Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 38
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Capítulo 38

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

—¿Dónde era, exactamente?

Gail seguía a un agente uniformado hacia un punto donde este decía haber visto marcas de neumáticos, al este del recinto.

—Allí mismo —respondió el agente señalando con el dedo.

Gail entornó los ojos. Los separaba del camino que él señalaba un seto espeso y un buen trecho de barro.

—Y hay huellas en el barro, justo ahí —indicó él, apuntando al suelo bajo el seto.

—Buen trabajo, agente...

—Agente Laurence, señora.

—No hace falta que me llames así. Soy civil.

Él se encogió de hombros y se alejó.

Gail observó las huellas en el barro y el camino que seguía más allá. Apenas alcanzaba a distinguir las marcas de los neumáticos.

Podría no ser nada. Podría ser un vehículo agrícola.

—¿Agente Laurence? —lo llamó.

—¿Sí? —respondió volviéndose hacia ella.

—Ese camino. No sabrás por casualidad adónde lleva, ¿verdad ?

—Creo que da la vuelta y sale otra vez a la carretera. En realidad no lleva a ninguna parte.

«Perfecto».

—Gracias. Pero ¿cómo se accede? ¿Pasa por la entrada?

—Supongo que sale del aparcamiento, pero no estoy seguro —dijo, encogiéndose de hombros.

—Genial. Gracias de nuevo.

Gail hizo unas fotos, le mandó un mensaje a Gav y volvió hacia el estanque. Él estaba al otro lado del recinto, ayudando a los agentes a terminar el rastreo. Gail fue a paso rápido hacia el salón de té y la salida, esperando que Gav la alcanzara.

—¿Qué pasa? —preguntó Gav, que ya la esperaba en el aparcamiento—. Iba a por la comida.

—Tú y tus fiambreras. —Sonrió mientras consultaba el reloj—. ¡Anda, si ya es la una y media! ¿Dónde se ha metido la mañana?

—Quién sabe. —Se encogió de hombros—. ¿Qué has encontrado?

—Hay un camino que bordea el lado este del recinto. Los de uniforme han encontrado marcas de neumáticos y huellas de botas que llevan hacia allí.

—¿Ah, sí?

—Podría ser por donde el asesino trajo el cuerpo.

—Podría ser, sí. —Gavin se dio la vuelta—. Echemos un vistazo.

—Espera un momento. —Gail sacó su teléfono—. Aún no sabemos adónde vamos.

—Ah. Bueno, suponía que...

—Nada de suponer. Finjamos que sabemos lo que hacemos y usemos un mapa.

—Lo siento.

—Es broma. —Le dio un golpecito en el brazo y se puso a mirar la aplicación de mapas en el teléfono—. Hay una línea aquí, un camino de tierra. Debe de ser ese .

—Tú delante.

—Voy. —Gail se alejó de los coches hacia un hueco en el seto—. Ve atento al suelo por si hay marcas de neumáticos —le pidió sin dejar de andar.

—Lo estoy grabando. Pero el suelo está seco. No veo nada. ¿Estás segura de que los agentes han encontrado marcas?

—Hay una zona pantanosa por allí; al parecer, en la parte de arriba se forma una laguna cuando llueve lo suficiente.

—Y eso basta para que queden huellas y marcas.

—Exacto. Es de suponer que quienquiera que las dejara no se dio cuenta.

Gail siguió andando. El sendero giraba a la derecha, bordeando el recinto. Entre ellos y el bosque se alzaba una valla, y a su izquierda había campos abiertos.

—Es un sitio bastante raro —dijo Gav.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Gail sin dejar de examinar el suelo.

—En toda esta zona hay tojo y árboles de hoja caduca. Aquí todo son coníferas. Me pregunto por qué.

—Quizá los dueños lo han ido plantando con los años.

—Parece más antiguo que eso.

—Puede haber tenido un montón de dueños. —Gail levantó la mano y señaló—. Para. Ahí está.

Se detuvieron uno al lado del otro y observaron el camino. Unos diez metros más adelante había marcas de neumáticos. Hacia la derecha, internándose entre los árboles, se veían huellas de botas.

—Joder, bingo —susurró ella—. Por fin, pruebas físicas.

—Podría no ser nada. —Gav se rascó la nariz—. Podría haber sido cualquiera.

—Mira, justo ahí, han cortado la valla —dijo Gail, señalando—. Quienquiera que viniera por aquí quería acceder al recinto, pero no por la entrada oficial. Yo diría que eso es sospechoso, ¿tú no?

—¿Qué es eso? —Gavin indicó una forma en el suelo, justo debajo de donde habían cortado la valla.

Gail dio unos pasos hacia delante. Aún no había llegado a la zona de barro, así que no alteraría las marcas de los neumáticos.

—No puede ser —dijo ella.

—¿Qué pasa? —le preguntó Gav.

Gail se puso en cuclillas para verlo mejor. Era un objeto sucio de forma cónica.

—Es un cucurucho de patatas fritas —dijo, y no pudo evitar soltar una carcajada.

—¿Qué, de una freiduría?

—Sí.

—¿Qué pinta aquí un cucurucho de patatas?

—Quién sabe, pero esperemos que tenga huellas. O puede que incluso ADN. —Gail se volvió hacia Gav y sonrió de oreja a oreja.