Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 9
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Capítulo 9

CAPÍTULO NUEVE

Dennis observó cómo la jefa subía pesadamente por el sendero hacia el salón de té.

Mientras ella se acercaba al edificio, apareció un hombre que caminaba hacia ella.

Los dos se detuvieron a hablar y la inspectora se giró para señalar la escena del crimen.

Dennis desvió la mirada e intentó parecer ocupado, avergonzado de que lo hubiera sorprendido observándola.

Esperaba que el hombre fuera el patólogo. Quería salir de allí y volver a la oficina lo antes posible. Sentía como si el bosque lo estuviera vigilando.

—Usted debe de ser el sargento Frampton —dijo el hombre cuando llegó al final del sendero y dejó el maletín en el suelo—. Su inspectora me ha dicho que está usted al mando.

—Gareth, no sabía que estabas trabajando tan al oeste —dijo Gail, que salía del agua con dificultad.

—Me han trasladado —respondió Gareth con un saludo militar burlón—. Parece que no encontraban a nadie en Dorset para sustituir a Henry Whittaker tras su jubilación.

Dennis los observaba con la mente en blanco. ¿Quién era ese hombre y cómo es que Gail lo conocía? ¿Desde cuándo se había jubilado Whittaker?

¿Acaso había sabido lo de la jubilación de Whittaker y se le había olvidado? ¿O había ocurrido mientras estaba de baja por enfermedad y nadie había pensado en decírselo?

Tragó saliva. ¿Era ya tan prescindible que el equipo ni se molestaba en mantenerlo al tanto de los cambios de personal?

—¿Doctor...? —preguntó, dando un paso adelante.

—Gareth Bamford. —El hombre lo saludó con un gesto seco de la cabeza—. Trabajé con su inspectora en el caso de Lyme Regis el año pasado. Me han trasladado desde Devon.

—Ah. Bueno, bienvenido. ¿Cuánto le ha contado ella?

—Solo que el cuerpo fue hallado sumergido aquí hace aproximadamente una hora y media, y que el rostro presenta signos de descomposición. Tengo entendido que aún no han encontrado pruebas de la causa de la muerte. —Se giró hacia Gail—. ¿Es así?

—No quería moverlo demasiado —dijo Gail, asintiendo.

—Sensato. —El doctor se subió la cremallera de su traje forense—. ¿Tienen unos vadeadores para mí?

—Gav, pásaselos, ¿quieres? —dijo Gail señalando los vadeadores que la jefa había dejado atrás.

Gavin recogió los vadeadores y se los llevó al doctor, lanzándole a Gail una mirada significativa mientras lo hacía.

—Bien, sargento Frampton —dijo el patólogo—. ¿Alguna indicación que quiera darme antes de que entre?

—Ehm...

—Va a ser un caso de gran repercusión —dijo Gail, frunciéndole el ceño a Dennis—. Creemos que la víctima es Arthur Kelvin. Un jefe del crimen organizado local.

—Nunca he oído hablar de él.

—Probablemente sea lo mejor.

—¿Ya hay pruebas forenses? ¿Alguna señal de cómo llegó hasta aquí?

—Este es un lugar de acceso público —dijo Gail—. Comprobé el horario de apertura cuando llegué, y ayer estuvo abierto todo el día. En esta época del año tienen luces en los árboles y no cerraron hasta las ocho.

—Así que si estuvo aquí en ese momento, lo habrían visto.

—Sí —respondió Gail, que le lanzó otra mirada a Dennis.

—De acuerdo —dijo el patólogo—. Veré qué puedo hacer por ustedes. Aunque por el olor ya le digo que lleva muerto bastante más que unas horas.

—Sí —confirmó Gail.

El patólogo se adentró en el agua. Dennis dio unos pasos al frente, pero no llevaba vadeadores y no sabía cómo podía contribuir.

¿Qué le estaba pasando?

Había coincidido con Kelvin en un par de ocasiones.

Una, cuando investigaban la muerte de un abogado en el bufete que lo representaba.

Otra vez, después de que identificaran al sobrino de Kelvin como el asesino de un antiguo abogado de ese mismo bufete.

Y luego estaba Johnny, el antiguo colega de Dennis, y el chantaje...

Nevin, Cross y Short. Ese bufete parecía estar totalmente enredado con Kelvin y sus operaciones. Y la novia de la jefa había trabajado para ellos.

¿Estaría ella implicada de alguna manera?

«No seas estúpido». Pero...

Sabía que Kelvin tenía alguna conexión con la muerte del inspector Mackie.

Mackie había estado metiendo las narices donde no lo llamaban, acercándose demasiado a pruebas que habrían permitido detener a Kelvin.

En lugar de dejarlo tras su jubilación, había continuado como si todavía estuviera en el cuerpo.

Entonces lo habían matado. Por supuesto, el forense había dicho que fue un suicidio, pero ya nadie se creía eso.

Y ahora Kelvin estaba muerto. Solo Dios sabía quién ocuparía su lugar. Podría ser alguien peor. Al menos con Kelvin sabían a qué atenerse.

—¡Sargento!

Dennis levantó la vista y vio que Stanley se acercaba.

—Perdona, Stanley. ¿Qué puedo hacer por ti?

—¿Te encuentras bien, sargento?

—Estoy bien.

—Dijeron que estabas de baja.

—Bueno, pues te han informado mal. —Dennis se irguió—. La inspectora ha ido a informar a la viuda y yo estoy aquí al mando. Necesito que averigües cuándo se accedió a este lugar por última vez y que te asegures de que nadie entre ni salga.

—Ya lo he hecho, sargento. El gerente cerró todas las verjas anoche después de que apagaran las luces.

—¿A qué hora fue eso?

—A las ocho y media, sargento.

—¿Y la última vez que alguien bajó por aquí?

—Una media hora después. Dice que hace una ronda por el recinto tras el cierre para asegurarse de que no quede ningún rezagado. Al parecer, hubo un día el verano pasado en que...

—Gracias, Stanley.

—Sargento. —Stanley se aclaró la garganta.

Gail estaba en el agua con el patólogo, que se inclinaba sobre el cuerpo. Lo habían girado para que estuviera boca arriba. Dennis tomó aire.

«No vomites».

—¿Dennis? —llamó Gail.

Él dio un paso al frente. Sintió unas ganas tremendas de sacar un pañuelo del bolsillo y taparse la nariz. Se resistió.

—¿Sí?

—Tenemos una causa probable de la muerte.

—¿Ah, sí?

—Heridas de arma blanca —dijo el patólogo—. Bajo la caja torácica, con movimiento ascendente. Bastantes. Una vez que lo tengamos en el depósito, sospecho que encontraremos heridas de tanteo.

—¿Heridas de tanteo?

—Donde el asesino intenta apuñalarlo, pero...

—Sé lo que son las heridas de tanteo. Pero eso significa...

—Significa que quienquiera que lo apuñalara no era un asesino experimentado —dijo Gail.

Dennis tragó saliva. «No vayas a vomitar».

—No —dijo.