Capítulo 36
CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
Mike se lanzó hacia Meera con un cuchillo de imitación en la mano. Ella se quedó quieta, esperando el golpe.
—Ay —dijo ella—. No tan fuerte, ¿eh?
—Perdona.
—No te muevas.
Estaban en una sala de reuniones de la segunda planta de la jefatura de policía, probando posibles ángulos de ataque. Mike había instalado una videocámara en la esquina y lo grababa todo, aunque, a decir verdad, las notas que iba tomando probablemente serían más útiles.
—No es así —dijo ella, bajando la vista—. Está demasiado alto.
—Lo siento. —Él se apartó y suspiró. Llevaban más de una hora con ello y no llegaban a ninguna parte.
—Cambiemos otra vez —propuso Meera.
Mike le pasó el cuchillo. Era uno de atrezo, de esos cuya hoja se retrae hacia el mango al menor contacto. Pesaba exactamente lo mismo que un cuchillo normal y tenía un tamaño similar al del arma del crimen. Mike había tenido la precaución de probarlo sobre una mesa antes de usarlo .
—Apuesto a que no te imaginabas que acabarías haciendo esto cuando te asignaron al caso —le dijo Mike.
—Este trasto es jodidamente convincente. —Meera probó la punta del cuchillo con el dedo, presionándola suavemente. Miró a Mike y luego se pasó el cuchillo de una mano a otra—. Quizá debería subirme a algo. Lo más probable es que el asesino fuera más alto que Kelvin.
Kelvin no había sido un hombre alto, pero tampoco bajito. Hasta entonces, la hipótesis parecía ser que lo había matado su mujer, pero la diferencia de estatura entre Mike y Meera era comparable y, cuando ella sostenía el cuchillo, seguían sin dar con un ángulo que reflejara con exactitud la herida.
—Lo hemos probado todo, con el cuchillo en mi mano y en la tuya —dijo Mike—. Por delante, por detrás, de lado.
—Incluso tumbados. —Meera negó con la cabeza—. ¿Nos tomamos un té? Nunca se sabe, igual con la mente despejada...
Mike asintió. Su colega se guardó el cuchillo en el bolsillo y juntos salieron de la sala hacia la cocina. La de allí era más tranquila que la de la planta de Mike, y estaba peor surtida.
—No hay leche —anunció Mike.
—Pues café solo. —Meera rebuscaba en los armarios.
—¿Qué tal la vida en el CID de Bournemouth?
—Bien. —Se encogió de hombros—. No tan emocionante como lo tuyo, me imagino.
—Bueno, no sé. Ahora mismo lo estás probando tú misma.
—Emoción a raudales, ya veo. —Se encogió de hombros.
—¿Y qué hay de Jill? ¿Sigue de baja por maternidad?
Meera asintió. Sacó dos tazas de un armario. Tenían el interior manchado de taninos, pero servirían.
—Me han dejado coger parte de la baja. El cuerpo de policía es moderno; hasta están dispuestos a aceptarme como madre.
—Como tiene que ser. ¿Cuánto tiempo tiene Suzi ya? ¿Cinco meses?
—Cuatro y medio. ¿Cómo está el pequeño Louis? He oído que Tina lo estaba pasando mal.
—¿Dónde has oído eso? —Mike se detuvo, con la mano en el hervidor.
—Perdona. ¿No debería haberlo dicho?
—No. Sí. No pasa nada. —Mike se mordió el labio inferior y conectó el hervidor—. Ya sé cómo es esto. Todos nosotros, los maderos, y eso.
—Ya. ¿Y cómo está?
—Me está ayudando con los casos. Dice que eso la mantiene cuerda.
—Jill está igual. —Meera se rio entre dientes.
—Pero ella trabaja en Crimen Organizado, ¿verdad?
—Ha habido una reorganización. Es muy posible que tenga que buscarse otro puesto cuando se reincorpore.
—Seguro que no llega a tanto.
—Bah, no le pasará nada. —Meera se encogió de hombros—. Pero tendrá que buscar un destino, y no le hace mucha gracia tener que dar con un jefe que acepte a una sargento que no solo es madre, sino también lesbiana.
—¿Y el Equipo de Delitos Graves? Tenemos a la inspectora Clarke; aquí no habrá ningún problema.
—Pero no tenéis vacantes, ¿no?
Mike vertió agua sobre los gránulos de café. Gold Blend soluble. Apenas sería bebible, pero necesitaba cafeína.
—Ahora mismo no. Aunque no damos abasto con los casos que tenemos.
—Se lo comentaré a Jill. —Chocó su taza con la de él—. Salud, Mike. Eres un buen colega.
Él asintió y le sujetó la puerta de la cocina para que volvieran a la sala de reuniones. Meera cogió el cuchillo con la mano izquierda y su café con la derecha. Él le sonrió.
—¡Eso es! —dijo.
—¿Qué ?
—Los dos somos diestros. Todavía no lo hemos probado con la izquierda. Sé que la dirección de la herida sugiere un atacante diestro, pero merece la pena probar, ¿no?
—Tienes razón. Vale, vamos allá. —Meera miró el cuchillo que tenía en la mano.