Capítulo 41
CAPÍTULO CUARENTA Y UNO
¿Cuánto tiempo llevaba Lesley en la casa, esperando?
No había noticias de Dennis, ni rastro de Gail o su equipo. Y ella no quería dar ningún paso hasta que Gail hubiera asegurado la escena.
Había llevado al ama de llaves a la cocina y le había preguntado por la muerte de Amanda Frobisher, pero la mujer afirmó no haber llegado a la casa hasta después de que la ambulancia se hubiera marchado. También sostuvo que no había encontrado sangre cuando limpió el cuarto de baño aquella mañana.
Lesley no se creía ni una palabra. Pero la mujer tenía la historia bien aprendida y no se salía de ella.
Estaba en el despacho de Kelvin, con la mirada perdida en el puerto.
No le gustaba estar en la casa, contaminando potencialmente una escena del crimen, pero tenía la sensación de que Amanda no habría entrado allí tras la muerte de su marido.
Igual antes tampoco, a juzgar por el tipo de hombre que Lesley sabía que era Arthur Kelvin.
«Amanda, ¿de verdad te suicidaste? ¿O alguien se deshizo de ti antes de que pudieras reclamar todo el dinero de tu marido? ¿O antes de que pudieras contarle a la policía o a tu abogado algo que no quería que se supiera?».
El timbre de su teléfono la sacó de sus pensamientos: era Gail.
—Gail, ¿dónde estás? Necesitamos acordonar esta escena antes de que...
—Lo siento, Lesley, pero han aparecido nuevas pruebas en el Estanque Azul.
—¿Qué tipo de pruebas?
—Huellas de neumáticos que llevan a un punto en el que la valla ha sido cortada. Huellas de botas y un cucurucho de patatas desechado.
—¿Un cucurucho de patatas?
—Un cono en el que sirven raciones de patatas fritas. Son de una freiduría de Wareham que se llama Chipperies.
—¿Puedes averiguar cuánto tiempo lleva ahí?
—Está intacto, así que no debe de llevar mucho. Espero que los dioses de la ciencia forense me sonrían y encuentre huellas dactilares o ADN en él.
—Buena suerte —dijo Lesley—. Entonces, ¿puedes dejarlo en manos de tu equipo y venir hacia aquí?
—Te mando a Gav. Quiero terminar de tomar los moldes de las huellas de los neumáticos y de las botas. Si podemos identificar el vehículo que bajó hasta aquí, será de gran ayuda.
—Desde luego que sí. ¿Cuánto tardará Gavin?
—Ya ha salido, así que ¿media hora, tal vez?
—De acuerdo. Avísame cuando tengas algo más sobre las huellas y el cucurucho, ¿vale?
—Por supuesto.
Lesley dejó caer el teléfono sobre el escritorio y se acercó a la ventana a grandes zancadas.
El día estaba gris, el mar agitado, pero aun así podía apreciar el magnetismo de las vistas.
Propiedades como esta se vendían por sumas de dinero que nunca se anunciaban en las inmobiliarias locales.
Pero apostaría a que la casa valía al menos diez millones de libras.
«¿Cómo ganó ese dinero, señor Kelvin?».
Regentaba varios negocios por todo el condado, ninguno de ellos especialmente lucrativo. A menos que se contara el dinero que muy probablemente blanqueaban.
Se apoyó en el escritorio y consultó el reloj de la pared contigua.
Faltaban veinticinco minutos para que llegara Gavin.
Los uniformados seguían fuera, asegurándose de que nadie entrara ni saliera por ahora, y el ama de llaves estaba en la cocina.
Lesley debería estar vigilándola, pero no le apetecía pasar la próxima media hora bajo la mirada severa de aquella mujer.
Cogió su teléfono. Este no era el único caso que tenía en mente. No le gustaba que Sadie Dawes anduviera husmeando de nuevo en el caso Mackie. Ella misma había querido investigarlo más a fondo cuando llegó a Dorset. Pero si alguien iba a investigarlo, debía ser la policía, no la prensa local.
Sadie creía que Dennis estaba implicado. También estaba haciendo preguntas sobre Elsa.
Lesley suspiró.
No quería involucrar a su equipo en esto.
Habían sido miembros del CID. Dennis y Mike habían estado en el Equipo de Investigación de Delitos Graves antes de que ella empezara.
Tina había sido una de las agentes de uniforme más estrechamente vinculadas con el equipo.
Todos habían trabajado con el difunto inspector.
La mayoría.
Pero había un miembro de su equipo que nunca había trabajado para aquel hombre.