Capítulo 32
CAPÍTULO TREINTA Y DOS
Dennis estaba sentado en el despacho de Aurelia Cross, golpeándose el talón contra la rodilla. Era de agradecer que lo hubieran hecho pasar allí para esperar: en visitas anteriores, se había visto obligado a sentarse fuera, en la lúgubre zona de recepción. A veces durante media hora o más.
Observó el despacho. Era un espacio diáfano y moderno, con ventanales de suelo a techo que daban a la calle comercial. Pero Aurelia Cross se había esforzado por darle su toque personal. Había una pesada cómoda contra una pared, un enorme escritorio de caoba y plantas por todas partes.
La puerta se abrió a su espalda y él se levantó de la silla.
—Por favor, siéntese, sargento. No puedo con las formalidades. ¿Para qué me necesita? Tengo que estar en el juzgado dentro de media hora.
Rodeó la mesa a toda prisa y se desplomó en su silla, recorriendo el escritorio con la mirada como si buscara algo en concreto. Antes no era así, pero ahora era la única socia del bufete. Sería un trabajo duro para cualquiera, y Aurelia Cross no era una mujer joven.
—Habrá oído lo de la muerte de Arthur Kelvin —dijo él .
—En efecto. —Se reclinó en su silla con las manos en el regazo—. Y me preguntaba cuánto tardaría en llamar a mi puerta.
—¿Por qué lo dice?
—Venga, sargento. No se comporte como un necio. Y ni se le ocurra tomarme a mí por necia. A Arthur Kelvin lo representaba esta casa. Y ambos lo sabemos.
Dennis asintió. Al menos, no lo negaba.
—Lo sabemos, en efecto. Y estoy seguro de que comprenderá que acudo a usted en busca de cualquier información que pueda ayudarnos a detener a su asesino.
—¿Así que está confirmando que lo asesinaron? —Ella enarcó una ceja.
—Lo encontraron flotando en el Estanque Azul. Creía que no quería que insultara su inteligencia.
— Touché . —Soltó una risa seca—. Pero conoce tan bien como cualquiera el secreto profesional entre abogado y cliente. No puedo decirle nada de lo que el señor Kelvin me haya contado en el curso de mi trabajo para él.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué puedo hacer por usted, sargento Frampton? —Aurelia sonrió. Sus pálidas mejillas se iluminaron, solo un poco—. Sé que aquí preparamos un buen té... —Echó una ojeada a su taza vacía sobre el escritorio—. Pero estoy segura de que no ha venido por eso.
Dennis descruzó las piernas y tomó aire. Sentía la piel pegajosa y el cuello de la camisa le apretaba. Había hablado con la inspectora antes de venir. Había un plan. Pero no esperaba que Aurelia Cross fuera tan... fría.
«Piensa», se dijo a sí mismo. «Concéntrate». Se quitó las gafas y las limpió con el pañuelo que guardaba en el bolsillo.
—Sí —dijo él—, sé que no puede contarme los detalles de sus conversaciones con su cliente .
—No. —Se puso en pie—. Lamento que haya hecho un viaje en vano.
—Pero, si no me equivoco, puedo pedirle que confirme si lo representaba o no.
—Ya le he dicho que sí. —Frunció el ceño.
—Y sus colegas tienen que hacer lo mismo.
—¿Por qué necesitaría que lo hicieran?
Dennis miró hacia la oficina diáfana que se veía desde el gran escritorio de Aurelia Cross. El espacio parecía más descuidado que cuando Harry Nevin estaba al mando. Pero claro, a Harry Nevin lo habían matado.
—Según su página web, cada asociado se especializa en un área concreta del derecho. Familia, sucesiones, penal. Por ejemplo.
—No veo a qué viene eso. —Aurelia titubeó.
—No le importará que le pregunte a cada uno si trabajó para el señor Kelvin, ¿verdad?
Aurelia miró por detrás de él, hacia los asociados de fuera. Al menos, él supuso que eran asociados. La verdad era que no tenía ni idea de quién era quién. Todos esos abogados le parecían iguales.
—Así sabremos en qué asuntos legales lo representaba su bufete.
—¿Por qué es relevante eso? —Aurelia se encogió de hombros.
—¿Lo representó, por ejemplo, un abogado de familia?
La mirada de ella pasó por detrás de Dennis, hacia la derecha. Dennis intentó recordar a quién había visto allí. No pudo.
—¿Por qué quiere saberlo?
—¿Trabajaba para él uno de sus abogados de familia, en trámites de divorcio? ¿Y uno de sus abogados de sucesiones, en su testamento?
—Qué lista la inspectora Clarke. — Aurelia sonrió.
—¿Perdón? —A Dennis se le congeló el gesto.
—Bueno, a usted no se le habría ocurrido esto, ¿verdad? Un viejo tonto y lento como usted. Le ha enviado su jefa, ¿no es así?
Dennis parpadeó.
—Sí, sargento Frampton —respondió al tiempo que se inclinaba sobre el escritorio—.
Si tanto le interesa saberlo, Lucy, la de ahí, representaba al señor Kelvin en temas de derecho de familia.
Geraint era su abogado de sucesiones, aunque lo raro habría sido que un hombre de negocios de éxito como Arthur Kelvin no tuviera testamento.
Pero, por supuesto, no me corresponde a mí decirle nada más.
Ahora, si no le importa dejarme seguir con mi trabajo, le agradecería que se marchara.