Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 47
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Capítulo 47

CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE

Lesley se quedó mirando el teléfono un momento.

«Dennis, ¿qué te pasa?».

El psicólogo le había dado el alta hacía seis meses. Se suponía que estaba bien. Y durante cinco meses y medio, lo había estado.

Pero dos semanas antes había empezado a pedir bajas de nuevo. No se creía el cuento de la migraña, del mismo modo que no creía que Amanda Frobisher se hubiera cortado las venas por voluntad propia.

Dio un puñetazo al escritorio. No necesitaba esto ahora. Estaban trabajando en el caso más importante que el equipo había tenido en años y no podía permitirse perder a su mejor sargento por problemas de salud mental.

Sacudió la cabeza, decidida a ocuparse del asunto de Dennis una vez resuelto el caso, y marcó el número del depósito. Si Vera Kelvin seguía allí, quería saberlo.

—¡Tú!

Levantó la vista y vio a la mujer de pie en el umbral.

—¿Qué cojones haces sentada en la silla de mi hijo?

Lesley se puso de pie. Tratándose de cualquier otra víctima de asesinato, nunca se habría sentado a su escritorio. Era una falta de delicadeza.

Pero Arthur Kelvin...

La delicadeza no tenía nada que ver con esto.

—Lo siento, señora Kelvin. ¿Cómo se encuentra?

—Como si te importara. —La mujer se dio la vuelta—. Sígueme.

Lesley agarró su teléfono, puso la grabadora y siguió a la anciana hasta la misma sala de estar donde había hablado con Amanda el día anterior.

—Siéntate. —Vera se quedó junto a la ventana y le clavó la mirada a Lesley.

A Lesley no le gustaba que le dieran órdenes, pero quería caerle en gracia a la señora, o al menos dejar de caerle tan mal. Se sentó en el sofá más cercano.

—¡Ja! —La risa sonó como un escupitajo—. No rompes ni un plato, ¿a que no?

—Señora Kelvin, tengo algunas preguntas que me gustaría hacerle sobre lo de su hijo...

—Cállate.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a Arthur? —Lesley cerró el puño sobre su regazo. No iba a permitir que aquello sucediera.

Vera cruzó la habitación y se plantó frente a ella. Para una octogenaria que cojeaba en el hospital, sabía moverse rápido.

—No te atrevas —siseó.

—Estoy intentando averiguar adónde fue su hijo en las horas previas a su muerte y a quién vio. Eso nos ayudará a determinar quién fue la última persona que lo vio y quién pudo haberlo matado.

—No te metas donde no te llaman.

—Imagino que querrá que encontremos al asesino de su hijo. —Lesley suspiró.

—Claro que no, joder.

—¿Cómo que no? —Lesley se enderezó.

Vera dio un pisotón en la alfombra, solo uno, y luego volvió hacia la ventana. Esta vez se movió más despacio, acordándose de cojear.

—No. —Miró por la ventana y puso las manos a la espalda, con los dedos entrelazados.

—¿Por qué no?

—En esta familia, los trapos sucios los lavamos en casa.

—Si se refiere a tomarse la justicia por su mano...

—Me refiero a lo que es justo. —La mujer levantó una mano para detenerla—. No queremos que los de tu calaña metan las narices en nuestros asuntos, como tampoco queríamos que muriera el pobre y querido Arthur.

«El pobre y querido Arthur». Era la primera vez que Lesley oía algo que se pareciera mínimamente a una señal de duelo por parte de aquella mujer.

Y el parecido no era muy grande.

—Nuestro trabajo es llevar al asesino de su hijo ante la justicia, señora Kelvin. Y lo haremos. Si nos ayuda, podremos terminar antes. Y dejarla en paz.

—Bah, eso no me preocupa. —Vera se dio la vuelta.

—Con el debido respeto, señora Kelvin. Por ley, tenemos derecho a estar en su casa para buscar pruebas y para interrogar a cualquier persona que...

La puerta se abrió y entró el ama de llaves. Hizo una pequeña reverencia al ver a la anciana.

Lesley reprimió una carcajada. ¿Quién se creía que era Vera, la reina?

—Señora Kelvin —dijo la mujer—, hay una llamada telefónica. Para la inspectora.

El rostro de Vera se iluminó. Hizo un gesto hacia Lesley.

—Bueno, ahí la tienes. Dale el teléfono.

—Es en la línea fija. En la cocina. —El ama de llaves miró a Lesley con apuro—. ¿Sería tan amable de seguirme ?

—Pues ve. No te entretengas. —Vera se rio.

—Por favor, no se mueva de aquí. —Lesley se levantó. Miró a la anciana a los ojos.

—Es mi casa.

—Todavía tengo preguntas para usted.

—Seguro que sí. —Hizo un gesto como para espantar moscas.

Lesley se tragó la rabia y siguió al ama de llaves a la cocina. Ya había estado allí, antes de que llegara Gavin. Era más pequeña de lo que esperaba. La cocina de servicio, supuso. No la de la familia.

El auricular del teléfono estaba sobre la encimera. Gerta lo señaló. Lesley lo cogió.

—Inspectora Clarke.

—Lesley.

—¿Señor?

Era Carpenter.

—Sí. Necesito que te retires.

—¿Perdón? Señor, si necesitaba hablar conmigo, ¿por qué no me ha llamado al móvil?

—No respondías.

Eso era mentira.

—¿A qué se refiere con que me retire?

—El jefe de policía ha pedido que dejemos en paz a los Kelvin. Solo hasta que nos hayamos reagrupado. Necesito que salgas de la casa de los Kelvin y que te lleves a todos los efectivos de la científica que tengas allí.