Capítulo 61
CAPÍTULO SESENTA Y UNO
A Elsa la despertó el timbre del teléfono, junto a la cama. Alargó una mano, buscándolo a tientas en la mesilla de noche.
—¿Qué es eso? —Lesley se dio la vuelta a su lado—. ¿Tu alarma?
—Vuélvete a dormir —le dijo Elsa.
—Mmm. —Lesley se acurrucó de nuevo bajo el edredón.
Por fin Elsa encontró el teléfono. Le dio un manotazo y casi lo tira al suelo. Lo agarró y se lo puso delante de la cara.
Número oculto.
Entrecerró los ojos para ver la pantalla. No eran ni las seis.
«¿Quién llama antes de las seis de la mañana?».
Se incorporó. Su madre iba a venir a la boda. Elsa había tratado de no pensar mucho en ello. Pero había estado llamando a horas intempestivas, molestándola con quejas sobre su salud.
Elsa contestó.
—¿Diga?
—¿Elsa Short? —Era una voz de hombre.
—Soy yo. ¿Es por mi madre? ¿Está bien?
—¿Tu madre? No. No es por tu madre .
Lesley roncaba a su lado. Elsa se recostó en las almohadas. Bajó la voz.
—Si está intentando venderme algo, no son ni las...
—No intento venderte nada. Pero puede que tú sí puedas venderme algo a mí.
—¿Ah, sí?
Elsa sacó las piernas de la cama, con cuidado de no molestar a Lesley. Fue hacia la puerta del dormitorio, agarró la bata y se la puso a tirones, pasándose el teléfono de una mano a otra para no apartarlo de la oreja.
—¿Quién es usted? —preguntó mientras cerraba la puerta del dormitorio tras de sí.
Sharon dormía en la habitación de al lado; no había llegado a casa hasta pasada la una de la madrugada.
Elsa se había despertado al oír cerrarse la puerta, pero Lesley ni se había enterado.
No sabía si debía comentárselo a Sharon o a Lesley.
—Tú solías representar a mi tío —dijo el hombre.
Elsa se sentó despacio en el sofá. Estiró los músculos de la cara y se frotó la mejilla con la mano libre.
—Tendrá que ser más específico. ¿Lo han detenido?
—No. Pero quiero una buena abogada local, por si acaso.
Ella se enderezó y sacó pecho.
—Entonces soy la mujer que busca.
Una carcajada.
—No te engañes, querida. Es que sé que no tienes muchos escrúpulos, nada más.
—No sé de qué me habla.
—Vale. No nos andemos con rodeos. Me llamo Kyle Kelvin. Puede que hayas oído hablar de mí. Tú trabajabas para mi difunto tío, que en paz descanse.
Se le erizó la piel.
—No trabajo para su tío desde hace casi un año.
—Eso no es lo que yo he oído.
—Señor Kelvin, ¿lo han detenido? ¿Necesita que alguien vaya a la comisaría a representarlo? Porque normalmente no recibo llamadas a estas horas a menos que sea una emergencia.
—No es una emergencia.
Elsa oyó un movimiento detrás de ella. Se giró y vio a Lesley de pie en la puerta, con el rostro tenso.
—¿Qué haces? —preguntó Lesley.
—Nada. Vuelve a la cama.
Lesley negó con la cabeza. Fue a quitarle el teléfono de la mano a Elsa, que apenas lo sujetaba, y cayó al suelo.
Lesley lo apartó de una patada.
Elsa se puso en pie.
—Pero ¿qué...?
—Lo he oído. Era Kyle Kelvin, ¿verdad?
—¿Por qué has...?
—Busca una abogada porque vamos a por él.
—¿A por él por qué? —Elsa miró su teléfono—. Lesley...
—No me vengas con esas. No cuando estás a punto de tomar la segunda decisión más estúpida de tu vida.
Elsa echó un vistazo al teléfono, que seguía en el suelo. ¿Estaría Kelvin oyéndolo todo?
—¿Y cuál fue la primera?
—Trabajar para su tío.
—No tuve mucha elección.
Lesley se agachó y recogió el teléfono. Lo apagó.
—Pues ahora sí la tienes. Y si decides representar a ese hombre, te arrepentirás durante mucho tiempo.