Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 46
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Capítulo 46

CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS

Dennis estaba sentado en su coche, con las manos aferradas al volante.

Se encontraba en un apartadero a las afueras de Swanage, con el motor al ralentí y el coche aparcado en un ángulo que le habría reprochado a cualquier otro conductor.

No sabía qué le había pasado.

Se inclinó hacia delante y apoyó la frente contra el volante. Sintió el plástico frío. Le pareció reconfortante.

«Contrólate, hombre».

Había acudido a ver a un psicólogo que la policía ponía a su disposición. Había tenido una docena de sesiones y el hombre lo había declarado apto.

Entonces, ¿qué estaba haciendo allí?

Un camión pasó a toda velocidad y el coche se sacudió. Dennis gimió.

—No te va a pasar nada —se dijo a sí mismo. Bajó el parasol y se miró a los ojos en el espejo—. Cálmate y haz tu trabajo, hombre.

Pero Mackie también creía que no le pasaría nada. Mackie se había jubilado; había hecho planes para irse de crucero con su encantadora esposa. Y después, murió.

En Ballard Down. A no más de un cuarto de milla de donde el coche de Dennis se había detenido en el apartadero.

Nunca se había fijado antes. Había recorrido esa ruta cientos de veces, desde Swanage hasta Poole en el ferry y de vuelta. Pero hoy era la primera vez que veía el poste indicador de madera.

«Ballard Down».

Por alguna razón, había sido demasiado.

No es que no hubiera oído esas palabras una docena de veces desde que Mackie murió. No es que él mismo no las hubiera pronunciado.

Pero había algo en el hecho de verlas en un lugar a la vez viejo y nuevo que le había impedido seguir conduciendo.

Levantó la frente del volante. Pasó un coche. El suyo volvió a sacudirse, esta vez con menos violencia.

«Tienes un trabajo que hacer —pensó—. Uno importante».

¿Y si Kyle Kelvin desaparecía por su culpa? ¿Y si nunca resolvían los asesinatos de los Kelvin?

Kelvin estaba implicado en la muerte de Mackie. Lo sabía. Solo que no había sido capaz de demostrarlo.

Y no estaba seguro de querer hacerlo. Su frágil mente no podía soportar volver a pensar en aquel día.

Ya había sido bastante duro cuando reabrieron el caso. El día que el superintendente Phipps regresó a Hampshire, Dennis había vuelto a casa, junto a Pam, con una sonrisa en la cara por primera vez en semanas.

Su teléfono sonó. Había sonado tres veces mientras estaba allí sentado.

Lo cogió, tratando de pensar en una mentira convincente.

—Jefa.

—Dennis, ¿dónde estás? He estado intentando localizarte. —Sonaba agobiada .

—Estoy en Swanage. Lo siento.

—¿Estás con Kelvin? ¿Has hablado con él?

—Todavía no. Te aviso en cuanto hablemos —dijo sin ninguna emoción en la voz.

Silencio. Esperó.

—Dennis, ¿estás bien?

Ahí estaba. La preocupación. No podía lidiar con su preocupación. Prefería el cuerpo de antes, cuando era inaudito que los superiores se interesaran por el bienestar de sus subordinados.

Cerró los ojos.

—Estoy bien, jefa. Solo estoy impaciente por encontrar a ese hombre. Te llamaré cuando haya hablado con él.

Colgó. Había sido grosero. Pero la alternativa era decirle la verdad.

Y no estaba dispuesto a hacerlo.