, intenta tú cocinar con un bebé de tres meses en casa. Me tengo que ir. Louis me acaba de echar medio biberón en la camiseta.

—Mejor tú que yo, tío. Te dejo.