Capítulo 17
CAPÍTULO DIECISIETE
El tráfico durante el resto del trayecto fue fluido y Elsa llegó a casa en diez minutos. Subió las escaleras hasta el piso a toda prisa, con el teléfono en la mano.
Una vez dentro, dio un portazo tras de sí y se detuvo a escuchar.
—¡Hola! ¿Lesley? ¿Sharon? ¿Hay alguien en casa?
Sin respuesta. A Lesley aún le quedaba un buen rato de trabajo y Sharon no llegaría hasta dentro de un par de horas.
Estaba a salvo.
Caminó hacia la cocina, tratando de mantener un paso firme y una respiración acompasada. No dejaba de mirar el mensaje de WhatsApp mientras lo hacía.
¿Kelvin muerto? ¿Cómo? ¿Un asesinato?
De ser así, ¿a manos de quién? ¿Alguien que ella conociera?
Se estremeció.
«Cálmate, Elsa».
Encendió la cafetera con un toque. Necesitaba calmar los nervios antes de hacer la llamada. Hacer algo normal.
Mientras la máquina se calentaba, recordó cuando Lesley salió del piso esa mañana. Una llamada. Un cadáver .
¿Kelvin?
Lesley no la había mirado a los ojos tras recibir la llamada. ¿Sabía algo que no le estaba contando?
«Basta ya».
Lesley era inspectora. Dirigía investigaciones importantes. Y Elsa era abogada penalista. Una abogada de la defensa. Era sensato que Lesley no compartiera nada con ella.
«Aun así...»
Quizá Lesley tenía un sospechoso en mente, alguien a quien Elsa acabaría representando. O a quien ya había representado en el pasado.
Elsa solo tenía tres clientes ahora. Dos de ellos eran ladrones de tiendas. Seguían pasando por los juzgados y dándole trabajo, pero no eran de los que se ven envueltos en un asesinato.
El otro era un promotor inmobiliario acusado de fraude al seguro. Una vez más, nada que ver con los Kelvin.
O eso esperaba.
«Llama de una maldita vez al número. Deja de torturarte».
Se sirvió un café y lo llevó a la isla de la cocina, donde se encaramó a un taburete. Marcó.
—Me preguntaba cuándo tendría noticias suyas —dijo una voz masculina.
—Usted me envió el mensaje.
—Así es. Ha tardado un rato en responder. Intentaba decidir qué hacer, ¿verdad?
—¿Cómo ha conseguido mi número?
—Ha estado anunciando sus servicios por todas las redes sociales. No es que esté precisamente de incógnito.
Elsa asintió. Había decidido que, dado que Kelvin sabía dónde vivía y cómo localizarla, no tenía sentido intentar esconderse.
—¿Quién es usted? ¿Y por qué se pone en contacto conmigo por los Kelvin ?
—No por los Kelvin. Por un Kelvin en particular. Su antiguo cliente, Arthur. ¿A menos que sea usted amiga de algunos más?
—No.
—Eso espero. En fin, sé algo sobre nuestro pobre y difunto señor Kelvin. Algo que podría resultarle útil.
—Dígamelo.
Silencio.
—¿Hola?
—No creerá que se lo voy a contar por teléfono. No sería ni la mitad de divertido. Ni de lucrativo.
—¿Lucrativo? —preguntó Elsa—. ¿Quiere dinero?
—Este fin de semana se casará con la inspectora que estará a cargo del caso. Y usted trabajó para ese hombre. Sé que su negocio está haciendo aguas y tengo acceso al que podría ser el cliente de su vida.
—¿Quién?
—De nuevo, no por teléfono. Querré una comisión por remitirle a este cliente. Yo también soy abogado, como usted.
Elsa dejó la taza de café. Si la apretaba un poco más, la rompería.
—Muy bien —dijo ella—. Ya sabe que tengo mucho lío este fin de semana, así que sugiero que nos veamos hoy.
—Me parece bien. Nos vemos en la cafetería Costa de Commercial Road en media hora.
La línea se cortó. Elsa sostuvo el teléfono frente a ella, mirándolo fijamente.
Media hora.
No sabía con quién se iba a reunir ni si era alguien peligroso.
¿Debería llamar a Lesley?
«No». Todo estaba bien. Solo era una reunión. Con un abogado. En un lugar público.
Se bebió el café de un trago y agarró las llaves.