Capítulo 54
CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO
—¿Elsa? ¿Te encuentras bien?
Lesley cerró la puerta de su coche y se dirigió hacia el banco. Elsa se giró, sobresaltándose al verla.
Se apresuró a llegar al banco y se sentó junto a su prometida.
—No sé qué hacer. —Elsa contemplaba el mar.
—¿Hacer? ¿Con qué?
—¿Te acuerdas de la nueva clienta de la que te hablé? —Elsa se volvió hacia ella.
—¿Con la que tenías la reunión? —Lesley sintió un vuelco en el estómago—. ¿Cómo ha ido? —Se imaginaba la respuesta.
—Amanda ni siquiera se ha presentado. —Elsa sacudió la cabeza—. Había puesto todas mis esperanzas en ella, y va la muy idiota y no aparece.
—¿Amanda?
—Amanda Kelvin. —Elsa se echó hacia atrás—. Su abogado de familia supuso que iba a necesitar un penalista muy pronto, dado que su marido murió solo unos días después de solicitar el divorcio.. .
—Espera un momento —dijo Lesley, poniendo una mano en el brazo de Elsa—. ¿Me estás diciendo que hablaste con el abogado que llevaba el divorcio de Amanda?
—Xavier Robson. Sí.
—¿Y Kelvin solicitó el divorcio la semana pasada?
—No puedo decírtelo. —Elsa palideció—. Secreto profesional.
—Pero no es tu clienta. —Lesley se inclinó hacia ella—. Me acabas de decir que no se ha presentado.
—Pero es que no sé nada. Ni siquiera he tenido la oportunidad de conocer a esa mujer.
Lesley agarró la mano de Elsa. Algo le llamó la atención.
—Tu bufanda —dijo—. Llevas puesta tu bufanda verde.
—Ah. Sí, creía que la había perdido. —Elsa la acarició con los dedos y su voz bajó de tono—. Quería tener un aspecto profesional. —Se hundió en el banco—. Estoy acabada, amor. No veo cómo voy a sacar adelante este maldito bufete.
—Ven a sentarte conmigo en el coche, cielo. —Lesley volvió a mirar la bufanda. Si la bufanda que Gail había encontrado estaba en las pruebas, era imposible que fuera la de Elsa.
«Gracias a Dios».
—Vamos. —Lesley se levantó y tiró del brazo de Elsa.
—Está bien. —Elsa se puso en pie, con movimientos torpes, y la siguió.
—Cuéntame qué ha pasado. —En el coche, Lesley puso la calefacción a tope.
—Nada, en realidad. Recibí una llamada del tal Xavier Robson y me dijo que su clienta necesitaba un abogado penalista.
Cuando me dijo quién era y lo que había pasado, bueno, me planteé hablarlo contigo.
—Estrujó la tela del pantalón—. Pero ya nos hemos visto las caras en la sala de interrogatorio un montón de veces.
Si hubieras tenido que interrogarla en relación con la muerte de su marido, no habría sido precisamente algo nuevo .
—Eso es verdad, supongo —respondió Lesley. No le gustaba la idea de que Elsa representara a sus sospechosos, y nunca le gustaría, pero era algo por lo que ya habían pasado y no tenía dudas de que volverían a pasar. Aunque no en este caso.
—¿Es eso? ¿La habéis detenido? —Elsa se volvió de golpe.
—Está muerta. —Lesley sacudió la cabeza.
—¿Qué? —Elsa frunció el ceño.
—Ha muerto esta mañana. La familia dice que ha sido un suicidio, pero no me creo ni una palabra.
—Al menos eso lo explica. —Elsa se llevó la mano abierta a la cara—. Pobre mujer. ¿Crees que Kelvin la mató?
—Seguía viva cuando él murió. Así que no.
—Podría haber encargado a uno de sus matones que lo hiciera.
—Tú representabas a ese hombre —dijo Lesley—. ¿Tuviste muchos tratos con esos «matones»?
—No. Y no debería estar hablándote de él. No debo de encontrarme bien.
—No te culpo, amor. —Lesley tomó la mano de Elsa—. Pero las cosas mejorarán. Él ya no puede amedrentar a la gente para que no trabaje contigo.
—¿No puede? —Elsa retiró la mano y se golpeó la frente con las yemas de los dedos.
—No hagas eso. —Lesley levantó una mano para detenerla—. No querrás tener cicatrices el día de la boda, ¿no?
—No. Lo siento. —Elsa bajó la mano.
—No tienes que pedir perdón. Pero todo se irá poniendo más fácil, estoy segura. Solo... solo intenta no aceptar a ningún cliente que yo tenga previsto detener, ¿vale?
—Eso podría ser complicado, dada tu reputación. —Elsa se rio. Fue una risa leve, pero una risa al fin y al cabo.
—Lo sé. —Lesley sonrió—. Y no lo digo en serio. Siento lo de tu clienta. Te quiero.
Elsa la miró. Sus ojos brillaban bajo la luz de la farola de fuera.
—Yo también te quiero.