Capítulo 48
CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO
—Lo tengo —anunció Brett. Stanley estaba a su espalda, mirando la pantalla por encima de su hombro. Se imaginaba que aquello resultaría irritante, pero la jefa le había dicho que se quedara allí y estuviera atento a los informes forenses conforme fueran llegando.
—¿Qué tienes?
—Los neumáticos. Hemos sacado un molde de las huellas y he encontrado una coincidencia.
—Genial.
—Sunil, ¿qué podemos hacer por ti? —preguntó Brett cuando la puerta se abrió. Sonrió.
—Espera un momento —dijo Stanley—. Las huellas de neumáticos...
Sunil era un especialista en análisis forense digital que a veces trabajaba en escenas del crimen cuando necesitaban personal extra. Stanley sabía que había trabajado en el caso de Lyme Regis.
—Tengo unos movimientos inusuales que salen de la cuenta bancaria de Arthur Kelvin —dijo Sunil .
—¿Tienes acceso a las cuentas bancarias de Kelvin? —preguntó Stanley.
—Solo a un par de cuentas de ahorro —confirmó Sunil—. La familia intervino, revocó el acceso y transfirió todas las cuentas comerciales a nombre de otros familiares. Pero había dos de las que no parecían saber nada.
—Acabamos de descubrir qué tipo de coche llevó a Kelvin hasta el lugar donde murió. —Stanley se volvió de nuevo hacia la pantalla de Brett.
—Ah —dijo Sunil. Dejó una hoja de papel sobre el escritorio y se dejó caer en una silla del escritorio de al lado—. No dejéis que os interrumpa.
Brett lo miró arqueando una ceja.
—De todos modos, necesito descansar de la pantalla —dijo Sunil—. Seguid.
—Vale. —Brett frunció el ceño y luego volvió la mirada a su ordenador—. Esto no llevará más de un minuto. Los neumáticos que dejaron esas huellas son Pirelli. Son los que vienen de serie en los Land Rover Discovery de gama alta.
—Es un coche muy pesado para meterlo por un camino como ese. —Stanley había visto las fotos que Gail había enviado.
—Aunque es el típico coche del crimen organizado —dijo Sunil—. Esos trastos no salen solo en la tele.
—Ya, pero habrá miles de ellos por todo el condado —replicó Stanley con un gesto de cabeza.
—Aun así, merece la pena intentarlo. —Brett se encogió de hombros—. Consulta la base de datos nacional de la policía.
—Sí. —Stanley se levantó—. ¿Puedes anotarme el modelo?
Brett arrancó un Post-it de un bloc, escribió en él y se lo pasó a Stanley.
—Tendré que volver a la oficina para hacer la consulta.
—Puedes acceder a la base de datos desde aquí —dijo Sunil.
—Vale. —Stanley asintió—. ¿Desde dónde?
—Desde mi ordenador. ¿Me toca ya hablarte de la cuenta bancaria?
—Lo siento. —Stanley bajó la mirada hacia la hoja de papel que estaba sobre el escritorio.
—No pasa nada. —Sunil la cogió—. El caso es que tenemos una cantidad fija que sale cada mes a una cuenta de ahorros de la Skipton Building Society, en Dorchester. A nombre de un tal Jacob Frampton.
—Ese es el apellido de tu sargento —dijo Brett.
—Hay unos cuantos Frampton en Dorset. —A Stanley se le secó la boca.
—Sí —dijo Sunil—. Es un apellido de aquí. Como el mío. —Sonrió, divertido.
—¿Puedo llevármela? —Stanley extendió una mano hacia la hoja con la sensación de que le quemaría los dedos.
—Claro.
—Gracias. —Stanley intentó no abalanzarse sobre ella—. Creo que volveré a la oficina para consultar la base de datos. La jefa necesita a alguien que se quede al pie del cañón.
—¿Estás seguro? —preguntó Sunil.
—Seguro —respondió Stanley.