Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 55
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Capítulo 55

CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO

La oficina estaba en silencio cuando llegó Stanley; no había nadie. Se preguntó si se habrían marchado todos a casa o si estaban fuera siguiendo pistas.

Aun así, no venía mal no tener a nadie encima, dado lo que estaba a punto de hacer.

Dejó caer el abrigo sobre el respaldo de la silla, maldiciendo cuando se enganchó en las ruedas al tirar de ella, y se sentó. Se moría por un café, pero quería terminar esto antes de que apareciera alguien más.

Puso sobre el escritorio la hoja de papel que le había dado Sunil. Era el extracto impreso de una cuenta de ahorro de Kelvin, con pagos a un tal Jacob Frampton.

Había oído a Dennis mencionar a su hijo alguna vez. Se llamaba Jacob.

Pero si recordaba bien, el hijo de Dennis vivía en Londres. ¿Por qué iba Kelvin a enviarle dinero?

Chasqueó los dedos mientras esperaba a que la pantalla se encendiera y luego bostezó. Tenía que irse a la cama más pronto esa noche, en lugar de quedarse hasta tarde jugando a la versión online de Catán con unos desconocidos .

Vale.

¿Qué debería mirar primero? ¿El coche o la cuenta bancaria?

«La cuenta bancaria. Mejor quitármelo de encima».

Alisó la hoja de papel sobre el escritorio. Quinientas libras al mes, a Jacob Frampton.

No era nada. Si ibas a aceptar dinero de un hombre como Arthur Kelvin, ¿no tenía más sentido sacarle mucho más que eso?

El sargento se estaba jugando su carrera, su pensión y posiblemente su vida al hacerlo. ¿Y todo por solo quinientas libras al mes?

Empezaría comprobando el nombre. Jacob Frampton. Quizá hubiera más de uno.

Buscó el nombre en Google y obtuvo cuatro resultados. Uno en Londres: ese era el hijo de Dennis. Dos en Dorset. El cuarto estaba en Canadá. Ese, casi seguro, quedaba descartado.

Era un apellido local, desde luego. Así que quizá no tuviera nada que ver con Dennis después de todo. Quizá había otro Jacob Frampton que estaba mezclado con Kelvin.

La única forma de saberlo con seguridad era contactar con el banco.

Stanley tenía que llevarle esto a la inspectora.

O quizá al sargento.

Primero tenía que darle unas vueltas.

Respiró hondo, sintiendo cómo el aire frío de la oficina vacía le escocía en la nariz, y se volvió hacia el ordenador.

Consultaría la base de datos. Averiguaría qué coche conducía Kelvin.

Sonó su teléfono: era Mike.

—¿Qué pasa, tío?

—Hola —respondió Mike—. Te llamaba por lo de esa copa que nos íbamos a tomar mañana por la noche.

—Lo vas a cancelar por el caso .

—No es por eso. Es que todavía estoy en Sandbanks terminando de revisar las cámaras de vigilancia y me sabe mal por Tina, con lo tarde que llego a casa y todo eso. No quiero dejarla sola mañana por la noche tampoco.

—Lo dejamos para otro día. ¿Y que se venga Tina también?

—Sí. Eso le gustaría. Gracias.

—¿Mike?

—¿Dime?

Stanley se levantó de su escritorio. Lanzó una mirada a la puerta y luego caminó hacia la ventana. Había unos pocos coches en el aparcamiento; no reconoció ninguno.

—Si te estás encargando de las cámaras, ¿significa que tienes los datos del coche de Kelvin? ¿De Arthur Kelvin?

—Los tengo. Y los de Kyle Kelvin también, si los quieres. Te los mando.

—Gracias. ¿Qué conducía Arthur?

—Un Land Rover Discovery. Negro.

—¿Qué modelo?

—Espera un segundo. —Hizo una pausa—. Un Metropolitan.

Stanley apoyó una mano en el cristal. «Eso es».

—Coincide —dijo.

—¿Con las huellas de los neumáticos de la escena?

—Sí.

—Y Meera y yo tenemos grabaciones de Arthur Kelvin dirigiéndose a Purbeck en el ferry el sábado por la tarde.

—Así que quienquiera que lo matara lo llevó al Estanque Azul en su propio coche —dijo Stanley—. Cabrón descarado.

—Tiene sentido —dijo Mike—. Si usas tu propio coche y algo sale mal, podrían rastrearlo hasta ti. Además, está lleno de tu ADN. Usas el coche de la víctima y lo único que tienes que hacer es ponerte un traje de protección y estás limpio.

—¿Crees que los Kelvin podrían conseguir trajes forenses?

—Se pueden comprar en Amazon. Por supuesto que sí.

—Ya. —Stanley se dio la vuelta al oír abrirse la puerta—. Espera, ha llegado alguien.

Era Katie Young. Stanley la saludó con la mano y luego volvió a mirar hacia la ventana.

—Tengo que colgar.

—La jefa nos ha dicho que lo dejemos por hoy —dijo Mike.

—Tengo un par de cosas que terminar y después haré lo mismo. Nos vemos mañana. Dale recuerdos a Tina.

—De tu parte. —Mike colgó.

Stanley se giró y vio a Katie de pie junto a su escritorio. Ella tenía la vista clavada en la hoja del extracto.

Volvió deprisa a su silla, se dejó caer en ella y tapó el papel con la manga.

—¿Todo bien? —preguntó.

La subinspectora le lanzó una mirada extraña.

—Genial.

—¿Genial?

—He conseguido los nombres de todos los retoños de los Kelvin.

—¿Ah, sí?

—Sí. Darren, que es el que está en la cárcel...

—Eso ya lo sé. Yo estaba allí cuando lo detuvieron.

—Ah. Perdona. —Ella se encogió de hombros con una sonrisa. Tenía la cara ancha y unos grandes ojos azules. ¿Qué tendría, veinticuatro años? Y más entusiasmo que un niño el día de Reyes.

—¿Y quiénes son los otros retoños? —Dobló el extracto y lo guardó en el cajón del escritorio.

—Darren tiene a Finn y Lottie. Kyle tiene a Bailey y Josie.

—Nombres bonitos. Nadie diría de qué familia vienen.

—No.

—¿Y las madres?

—Eh, sí. —Sacó su libreta—. La mujer de Darren se llama Becca. Los niños viven con ella en Southampton .

—¿No viven en la casa de Arthur Kelvin?

—No. La novia de Kyle se llama Charlene. Todavía no he conseguido localizarla.

—Pero parece que sus hijos estaban en la casa la primera vez que la inspectora estuvo allí. Antes de que muriera Amanda.

—Lo que significa que es probable que él estuviera en el condado. —Los ojos de Katie brillaron.

—Así es. ¿Se lo has dicho a la inspectora?

—Todavía no. Voy a hablar primero con mi jefe.

Stanley frunció el ceño. La inspectora no había dicho que las cosas funcionaran de esa manera.

Aun así, ahora él lo sabía. Se lo diría a la inspectora por la mañana. Después de haber hablado con ella sobre el extracto bancario.

O con el sargento. Aún tenía que decidirlo.