Capítulo 28
CAPÍTULO VEINTIOCHO
Mike cerró la puerta de su casa y sintió que el cuerpo se le desplomaba al oír el llanto.
—¿Tina? Ya estoy aquí.
—Mike. —Tina abrió la puerta de la sala, con Louis en brazos. Llevaba unos pantalones de chándal con una mancha en la rodilla y una camiseta con un desgarrón. Parecía agotada—. No quiere acostarse. Está con los cólicos otra vez.
—¿No es un poco mayor para tener cólicos?
—Está en la edad perfecta. —Se lo tendió. El bebé estiró sus manitas hacia Mike, y este sintió que le daba un vuelco el corazón. Por muy duro que fuera el trabajo de cuidar a su hijo, nunca dejaba de conmoverse cuando lo miraba.
Mike estrechó a Louis contra sí. El llanto no cesó.
—¿Has probado a darle de comer?
—Por supuesto que he probado a darle de comer. Siento como si se me fueran a derretir los pezones. —Se apoyó contra la pared y luego se dejó resbalar hasta sentarse en el suelo, abrazándose las rodillas. Mike se agachó para ponerse a su altura, con cuidado de no soltar al bebé .
—Me lo llevaré arriba, cariño —dijo él—. Le cantaré algo o lo que sea.
—Gracias. —Lo miró con los ojos enrojecidos—. Tan solo necesito un momento para mí. Hoy no he conseguido salir a la calle.
—¿No tenías lo de ese grupo de canto?
—Sí. Pero justo cuando íbamos a salir, se marcó un «caganami» y, para cuando terminé de limpiar aquello, ya iba a llegar quince minutos tarde. Me pareció que no valía la pena.
—Así que no has conseguido salir en todo el día.
—Salir cuando tienes que cargar con todo lo que necesita y desplegar el cochecito no es tan fácil como crees —dijo mientras lo fulminaba con la mirada.
Mike asintió. El cochecito estaba plegado bajo la escalera. Puede que su casa fuera más grande que sus pisos anteriores, pero el recibidor no era más que un pasillo estrecho. Era imposible dejar un cochecito abierto allí.
Apretó más a Louis contra el pecho y puso una mano sobre la cabeza de Tina. Sus rizos castaños estaban alborotados.
—Me lo llevo arriba, amor. Tú siéntate y tómate una taza de té.
—Eso implica tener que hacerlo.
—Lo haría yo por ti, pero... —Vaciló y señaló al bebé con la barbilla. Louis sollozaba y sus gritos empezaban a perder fuerza.
—¿Ves? —dijo Tina—. Contigo se calma. ¿Por qué no hace lo mismo conmigo?
«Quizá porque siente tu estrés», pensó Mike. Pero no iba a sugerirlo.
—No lo sé. —Le plantó un beso en la coronilla y subió las escaleras.
Diez minutos después, había logrado calmar al bebé y meterlo en el moisés. Se quedó de pie junto a él un rato, tarareando entre dientes y observando cómo su hijo se sumía en el sueño. Estaba tan quieto cuando dormía que, a veces, a Mike le asustaba.
Bajó las escaleras con sigilo y encontró a Tina en la sala, con una taza de té en la mano. Tenía los pies sobre la mesa de centro, pero no había encendido la televisión.
—¿Día difícil? —le preguntó, dejándose caer en el sofá junto a ella.
Tina se apoyó en él. Tenía el cuerpo cálido y suave. Él se relajó a su lado.
—Horrible —dijo ella. Bebió un sorbo de té—. Dime que se vuelve más fácil.
—Se vuelve más fácil. —Lo cierto era que Mike no tenía ni idea de cómo se ponía la cosa. Pero si seguía así, nadie en su sano juicio se decidiera a tener un segundo hijo.
—Elijo creerte —dijo ella. Se bebió el último trago de té y se giró para mirarlo—. ¿Quieres una taza? No hay nada para la cena.
—¿Nos pedimos un pescado con patatas fritas? —preguntó con una sonrisa.
—Pescado con patatas fritas. —Se le iluminaron los ojos por un momento, recordándole a la Tina que había conocido cuando ella trabajaba—. Perfecto.
—Iré a buscarlo —dijo al tiempo que se levantaba.
—Gracias. Prepararé el té mientras estás fuera.
—Puedo traer una botella de vino de paso.
—La lactancia. —Hizo una mueca.
—Es verdad. —No le gustaba beber cuando ella no podía. Le parecía injusto. Ya se desquitaría en el pub con Stanley.
—He visto las noticias —dijo Tina, mirándolo. Mike levantó una ceja—. Kelvin —continuó—. Así que finalmente alguien acabó con él.
—¿Ya es de dominio público? —Miró de reojo la televisión.
—Salió en las noticias locales de la tarde. Estaba intentando ver si la tele calmaba a Louis.
—La muerte de Arthur Kelvin calmaría a cualquiera. —Mike se rio.
—Yo no estaría tan segura. —Su voz había recuperado fuerza, y enderezó la espalda—. Habrá dejado un vacío de poder. Y sea quien sea el que lo mató, habrá gente buscando venganza.
—Podría haber sido accidental.
—¿En serio? —Dejó la taza sobre la mesa—. No digas gilipolleces.
Mike se inclinó y la besó en los labios.
—¿Y eso a qué viene? —dijo ella—. Debo de oler fatal. Por culpa de Louis se me ha caído la sopa encima hace un rato.
—Ah, a eso hueles. Me encanta cuando te animas así. Cuando se te vuelve a encender el cerebro.
—O sea, que no me quieres cuando hago de madre.
—Venga, Tina. Sabes que no me refiero a eso.
—Te estoy pinchando, Mike. —Le dio un toque en la rodilla—. Cuéntame más sobre el caso. Es un asesinato, ¿verdad? ¿Tenéis algún sospechoso?
—Todavía no. Aunque hemos encontrado un cuchillo.
—¿El arma del crimen? —Tina se movió hasta quedar sentada en el borde del sofá, frente a él.
—Eso parece —confirmó Mike con un gesto de cabeza—. Y falsas heridas de tanteo.
—Así que alguien quería que pensáramos que era un aficionado —replicó Tina tras soltar un silbido. Lo miró—. ¿Crees que fue un encargo?
—La jefa no para de decirnos que evitemos hablar como si estuviéramos en un episodio de Los Soprano .
—Es Kelvin. Él era la versión de Dorset de Los Soprano .
—Quizá. Pero todavía estamos lejos de tener un sospechoso.
—Veamos qué pasaba con nuestro querido señor Kelvin en los días previos a su muerte. —Tina estiró el brazo y agarró su móvil de la mesa de centro.
—¿En serio? —Mike se recostó junto a ella, olvidándose por completo del pescado y las patatas.
—Sabes que esto es lo que me mantiene cuerda. No puedo desconectar completamente del trabajo y esperar volver en verano como si nunca me hubiera ido.
—Te irá bien.
—Esto evita que me vuelva loca, amor. Déjame disfrutar.
—Está bien. —Levantó las manos en señal de rendición—. Dime qué encuentras. —Se le ocurrió que a nadie del equipo se le había pasado por la cabeza hacer eso. O quizá a la jefa sí, mientras él había estado fuera en la autopsia.
—Vale —dijo Tina—. Esto es interesante.
—¿Ah, sí?
—Estoy en la base de datos del gobierno. Registros judiciales. —Escudriñó su teléfono, con el entrecejo fruncido por la concentración.
—¿Y?
—Kelvin solicitó el divorcio.
—¿El divorcio?
Tina asintió. Tenía los ojos encendidos, nada que ver con la mirada apagada con la que lo había recibido cuando había llegado a casa.
—¿Cómo se llama la viuda? —preguntó.
—Amanda Frobisher.
—Es ella. Kelvin solicitó el divorcio hace solo una semana. —Levantó la vista—. Aún no se ha tramitado, por supuesto. Y si sigue casada con él, hay muchas posibilidades de que ella lo herede todo.