Capítulo 59
CAPÍTULO CINCUENTA Y NUEVE
—Venga, vamos. —Tina sacó el portabebés de la parte trasera del coche y pasó el brazo por el asa—. Me muero de hambre.
Habían aparcado en el aparcamiento de St John’s Hill, tan cerca del Chipperies como les fue posible. Al pasar por delante de la freiduría, Mike se fijó en que había cola fuera.
—Espera —dijo él, corriendo hacia la parte trasera y cerrando la puerta. Tina se había marchado a toda prisa sin cerrarla después de sacar a Louis.
Pulsó el botón del mando para cerrar el coche y observó cómo parpadeaban los intermitentes; luego se giró y la vio desaparecer por el callejón que llevaba a South Street.
Tenía que pagar el aparcamiento.
Pero no tenía tiempo.
«Bueno», se dijo a sí mismo. «Eres policía. No pasa nada».
Corrió para alcanzarla y se llevó por delante a dos mujeres que venían en sentido contrario al doblar la esquina hacia South Street.
—Perdón —masculló. Ellas le lanzaron una mirada de reproche y siguieron su camino.
—¡Tina! —gritó .
Ella iba más adelante, con el portabebés en brazos.
¿Cómo podía moverse tan rápido con todo ese peso? ¿Y cómo no se despertaba Louis?
Lo cierto era que Louis tenía el don de dormir como un tronco cuando estaba en ese portabebés. Mike se había planteado muchas veces subirlo al dormitorio cuando el niño se negaba a dormir en el moisés por la noche.
Tina ya había llegado a la cola.
—¡Tina! —Él estaba justo detrás de ella. Pero ella, en lugar de ponerse al final de la cola, entró directamente.
La gente se apartó para dejarla pasar, y los murmullos de «mira por dónde vas» dieron paso enseguida a un «mira qué pequeñajo» y un «¡qué mono!».
Mike alcanzó por fin a su mujer dentro del local. El portabebés estaba en el suelo, junto a sus pies; su hijo, milagrosamente, seguía dormido.
Ella estaba enseñando la placa.
—Tina —siseó él.
Ella meneó la cabeza, sin volverse a mirarlo. Le sonreía a la mujer que estaba tras el mostrador.
—Entonces, el sábado por la noche habría estado encendida, ¿verdad? —preguntó.
—¿Qué haces? —murmuró Mike.
—Tu trabajo —respondió ella en voz baja. Apoyó una mano en el mostrador—. ¿Habría alguna posibilidad de que nos dejaras echarle un vistazo?
—Lo siento, guapa. —La mujer suspiró—. Solo se puede acceder desde la oficina, y Dan no trabaja esta noche. Solo él tiene la llave.
—Alguien tiene que poder entrar en su oficina. ¿Y si hay una emergencia?
—Bueno, no es la oficina, verás. Es el ordenador. —La mujer se ruborizó—. No me gusta tocarlo .
Mike se puso al lado de Tina. Era consciente de que Louis estaba en el suelo, entre los dos. «No te despiertes, pequeño».
—Lo siento —dijo Mike.
—¿Quién es usted?
Él vaciló.
—Soy el cabo Legg.
—Debo decir que me parece muy extraño que traigan a un bebé a una investigación policial. ¿No les dejan llevarlo a una guardería o algo así, guapa?
—No pasa nada —dijo Mike.
—No le preguntaba a usted. —La mujer lo miró a él y luego a Tina.
—Pero no importa —respondió él—. Estamos fuera de...
—No te preocupes por Louis —le dijo a la mujer tras darle un pisotón a Mike—. Pero ¿puedes decirme cuándo vendrá Dan para que echemos un vistazo a las grabaciones?
—Mañana a las nueve, guapa. Te sugiero que te lleves al bebé a casa. Va a pillar una pulmonía.
—Lo haremos, gracias. ¿Nos pones una ración grande de bacalao con patatas y un cucurucho de patatas, ya que estamos aquí?
Hubo murmullos detrás de ellos.
—Tina, nos hemos colado —dijo Mike.
—¿Quieres que me quede fuera con Louis esperando a que avance la cola? —Ella lo miró.
—No, pero...
—No se preocupen —dijo la mujer. Les entregó un paquete—. Tomen, invita la casa. Vuelvan por la mañana y déjenme seguir atendiendo, que tengo mucha cola.