Capítulo 35
CAPÍTULO TREINTA Y CINCO
Había un coche patrulla aparcado en la carretera, frente a la casa de los Kelvin, pero la verja estaba cerrada. Lesley aparcó en el mismo lugar que el día anterior y se acercó al coche patrulla. Dos agentes uniformados ocupaban los asientos delanteros.
—¿Todo bien? —preguntó ella, mostrando la placa.
—Soy la agente Truscott, señora. Nos han ordenado venir aquí y registrar el lugar —le dijo la mujer sentada al volante.
—¿Por qué? —Vera Kelvin le había dicho que Amanda se había suicidado; no había motivo para que los uniformados estuvieran aquí.
—Los vecinos han oído un altercado. —La agente Truscott intercambió una mirada con su colega—. A primera hora de esta mañana. Gritos, al parecer. Golpes.
—¿Y por qué no estáis dentro?
—No nos dejan pasar.
—¿Eres consciente de que una mujer ha muerto aquí esta mañana?
—Sí, señora. —La agente Truscott asintió—. La ambulancia recibió el aviso a las cinco menos cinco de la madrugada .
—Entiendo. —Lesley miró hacia la verja. «Suicidio, ni de coña».
—No sabrás por casualidad adónde se la han llevado, ¿verdad? —Se volvió hacia la agente—. Me refiero a la señora Frobisher, la mujer que ha muerto.
—Al depósito del hospital de Poole, señora. O eso nos han dicho.
Justo de donde acababa de llegar Lesley.
—De acuerdo. —Lesley se irguió y miró por encima del coche hacia la verja. No tenía ni idea de quién había allí dentro. Vera Kelvin seguiría en el depósito. Amanda Frobisher también estaba allí, aunque en un estado muy distinto. Igual que su marido. Entonces, ¿quién les había negado la entrada?
El sobrino. Kyle había vuelto de Devon. Tenía que ser él.
Fue a zancadas hacia el interfono y mantuvo el botón pulsado.
Sin respuesta.
Lo pulsó de nuevo. Esta vez, más rato.
Seguía sin haber respuesta.
«Mierda».
—Muy bien —les dijo a los dos agentes cuando volvió al coche—. Aparcad un poco más adelante y pediré una unidad de respuesta. Vamos a tener que entrar por la fuerza.
Al incorporarse, oyó un ruido a sus espaldas.
El portón grande, el que abarcaba toda la entrada, vibraba.
Lesley observó cómo se abría. Apareció un hombre: de treinta y pocos años, pelo castaño con mechas rubias y un bigote que la habría hecho soltar una carcajada si el rostro que lo lucía no fuera tan siniestro.
Kyle Kelvin.
—Señor Kelvin. —Lesley se le acercó con la placa en alto—. Soy la inspectora Clarke. Una mujer ha muerto aquí esta mañana y nos han informado de un altercado. Está obligado por ley a dejarnos pasar .
—Por supuesto, inspectora. —El hombre hizo un ademán de invitación con el brazo—. No se me ocurriría impedirle que haga su trabajo.
Lesley se volvió hacia el coche patrulla e hizo una señal a los agentes para que entraran por la verja.
Volvió a mirar hacia la casa. No dejar entrar a los uniformados le había dado tiempo a Kyle Kelvin. Pero ¿tiempo para qué?