Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 26
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Capítulo 26

CAPÍTULO VEINTISÉIS

Sadie sabía que no debía llamar por teléfono cuando se trataba de hablar con hombres como el superintendente Phipps. Le daría largas y, si no podía hacerlo, simplemente le colgaría.

Así que se había pasado los dos últimos meses rastreando su nueva dirección.

El hombre se había mudado tras su jubilación a un chalé de una planta en Winchester. Antes vivía en Lymington. Sadie pensó que lo más típico tras la jubilación sería mudarse en la dirección opuesta. Quizá Phipps intentaba mantener un perfil bajo.

Desde luego, no había sido fácil de localizar. Su nombre no figuraba en la guía telefónica, no estaba en las redes sociales y no había ni rastro de él en la página web de la policía de Hampshire. Era como si, al jubilarse, hubiera dejado de existir.

Aparcó el coche lejos de las farolas, a unas pocas casas de la vivienda.

La calle era una mezcla de chalés en su estado original, seguramente ocupados por pensionistas como Phipps, y otros que habían sido ampliados hasta el límite de sus posibilidades.

Solo podía imaginar lo grande que sería una de esas casas al pasar de una planta a dos.

Sin duda, más grande que su habitación en el piso que compartía con su amigo Guy.

Se había equivocado de profesión. Y, desde luego, trabajaba para el medio de comunicación equivocado.

Phipps salió de su casa cuando ella llevaba unos veinte minutos esperando.

Se había entretenido escuchando un pódcast de true crime , manteniendo los oídos y el cerebro ocupados, pero los ojos libres para vigilar.

Solo escuchaba pódcasts que trataran crímenes cometidos antes de que ella naciera, a veces mucho antes.

De lo contrario, cada vez que se enteraba de algo más reciente, sentía el impulso de investigarlo.

Sadie vio a Phipps caminar hasta el final de la calle y girar a la derecha, hacia el centro de la ciudad. ¿Debería seguirlo a pie o avanzar lentamente tras él con el coche?

A pie. Seguir al hombre en coche le pareció un poco siniestro.

Salió del vehículo, fue a toda prisa hasta el final de la calle y se detuvo antes de llegar a la esquina.

Se irguió y ajustó el paso, procurando aparentar que solo había salido a dar un paseo.

Al doblar la esquina, chocó de frente con Phipps.

Él la sujetó por los brazos, por encima de los codos, con los ojos muy abiertos y sombreados por ojeras. Era un hombre que no dormía bien por las noches, ni siquiera estando jubilado.

—¿Qué quiere? —ladró él.

—Esto es una agresión. —Sadie se zafó de su agarre.

—Lo que usted ha estado haciendo es acoso —replicó con una sonrisa seca—. Acecho. Podría hacer que la arrestaran en virtud del artículo 2A de la Ley de Protección contra el Acoso.

Sadie sopesó sus opciones. Phipps era un antiguo alto mando policial. Conocía la ley mejor que ella y tenía amigos más poderosos .

Sacó su tarjeta de visita y él se sobresaltó. ¿Qué pensaba que iba a hacer, sacar un arma?

«Paranoico».

—Me llamo Sadie Dawes. Trabajo para la BBC en Bournemouth.

—He oído hablar de usted.

«Mejor». El anonimato era lo que más temía. Por el contrario, aparecer en televisión casi todas las noches dificultaba su labor de infiltración.

—Estoy investigando la muerte de Tim Mackie.

—¿El inspector Mackie?

—Sí. Tengo entendido que a usted lo trajeron para investigar después de que se reabriera el caso.

—Eso no es ningún secreto.

—¿Y qué es entonces lo que sí es secreto? —preguntó, dando un paso atrás.

—Estoy jubilado, señorita Dawes. Ese ya no es mi trabajo. —Sonrió y se dio la vuelta para marcharse.

—Escuche —dijo ella—. Creo que a Mackie lo asesinaron. Y creo que el superintendente Carpenter lo ha estado encubriendo.

Phipps dejó de caminar.

Sadie esperó.

—Esa es una acusación muy grave. —Se volvió hacia ella.

—Me amenazó, ayer mismo. Me dijo que dejara de meter las narices donde no me llamaban.

—Voy al pub —dijo, tras mirarla de arriba abajo con los ojos entrecerrados—. Venga conmigo y quizá podamos hablar.