Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 37
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Capítulo 37

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE

Lesley se encontraba en el umbral de la casa de los Kelvin, con el sobrino de Arthur frente a ella.

—Necesitamos acceso a toda la casa, señor Kelvin.

—Por supuesto, inspectora. —Miró más allá de ella, hacia los dos agentes de uniforme que estaban en la inmensa entrada para coches—. ¿Serán solo ustedes tres?

—Tendré que traer a algunos colegas. Un equipo de forenses. Facilitaría mucho nuestro trabajo si desalojaran la casa mientras trabajamos.

—Desde luego. —Sonrió y dio un paso atrás—. Siéntanse libres de echar un vistazo.

—Pero no se vaya a ninguna parte —añadió ella, deteniéndose en el vestíbulo. Las puertas del despacho de Kelvin estaban abiertas, igual que la última vez. Las demás puertas estaban cerradas.

Incluso con el hombre y su esposa muertos, la casa no había cambiado.

—Creía que quería que desalojáramos la casa —dijo Kyle con tono ligero.

«No te burles de mí, cabrón» .

—Me gustaría hablar con usted primero. Y con cualquier otra persona que estuviera en casa esta mañana. ¿Quién encontró a la señora Frobisher?

—Gerta, el ama de llaves. —Se dio la vuelta—. ¡Gerta! —Volvió a mirar a Lesley—. Yo no estaba aquí, no obstante. Así que no tendré ninguna información útil.

—Aun así me gustaría hablar con usted. —Lesley señaló hacia el despacho—. ¿Puede esperar ahí dentro, por favor, mientras echo un vistazo?

—Por supuesto. —Se retiró al despacho.

—Y, por favor, no toque nada.

—Faltaría más, inspectora.

Lesley no sabía qué era peor, la odiosidad de Vera Kelvin o la untuosidad de Kyle Kelvin.

Salió un momento, resistiendo el impulso de trabar la puerta principal para que no se cerrara, por si Kelvin cambiaba de opinión, y se acercó a los dos agentes uniformados.

—Vosotros dos, quedaos aquí, por favor. Tomad nota de cualquiera que entre o salga.

—¿Podemos impedir que la gente entre o salga? —preguntó la agente Truscott.

—Todavía no, al menos legalmente. —Ni siquiera era una investigación de asesinato aún—. Pero llevad un registro, ¿entendido?

—Sin problema, señora. —La agente sacó una libreta de su bolsillo y se situó a un lado.

Lesley volvió a su coche y sacó del maletero un equipo de protección y unos guantes.

Aquella era la casa de los Kelvin. No tenía ni idea de quién podría haber pasado por allí desde la muerte de Amanda.

Pero, hubiera lo que hubiera allí dentro, no iba a contaminarlo ni a echar a perder la investigación.

Regresó a la casa y se puso el mono protector en el umbral. Sacó el teléfono y llamó a Dennis.

—Jefa.

—¿Dónde estás?

—Acabo de salir de Cross y Asociados. Voy de camino a la oficina.

—Déjalo. Te quiero conmigo en casa de los Kelvin.

—¿Por qué? —preguntó tras una pausa.

—Amanda Frobisher ha muerto. Tengo a dos agentes conmigo, pero necesitamos registrar la casa y localizar cualquier prueba antes de que los abogados de los Kelvin encuentren motivos para echarnos.

—¿La han asesinado? ¿En su casa?

—La familia dice que fue un suicidio. La encontraron en la bañera.

—Pobre mujer.

—Evidentemente no me creo ni una palabra. —Lesley echó un vistazo hacia el despacho.

—Estaré allí en quince minutos, jefa. —Dennis colgó.

Lesley se quedó con el teléfono en la mano. Quería grabar el registro mientras lo llevaba a cabo, para asegurarse de que no se pasaba nada por alto. Abrió la cámara y empezó a grabar.

—Casa de los Kelvin, Sandbanks, Poole. Soy la primera agente en la escena tras el aviso del suicidio de Amanda Frobisher y un altercado denunciado por los vecinos de madrugada.

—Tomó nota mental de pedir a alguien que hablara con los vecinos, si es que no lo habían hecho ya—.

Me encuentro en el vestíbulo de la casa, a punto de subir a la planta de arriba para examinar la habitación donde ocurrió el fallecimiento.

Subió las escaleras despacio, aguzando el oído. Al igual que la última vez, se oían voces de niños.

¿Quién dejaba que unos niños se quedaran en una casa donde había muerto una mujer? ¿Y quién los cuidaba?

Una niñera, supuso. Los Kelvin tenían dinero de sobra para permitírsela .

Encontraría a la niñera y le sugeriría que se llevara a los niños de allí.

Pero primero, el cuarto de baño.

En lo alto de las escaleras, la distribución era similar a la de abajo. Seis puertas, todas cerradas. Y unas puertas dobles frente a un ventanal alto que daba a la entrada de coches. Las puertas dobles conducirían a una habitación situada sobre el despacho, con vistas al puerto.

El dormitorio principal, supuso. Tendría un baño privado allí dentro.

Giró el pomo y abrió las puertas. Como esperaba, un amplio ventanal frente a ella ofrecía una vista impresionante del puerto. A un lado había una cama deshecha, tan ancha como larga. Resistió el impulso de detenerse a mirar las vistas y revisó la habitación en busca de más puertas.

Había dos, una a cada lado. Probó la de la derecha, que daba a un vestidor sin más salidas. Volvió a la puerta de la izquierda y la abrió.

Tras la puerta había un cuarto de baño inmenso. Una bañera exenta ocupaba el centro, con una ducha doble al fondo y dos enormes lavabos de mármol.

Ostentoso. Exactamente lo que esperaba de Kelvin.

Se acercó a la bañera. Estaba limpia. Se agachó, examinándola en busca de rastros de sangre.

Nada.

Se puso de cuclillas y escudriñó el suelo. De nuevo, ni rastro de sangre. No había ni una mota de polvo.

—Estoy en el baño principal —dijo al teléfono—. Supongo que aquí es donde murió Amanda, pero está limpio. Demasiado limpio.

Recorrió la estancia con la cámara. Olía a lejía: la habían limpiado recientemente. Fregada a conciencia, más bien.

Se le ocurrió algo. Los Kelvin se estaban divorciando. Quizá Amanda ya no dormía en ese dormitorio.

Cruzó de nuevo el dormitorio y volvió al rellano. Fue abriendo las puertas una a una. La primera daba a un dormitorio con una cama de matrimonio perfectamente hecha y sin otras puertas.

La segunda daba a un cuarto de juegos. Había dos niños sentados en el suelo, rodeados de montones de Lego. En el rincón opuesto, una mujer joven ordenaba libros en una estantería.

Se dio la vuelta.

—¿Quién es usted? —Tenía acento. ¿Italiano?

Lesley detuvo el vídeo y mostró la placa.

—Inspectora Clarke de la policía de Dorset. Esta casa es la escena de un crimen. Sugiero que lleve a los niños a un lugar más apropiado. Hable con sus jefes. Estoy segura de que tendrán otro sitio al que ir.

Los Kelvin estaban forrados. Tendrían casas en todos los pueblos a lo largo de aquel tramo de costa.

—Por supuesto. —La mujer se acercó a los niños a toda prisa—. Josie, Bailey. Vamos abajo.

—Más lejos que abajo —le dijo Lesley—. Y necesitaré su número de teléfono para que podamos tomarle declaración.

La mirada de la mujer se desvió hacia la puerta.

—¿Mi número?

—Por favor. A menos que... —Lesley miró a los niños y luego a la mujer—. A menos que prefiera hablar conmigo ahora.

—No. —La mujer recitó un número de teléfono—. Pero tendré que hablar con el señor Kelvin.

Lesley asintió y la mujer pasó deprisa por su lado, con un niño cogido de cada mano. El niño parecía tener diez años y la niña, ocho. Lesley les dedicó a ambos una sonrisa tranquilizadora cuando pasaron, preguntándose cuánto habrían visto.

Podrían haber visto morir a Amanda o cómo se la llevaban. Y, como miembros de la familia Kelvin, podrían haber presenciado mucho más.

Revisó la habitación buscando más puertas y encontró una que llevaba a un aseo pequeño. También estaba limpio.

De vuelta en el rellano, comprobó las demás puertas. Había tres dormitorios más, dos de ellos con baño incorporado, y un baño compartido. Todo estaba limpio. Ni sangre, ni suciedad, ni nada.

«Mierda».

El tiempo que los agentes de uniforme habían pasado esperando fuera había bastado para que los Kelvin limpiaran todo.

Lesley sacó el teléfono y llamó a Gail. No contestó.

—Gail, estoy en casa de los Kelvin. Han encontrado muerta a Amanda Frobisher aquí esta mañana y vamos a tener que tratar la casa como escena del crimen. La han limpiado, pero espero que aun así puedas sacar algo. Llámame.

Se guardó el teléfono y bajó las escaleras a toda prisa. Entró en el despacho de la parte trasera de la casa.

Estaba vacío.

Regresó al vestíbulo.

—¿Señor Kelvin?

Sin respuesta.

Se acercó a las escaleras.

—¡Señor Kelvin!

Se abrió una puerta y apareció la mujer que le había abierto el día anterior.

—Por favor, no hace falta que grite. ¿En qué puedo ayudarla?

Lesley miró a la mujer de arriba abajo. Llevaba guantes de goma y un bote de espray limpiador en la mano.

Lesley le arrebató el bote.

—Deje de limpiar ahora mismo.

La mujer intentó recuperar el bote, pero Lesley lo sujetó con fuerza.

—¿Qué cree que está haciendo?

—¿No lo sabe? Amanda Frobisher ha muerto aquí esta mañana. Tenemos que registrar la casa, y usted la ha limpiado.

La mujer negó con la cabeza.

—Amanda se cortó las venas. —Bajó la vista—. Muy triste, pero la culpa fue toda suya. No quería que los niños olieran la sangre.

—¿Dónde están los niños?

—Se los ha llevado el señor Kelvin.

—¿Kyle Kelvin?

La mujer levantó la vista.

—Por supuesto.

Lesley corrió hacia la puerta principal. Los dos agentes seguían en la entrada.

—¡Agente Truscott! —llamó.

—¿Señora?

—¿Ha salido alguien de la casa?

La agente asintió.

—Ha salido un hombre con dos niños. Me ha dicho que usted había dado instrucciones estrictas de que se los llevaran.

—¿Te ha dicho su nombre?

—Por supuesto, señora. Kyle Kelvin.

«Joder». Lesley le dio un puñetazo a la pared.

—Gracias, agente Truscott. Solo has hecho lo que debía.