Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 42
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Capítulo 42

CAPÍTULO CUARENTA Y DOS

Stanley colgó el teléfono.

—¿Todo bien? —le preguntó Brett. Ambos se encontraban en la oficina del laboratorio de criminalística de Dorchester.

—Bien. —Tragó saliva; tenía la boca seca—. ¿Así que decías que ibas a buscar huellas en el cucurucho de patatas?

Brett asintió.

—Gail ha enviado fotos, pero no servirán de mucho. Hay que espolvorearlo a conciencia en cuanto llegue aquí. Y hacer pruebas de ADN.

—La jefa cree que el asesino podría haber sido su mujer, o tal vez un sobrino. ¿Tienes sus huellas en el archivo?

Brett se desplazó por la base de datos de huellas dactilares en su pantalla.

—Tenemos las de los sobrinos. Darren Kelvin está en prisión, así que eso es pan comido. Luego está Kyle; parece que la policía de Devon lo denunció por conducir borracho hace un año.

—Vaya descuido, teniendo en cuenta a qué se dedica.

Brett soltó un bufido.

—Y que lo digas. En fin. Veremos si sale alguna coincidencia, y si no nos da nada... bueno, ya será cosa de tu inspectora.

Stanley echó un vistazo al montón de bolsas de pruebas que había en el banco de trabajo, un poco más allá de Brett.

—¿Son de este caso?

—Sí.

—Si quieres, las voy guardando.

Brett levantó la vista hacia él.

—¿Sabes cómo está organizado el almacén de pruebas?

—Claro que lo sé.

Brett sonrió.

—Vale. Gracias, colega. Ya hay unas cuantas cajas allí para este caso, etiquetadas con la referencia del expediente. En el lado derecho, cerca de la entrada.

—Hecho.

Stanley recogió las bolsas de pruebas, tratando de andar con naturalidad.

Por teléfono, justo antes, la jefa le había dicho que las pruebas del caso Mackie se guardaban allí. Que los dos casos estaban relacionados.

No estaba seguro de por qué había que hacerlo a espaldas de los forenses. Pero la jefa sabía lo que hacía.

Abrió la puerta del almacén de pruebas y encontró rápidamente las cajas del caso Kelvin. No tardó más de un minuto en guardar las bolsas.

Miró hacia la puerta cerrada. Tenía que ser rápido. La jefa le había indicado exactamente dónde mirar.

Las pruebas del caso Mackie no estaban tan al fondo como cabría esperar, dado el tiempo que había pasado. Supuso que las habrían movido hacia delante cuando Phipps reabrió la investigación. Con el corazón a mil por hora, Stanley bajó la primera caja y rebuscó en ella.

No había mucho. Una chaqueta, botas y un sombrero, todos embolsados. Más bolsas con un teléfono, algunos papeles y muestras tomadas en la escena. El único problema era que se habían recogido en el lugar de los hechos meses después de que el hombre muriera.

La jefa le había dicho que ignorara el teléfono. Supuso que ella ya lo habría examinado. Le había ordenado que no se llevara nada. Solo tenía que anotar lo que había, hacer fotos y enviárselas.

Así lo hizo, con la mano temblándole tanto que se vio obligado a disparar varias fotos de cada objeto para conseguir al menos una que estuviera nítida.

Envió las imágenes adjuntas en un mensaje a la jefa.

La respuesta de ella llegó casi al instante:

Gracias. Ahora vuelve al trabajo.

Stanley frunció el ceño y volvió a colocar la caja en su estante.

La puerta del almacén de pruebas se abrió: era Brett.

—¿Stanley? ¿Todo bien?

—Sí. —Stanley se puso rápidamente al lado del técnico—. Solo me aseguraba de que todo estuviera etiquetado.

Brett le lanzó una mirada extraña.

—Me parece bien. —Se estremeció—. No me gusta estar aquí dentro. Me entra la paranoia de que me voy a quedar encerrado. Vamos. Salgamos de aquí.