Capítulo 30
CAPÍTULO TREINTA
Sadie y Phipps caminaron en silencio por las tranquilas calles, cruzándose de vez en cuando con algún peatón solitario. Phipps andaba deprisa, pero a Sadie no le costaba seguirle el ritmo. Iba a natación todas las semanas, al gimnasio cuando tenía tiempo y se enorgullecía de su buena forma física.
Además, era al menos treinta años más joven que él.
Por fin llegaron a un pub, el William Walker. Phipps se detuvo, indicó el local con un gesto de la cabeza y entró. Ella lo siguió.
En la barra, él pidió una clara de cerveza amarga y le preguntó qué quería tomar.
—No se preocupe —dijo ella—. Invito yo.
—Ni hablar —le espetó él—. No quiero que haya ni la más mínima sospecha de que me está pagando por información.
—Es solo una ronda.
—¿Qué va a tomar?
—Una Coca-Cola Light.
—La clara y una Coca-Cola Light —le dijo Phipps a la camarera, que esperaba con expresión divertida. Después Phipps gruñó, pagó en efectivo y tamborileó con los dedos sobre la barra mientras esperaban.
—Voy a buscar mesa —propuso Sadie.
—Como quiera.
Lo dejó en la barra y se dirigió a un rincón tranquilo del local. Parecía un buen pub, elegante, con aires de gastrobar. No era lo que se esperaba.
Allí estarían resguardados junto a la chimenea en un rincón, y sería difícil que los oyeran desde las mesas vecinas.
—Ha elegido la mesa más apartada —dijo Phipps cuando se acercó con una bebida en cada mano y una mirada cómplice.
—¿Ah, sí?
—Sabe perfectamente que sí. Soy poli, ¿recuerda?
«Eras un poli», pensó ella. Le dedicó una sonrisa y cogió la Coca-Cola Light.
—Bueno —dijo él—. No quiero retenerla aquí más de lo necesario. Puede que dentro de media hora se pasen por aquí un par de conocidos.
Sadie sospechaba que aquello era mentira, pero media hora era tiempo más que suficiente. Y prefería ir al grano.
—Muy bien —dijo ella—. ¿Podría decirme por qué se suspendió la investigación sobre la muerte del inspector Mackie?
—No se suspendió.
—Se abrió y luego se estancó por completo. A mí eso me suena a suspensión.
—Me jubilé anticipadamente, antes de que se concluyera el caso. —Le dio un trago a la cerveza, luego se limpió el labio superior y arrugó la nariz—. No me notificaron que el caso se hubiera cerrado formalmente. Pero eso es asunto de Dorset. No mío.
—¿Puede decirme qué fue lo que descubrió?
La observó durante un momento. Dio otro trago a la cerveza sin apartar los ojos de ella .
Sadie le sostuvo la mirada.
Al fin, posó el vaso y bajó la vista hacia la mesa. Tenía las manos apoyadas sobre la madera. Sadie se fijó en las uñas mordidas. No llevaba alianza.
—Oficialmente, la muerte del inspector Mackie fue un suicidio —dijo ella—. Pero yo no me lo creo, y no creo que ninguno de sus colegas se lo crea tampoco.
—¿Con quién ha hablado?
—No voy a revelar mis fuentes.
Phipps volvió a beber, mirándola fijamente. Era inquietante, pero no iba a permitir que la pusiera nerviosa.
—¿Por qué hace esto? —preguntó él.
—Si el inspector Mackie fue asesinado, es de interés público que se investigue ese crimen. Igual que cualquier asesinato.
—Especialmente el asesinato de un alto mando de la policía —le dijo él.
«Un inspector de policía jubilado», pensó ella. Entonces se dio cuenta de algo.
—Tardé meses en localizarlo —dijo ella—. ¿Teme por su seguridad?
Él volvió a mirarla, pero no dijo nada.
—¿Descubrió algo que pudiera ponerle en peligro? ¿Es por eso por lo que regresó a Hampshire y se jubiló?
—Hace falta algo más que un caso para asustarme, señorita Dawes. Me jubilé porque me lo ofrecieron y quería descansar.
«Pero luego viniste a esconderte aquí».
—¿Qué estaba investigando el inspector Mackie antes de morir? ¿Había algún caso que no hubiera abandonado tras su jubilación?
Phipps bebió de nuevo. Posó el vaso y se inclinó sobre la mesa.
—No voy a decirle qué estaba investigando. Pero sí le digo que tal vez le merezca la pena interesarse por la investigación de asesinato más reciente de Dorset.
—Arthur Kelvin.
Phipps no se inmutó.
—¿Cree que Mackie estaba investigando a Arthur Kelvin y por eso lo mataron?
—Lo único que voy a decirle es que hable con su abogado.
—¿Con el abogado de quién?
—De Kelvin. O mejor dicho, con la abogada que trabajaba para él por aquel entonces. Elsa Short. Hable con ella.