Capítulo 45
CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO
Lesley llevaba las últimas dos horas custodiando la casa del criminal más infame de Dorset. Tenía a Dennis y a los uniformados buscando a su sobrino, por quien imaginaba que Devon también estaría interesado, y estaba encargando pruebas costosas.
Necesitaba hablar con Carpenter.
Lesley sabía tan bien como cualquiera que pedir perdón solía ser más fácil que pedir permiso. Pero en este caso, tenía que hacer las dos cosas.
Marcó su número y le atendió su secretaria personal.
—Hola, Carla, soy la inspectora Clarke.
—Quiere hablar con usted. Le paso la llamada.
Lesley se quedó con la boca abierta. Había estado a punto de preguntar por él.
Aquello no presagiaba nada bueno.
Unos segundos después, se oyó un clic en la línea y Carpenter empezó a gritar.
—¿Dónde coño has estado?
—Eh, esto...
—Tengo a los de Crimen Organizado encima diciendo que la hemos cagado con una de sus operaciones más delicadas. Tengo al ayudante del jefe de policía de Devon dándome la brasa porque tu equipo anda husmeando cerca de Kyle Kelvin. Tengo...
—Señor, creo que debería ponerlo al tanto de los últimos acontecimientos en el caso Kelvin.
—¿Ponerme al tanto? Sí, joder, claro que deberías. Antes de que todas las relaciones que este cuerpo ha tardado años en construir se hagan trizas en un solo día por tu culpa y por la de tu maldito equipo. Por cierto, ¿desde cuándo trabaja el subinspector Varney para ti?
—Señor, usted dijo que podía contar con recursos adicionales. Con la subinspectora Abbott de baja por maternidad, nos faltaba un miembro en el equipo, y usted dejó claro que...
—Dime una cosa, Lesley. Dime que esto está dando resultados. O voy a entregar la investigación a Crimen Organizado, tal como me está pidiendo la inspectora Pilton.
«Mierda». Lesley no conocía a Samantha Pilton personalmente, pero sabía que tenía fama de trepa. ¿Podía Crimen Organizado hacerse cargo de un caso de asesinato?
Tratándose de un hombre al que llevaban años vigilando, lo más seguro era que sí.
—Señor, tal vez sepa que la viuda de Arthur Kelvin también ha muerto. Ella...
—Sí, ya sé que Amanda Kelvin ha muerto. No estoy tan en las nubes como te piensas.
—Amanda Frobisher.
—¿Qué?
—Su apellido. No usaba el apellido Kelvin.
—¿Y quién puñetas puede culparla? —soltó con un bufido—. Aunque ella eligió casarse con él, después de todo.
—Ha muerto esta mañana, señor. La familia dice que es un suicidio, pero yo no me lo creo .
—Yo tampoco me lo creo. ¿Y qué estás haciendo al respecto, aparte de cabrear a todo el mundo?
—He precintado la casa. La científica está examinándola. Le he pedido al ama de llaves que no se mueva de aquí. He hablado brevemente con Kyle Kelvin y ahora tengo a los uniformados buscándolo.
—¿Quieres decir que tenías a Kyle Kelvin delante de ti y lo has dejado marchar?
—Señor, de momento no es sospechoso. No tenía motivos para detenerlo.
Silencio.
—¿Señor?
¿Qué se traía entre manos el cuerpo de Devon que ella no supiera?
—¿Hay alguna operación relacionada con Kyle Kelvin que yo deba conocer?
—No te preocupes tú por eso. ¿Estás más cerca de averiguar quién mató a Arthur Kelvin?
—Tenemos algunas pruebas físicas. Huellas de neumáticos y un cucurucho de patatas fritas.
—¡Un cucurucho de patatas! ¡Virgen santa! ¿Es que estoy al mando de un grupo de inútiles o qué?
—La científica lo está examinando en busca de huellas y posible ADN.
—El Estanque Azul es un lugar público, inspectora Clarke. Imagino que la gente tira esos puñeteros cucuruchos a todas horas. ¿Por qué no tienes un sospechoso todavía?
—Arthur Kelvin había solicitado el divorcio. Teníamos a su mujer como posible sospechosa, pero entonces...
—Entonces ella va y se muere. Lo sé. ¿Sigues pensando que pudo haberlo hecho?
—No tengo ni idea, señor. Pero estamos intentando reconstruir los movimientos de Kelvin en las horas previas a su muerte.
—¿Kelvin? ¿Qué Kelvin?
—Arthur Kelvin, señor. —«Solo hay un Kelvin muerto».
—Dime que tienes una forma fiable de hacerlo. Y que no me va a costar más dinero.
Lesley apoyó la mano en el escritorio de Kelvin y apretó contra la madera. El ama de llaves podría estar escuchándola. Carpenter también, si tenía buen oído.
—Señor, estoy en la casa de los Kelvin ahora mismo. No estoy sola. Creo que sería prudente que usted...
—No.
—¿Perdón?
—No me digas lo que tengo que hacer, Lesley. Tú resuelve este maldito caso y ven a hablar conmigo cuando todo haya terminado.
Colgó. Lesley se quedó inmóvil, sin retirar el teléfono de la oreja.