Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 24
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Capítulo 24

CAPÍTULO VEINTICUATRO

—Jamón con mostaza o huevo con berros. —Stanley le tendió una bolsa de papel.

—Huevo con berros, por favor. —Gail echó un vistazo al interior.

—Ese de ahí. —Señaló Stanley.

Gail hurgó en la bolsa, sacó el sándwich y rasgó el envoltorio.

—Despacio, jefa —dijo Gavin—. Cualquiera diría que no te damos de comer.

—Lo siento, Gav. —Gail se volvió hacia él—. No te hemos traído nada.

—No pasa nada —dijo con una sonrisa—. Tengo la fiambrera en la furgoneta. Comí hace horas.

—¿Y no compartiste conmigo? Serás capullo. —Le lanzó un puñetazo de broma, que él desvió.

Stanley se sentó en una roca, masticando su sándwich. Más allá de los árboles, Gail alcanzaba a ver luces en movimiento: los uniformados seguían allí fuera, buscando.

Ya estaba demasiado oscuro .

—Deberíamos retirarlos —dijo ella—. Poner vigilancia en el lugar y volver al amanecer.

—¿No puedo quedarme un rato más en la cama? —Gav soltó un quejido.

—¿En serio?

—Es broma. Estaré aquí en cuanto haya luz.

—Gracias, Gav. —Se aseguraría de que él tuviera tiempo libre cuando todo esto terminara.

—Bueno —dijo Stanley, que había terminado su sándwich y ya iba por la bolsa de patatas fritas—. ¿Habéis encontrado algo más? Aparte del cuchillo.

Gail lanzó una mirada al maletín que contenía las bolsas de pruebas. La bufanda estaba allí dentro. Aún no se lo había mencionado a Gav.

—Todavía no —dijo—. Pero aún hay tiempo.

¿Por qué le mentía? Estaba allí mismo, etiquetada y disponible para que la examinara cualquier persona que trabajara en el caso.

Pero había alguien con quien necesitaba hablar antes de volver a pensar en ello.

—Buen té —comentó Stanley tras dar un sorbo—. Esa Julie sabe lo que hace. —Se puso de pie. Había hecho una bola con el envoltorio de las patatas y se la metió en el bolsillo.

—¿Julie? —preguntó Gav—. ¿Quién es esa?

—Ah... —Stanley se sonrojó—. Es la mujer que trabaja en el salón de té.

—Es maja, ¿no? —preguntó Gail.

—Nos preparó una taza de té a los dos —respondió Stanley—. No le hagas ascos.

Gail sonrió. No sabía mucho sobre Stanley, a pesar de que llevaba casi un año en el equipo de Lesley. ¿Tendría a alguien esperándolo en casa? ¿O estaría de vuelta aquí por la mañana, tonteando con Julie ?

—Gracias por la ayuda de hoy, Stanley —dijo Gail.

—No hay de qué. Pero tengo que volver. La jefa querrá una reunión antes de que nos vayamos a casa.

Gail pensó en la bufanda, guardada en la caja de pruebas. Se lo contaría a Lesley. Pero no a Stanley, al menos todavía no.