Capítulo 20
CAPÍTULO VEINTE
Elsa llegó temprano. Le entró un temblor cuando examinó la cafetería con la mirada. Hacía frío fuera y no había logrado encontrar su bufanda antes de salir.
Había dos mujeres con un cochecito en una mesa cerca de la entrada, una anciana cerca de la caja y un grupo de adolescentes al fondo.
Ningún hombre solo.
«Bien».
Pidió un flat white y se sentó lo suficientemente cerca de la ventana como para ver a través de ella, pero no tanto como para que alguien desde fuera pudiera verla. No quería que el hombre la observara desde el otro lado de la calle.
Dejó su bebida y se acomodó en la silla.
¿Debería quitarse el abrigo?
«No». No quería darle a entender que la reunión iba a alargarse.
Tras cinco minutos, según el reloj que había detrás del mostrador, la puerta se abrió.
Elsa apretó los dientes. Un hombre entró y ella lo observó.
No dio muestras de haber reparado en su presencia.
Luego se giró para abrir la puerta y dejar pasar a una mujer que iba detrás de él. Le puso una mano en el hombro.
Elsa se permitió relajarse, solo un poco.
«Cálmate».
Si seguía así, estaría hecha un manojo de nervios para cuando él llegara.
Suponiendo que fuera un hombre. Había oído una voz masculina por teléfono, pero quizá enviara a otra persona.
Sacudió la cabeza. Si ella estuviera actuando con tanto secretismo, se presentaría en persona.
Sacó el teléfono del bolso y se obligó a revisar sus correos electrónicos. Quería estar distraída cuando él llegara para evitar dar la impresión de que estaba ansiosa por conocerlo.
Iba por la mitad del tercer correo cuando notó una sombra caer sobre ella.
—Señorita Short.
Levantó la vista y se metió el teléfono en el bolsillo del abrigo.
Un hombre joven estaba frente a ella, de unos treinta y pocos años, tal vez.
Tenía el cabello castaño despeinado y la piel pálida con puntos rojos marcados en las mejillas.
Vestía un traje que parecía sacado de una cadena de tiendas de gama media. Parecía tener frío.
—Esa soy yo. ¿Y usted quién es?
—Mi nombre es Xavier Robson —respondió con una sonrisa y tomó asiento frente a ella.
—Xavier. —No había oído ese nombre antes, y no era de los que se olvidan—. ¿No va a pedir nada?
—No hace falta. —Echó una mirada hacia la caja—. Ya he pedido. Me sorprende que no me viera entrar.
—¿De qué va todo esto, Xavier? —preguntó en lugar de decir nada acerca del comentario.
—¿Un americano? —preguntó el joven que había atendido a Elsa cuando llegó a su mesa .
Elsa asintió en dirección a su acompañante. Él levantó una mano.
—Es mío. Gracias.
El camarero dejó la bebida sobre la mesa y se marchó sin responder.
—¿Y bien? —dijo Elsa—. Me dice que Kelvin está muerto, que sabe algo al respecto. Y afirma tener un cliente para mí.
—Así es. Lo sé. Y sí. —Él sonrió de oreja a oreja mientras colocaba la taza de café en el plato. Se limpió la boca.
—Ilústreme.
Miró alrededor de la cafetería. No había señales de que nadie los vigilara. No se les veía desde fuera. Estaba tan segura como podía de que este no era uno de los «empleados» de Kelvin. Ellos nunca viajaban solos.
—Estoy solo, por si se lo estaba preguntando.
—Vale. ¿Va a decirme qué está pasando? —Consultó su reloj—. Porque tengo una reunión a la que asistir.
—No la creo.
—¿Perdón?
—Mire, Elsa. ¿Le importa si la llamo Elsa?
—Puede hacerlo.
—Elsa, sé que su negocio no está precisamente en auge. Sé que solo tiene tres clientes. Y sé por qué.
—¿Ah, sí?
—No hace falta ser un genio del derecho para deducirlo.
—Continúe, pues. Entreténgame con sus dotes de deducción. —Bebió lo último que quedaba de su flat white .
—Usted solía representar a Arthur Kelvin. —Se recostó en la silla, con las manos entrelazadas en el regazo—. Sabe cosas sobre él que no querría que se supieran. No habría querido que ahora representara a alguien que pudiera usar esas cosas en su contra.
—Soy una profesional, señor Robson. Jamás divulgaría información confidencial de un cliente a otro.
—¿Ni siquiera si la amenazan? ¿O si amenazaran a su prometida o su hijastra?
—Así que sabe quién soy y que mi negocio está acabado, o casi. —Suspiró—. ¿Qué sabe sobre Kelvin? ¿Y cómo se enteró de su muerte antes que yo?
—A través del cliente que estoy a punto de derivarle.
—Muy bien. ¿Es uno de sus socios o un rival?
—Ni lo uno ni lo otro. O ambos, según cómo se mire.
Elsa no sabía si estar preocupada o impaciente. Estaba claro que a Xavier Robson le gustaba el dramatismo.
—Me he terminado el café, señor Robson. Limítese a decirme a qué ha venido y así podremos irnos los dos.
—No me ha preguntado qué clase de abogado soy.
—¿Qué clase de abogado es? —Elsa lo observó con atención.
El hombre introdujo la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una tarjeta de visita. La puso sobre la mesa entre ambos.
Elsa miró hacia abajo.
«Xavier Robson. Abogado de familia».
—Divorcios —dijo Elsa.
—Exactamente. ¿Ahora quiere saber quién es el cliente?
—Por supuesto.
—Amanda Frobisher —dijo negando con la cabeza.
—¿Quién es Amanda Frobisher?
—Quizá la conozca como la señora Kelvin. Su esposa.
—Espere un momento. —Elsa entrecerró los ojos—. Usted es abogado de divorcios, y...
—Ha dado en el clavo. Kelvin se estaba divorciando de ella y ella me contrató para representarla. Me imagino que en cuanto la policía se entere, hay muchas posibilidades de que se convierta en sospechosa. Y necesitará una abogada penalista. ¿Le apetece aceptar el caso?