Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 27
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Capítulo 27

CAPÍTULO VEINTISIETE

Estaba a punto de usar el manos libres para avisar a Elsa cuando le sonó el teléfono. Era Gail.

—Gail —dijo—. Espero que no sigas en el Estanque Azul.

—Voy de camino a casa de mi madre a recoger a Tim —explicó Gail.

—Entiendo. —El hijo de Gail tenía seis años.

Se preguntaba cómo sería, siendo madre soltera, compaginar la crianza de un niño pequeño con una carrera como la de Gail.

Ella apenas había visto a Sharon cuando era pequeña, pero Terry se quedaba en casa trabajando en su tesis, así que no se había preocupado.

Quizá debería haberse preocupado.

—¿Cómo va la búsqueda? ¿Te dio Carpenter los recursos que me prometió?

—Sí. Los de uniforme ya han completado el sesenta por ciento del rastreo .

—¿Han encontrado algo?

Gail hizo una pausa antes de continuar.

—Ellos no. —Otra pausa—. Pero yo sí.

—Vale. ¿El qué?

—Lesley, ¿Elsa o tú habéis visitado el Estanque Azul hace poco?

—No. —Lesley miró el teléfono y frunció el ceño—. ¿Por qué?

—¿No habéis ido a ver las luces?

—No había estado allí en mi vida hasta hoy. ¿Por qué? —Sintió que su respiración se ralentizaba.

—¿Y Elsa? —preguntó Gail—. Sé que no tiene mucho trabajo de momento. ¿Sale a caminar?

—Por la playa, a veces. Pero no. Puede que aún no tenga muchos clientes, pero buscarlos es un trabajo a tiempo completo cuando estás montando un bufete nuevo.

—Entonces, que tú sepas, Elsa no ha estado en el Estanque Azul últimamente.

—No. Gail, ¿de qué va todo esto?

—Creo que he encontrado su bufanda.

—¿Su bufanda?

—Estaba enganchada en un árbol. Verde oscuro, con estampado de cachemira. Estaba oculta hasta que la iluminamos con los focos. Es solo que... recuerdo que la llevaba puesta cuando salimos a cenar el mes pasado. Le pregunté dónde la había comprado.

—En Liberty. En Regent Street.

—Eso es lo que me dijo.

—Gail, ¿qué estás insinuando?

—No insinúo nada. Solo te informo de una prueba. ¿Vas de camino a casa?

Lesley sintió que se le cerraba la garganta. Las siete menos diez, según su reloj. Aún no había llamado a Elsa. Se reuniría con ella en el hotel.

—Así es.

—Cuando llegues, ¿podrías comprobar si la bufanda está allí?

—Por supuesto. Pero es una coincidencia, Gail. Estoy segura de que mucha gente tiene esa bufanda.

—Seguro que tienes razón. Pero...

Lesley trató de librarse de la irritación que sentía. Si Gail hubiera presentado la bufanda ante el equipo como una prueba, sin más, no daría la impresión de creer que había motivos para sospechar. A Lesley no le gustaba la idea de que su amiga intentara ocultarla a los demás.

—Lo comprobaré, Gail. Ahora, si no te importa, tengo que asistir a una degustación del menú de la boda.