Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 19
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Capítulo 19

CAPÍTULO DIECINUEVE

Stanley se abrazó a sí mismo, intentando entrar en calor.

El viento silbaba entre las coníferas y hacía que las acículas del suelo se arremolinaran alrededor de sus pies.

Incluso el agua se había visto afectada; las ondas y los remolinos se agitaban como si aquel estanque fuera la bahía de Swanage en una mañana de brisa.

El cuerpo ya estaba fuera del agua, menos mal.

El patólogo y uno de sus ayudantes habían entrado y lo habían colocado en una camilla, que sacaron con cuidado.

Gail y su equipo les habían preparado una ruta pavimentada que había sido inspeccionada meticulosamente de antemano.

Nadie quería que la camilla dañara ninguna prueba.

El camino de salida no parecía ser el mismo por el que Kelvin había entrado, al menos no según los forenses.

No había indicios de que nadie hubiera sido arrastrado por el suelo en ese trayecto, y apenas había huellas de botas.

El tiempo había sido seco durante la última semana y no había mucho barro que pudiera conservarlas.

Y todos sabían que, dado que el público había estado en el recinto la noche anterior, cualquier cosa que encontraran sería probablemente inútil .

Observó cómo el equipo del patólogo empujaba la camilla cuesta arriba hacia un sendero lateral que llevaba de vuelta al aparcamiento.

No habían tomado la ruta más directa por el salón de té, ya que allí el terreno era más blando y las ruedas de la camilla podrían hundirse.

La camilla no tardó en desaparecer entre los árboles.

Gail estiró los brazos por encima de la cabeza y bostezó.

—¿Qué hora es? Estoy muerta de hambre.

—Las tres y media —le dijo Stanley.

—Mierda. No he comido nada desde que salí de la cama a las siete y media. —Miró a su alrededor—. ¿Dónde está mi equipo cuando lo necesito?

—¿Quieres que te traiga algo?

—¿Te importa? —Ella le sonrió—. Te daré el dinero. —Se palmeó el traje de forense—. O lo haría si pudiera llegar a mis bolsillos.

—No te preocupes. Veré si puedo traerte un café.

—Té, por favor, si no es molestia. Y un sándwich.

—¿Alguna preferencia?

—Cualquier cosa servirá —dijo, negando con la cabeza—. Tengo demasiada hambre como para que me importe.

—Vuelvo enseguida.

Lo cierto era que él mismo tenía hambre. Tenía comida preparada en su escritorio, pero no se le había ocurrido traerla. Había estado tan absorto en el caso que se había olvidado de comer. Pero ahora que Gail lo mencionaba, se dio cuenta de que estaba famélico.

Subió la colina hacia el salón de té, con las piernas frías y rígidas. La puerta estaba cerrada con llave.

Puso las manos en visera contra el cristal y miró hacia el interior. Había una mujer dentro, limpiando las superficies. Golpeó el vidrio.

Ella levantó la vista y se llevó una mano al pecho por la sorpresa. Negó con la cabeza y articuló algo sin sonido.

«Ya sé que está cerrado —pensó—. Pero tengo hambre». No le entusiasmaba la idea de conducir de vuelta a Wareham para comprar algo en un supermercado.

Sostuvo la placa en alto. La mujer la examinó y se acercó a la ventana.

—¿Es usted del equipo de investigación? —gritó a través del cristal.

Stanley asintió.

—Me han dicho que los deje en paz.

Miró más allá de ella hacia una nevera donde se veían sándwiches. Habrían hecho acopio para el día. Por lo que sabía de hostelería, esos sándwiches no servirían más que para la basura al final de la jornada.

—Tenemos hambre —dijo, al tiempo que señalaba la nevera—. ¿Puedo comprar algo de comida?

Ella volvió a mirar la nevera y luego a él. Reflexionó un momento y se encogió de hombros. Le hizo una seña para que la siguiera hasta la puerta, que abrió.

—Supongo que el que venga usted aquí cuenta como que es usted quien me molesta a mí, y no al revés. ¿Qué le pongo?

—¿Puedo entrar?

—Claro que puede. —Sonrió—. Debe de estar congelado.

Stanley entró mientras la mujer cerraba la puerta y giraba la llave. Dentro no hacía mucho más calor que fuera, pero al menos no corría el viento.

—Gracias —dijo él—. Me llevaré dos sándwiches y un par de bolsas de patatas fritas. Y dos tés, si tiene.

—Faltaría más —le dijo ella—. No es que tenga mucho que hacer. ¿Alguna preferencia con los sándwiches?

—Los que vayan a caducar antes.

—Es usted un hombre considerado, ¿verdad? —La sonrisa de ella se ensanchó.

Stanley sintió que le ardían las mejillas. Se encogió de hombros .

—Tengo uno de huevo con berros y uno de jamón —dijo tras abrir la nevera—. ¿Le sirven? —Tenía un marcado acento de Dorset.

—Perfecto. Gracias.

—Puede elegir las patatas que quiera. Esas aguantan.

—Eh... Una de sal y vinagre, y otra de queso con cebolla, por favor. —Eso cubriría todas las posibilidades, esperaba.

—Marchando. ¿Azúcar en el té?

—Ah...

—No pasa nada. —Se rio—. Le daré un par de sobres. ¿No quiere invitar a su colega a que suba aquí para refugiarse del frío?

—Creo que está ocupada. Me lo llevaré, si le parece bien.

—Claro que me parece bien. —Metió los sándwiches en una bolsa de papel—. Un asunto horrible. ¿Saben ya quién es?

—¿Estaba usted trabajando aquí anoche? —preguntó Stanley en lugar de responder.

—Sí. Chocolates calientes y cafés; los muy locos, sin que les importara nada la cafeína a esas horas de la tarde. A algunos les echamos un chorrito de brandy para ayudarles a pasar la tarde fría.

—Tienen el lugar iluminado por la noche.

—Así es. El jefe puso las luces hace un año más o menos. Atraen a la gente. Quedaron muy bonitas, además. ¿Las ha visto?

—Me temo que no.

—Claro. Un policía tan ocupado como usted. ¿Quiere que le diga si vi algo sospechoso? —Sacó agua de un termo y la vertió en dos vasos desechables.

—Por favor.

—Bueno, entonces se sentirá decepcionado. Pero quizá quiera hablar con Mary.

—¿Mary?

—Mary es nuestra encargada de redes sociales.

Bueno, en realidad es la hija del jefe, pero hace un poco de trabajo de redes para el local entre sus turnos en el supermercado Sainsbury’s.

Hace vídeos de los eventos nocturnos. Intenta captar las reacciones de los clientes, para enseñar a la gente lo divertido que es.

—¿Dónde puedo encontrar a Mary?

—Tiene un piso en Wareham, encima del Co-op. ¿Sabe dónde está?

—Sí. Gracias.

—Un placer. Tenga, sus sándwiches. —Le entregó la bolsa de papel y un portavasos con los dos tés, ladeando la cabeza y dedicándole otra sonrisa. Se giró para coger un terminal y él acercó su tarjeta de débito para pagar.

—Por cierto, me llamo Julie —dijo con una sonrisa cuando se completó la transacción.