Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 10
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Capítulo 10

CAPÍTULO DIEZ

Arthur Kelvin había vivido en una amplia casa de dos plantas con vistas al puerto de Poole, en Sandbanks. Lesley aparcó el coche sobre la doble línea amarilla frente a la entrada y se acercó a la alta verja.

Pulsó el timbre.

—¿Dígame? —respondió una voz a través del interfono.

—Vengo a hablar con la señora Kelvin.

—¿La señora Kelvin?

—Sí.

Debería haberse molestado en averiguar el nombre de pila de la mujer. Si Tina hubiera estado allí, ya tendría esa información.

Pero Tina estaba de baja por maternidad. Le quedaban ocho meses. Lesley la echaba de menos.

—Un momento. —El interfono emitió un chasquido y luego se quedó en silencio.

Lesley esperó. Sacó su teléfono y buscó a Arthur Kelvin en Google con la esperanza de encontrar el nombre de la esposa.

No había pruebas en internet de que siquiera hubiera tenido esposa .

«Maldita sea».

Pero el hecho de que quien acababa de hablar con ella se hubiera retirado, presuntamente en busca de la señora Kelvin, significaba que existía.

—Adelante. —El interfono volvió a chisporrotear y se oyó un zumbido cuando se liberó el pestillo de una puerta junto a Lesley.

La empujó para abrirla. Era una puerta peatonal, no el portón ancho que abarcaba la entrada para coches. Dejó el coche fuera; no pasaría nada.

Entró y se detuvo a observar la casa. Era enorme, con al menos ocho ventanas solo en ese lado. El edificio bloqueaba la vista del puerto y los árboles que lo rodeaban tapaban gran parte de la luz invernal.

La puerta principal se abrió y una mujer apareció en el umbral. Llevaba un uniforme de criada negro y un delantal blanco.

«Madre mía —pensó Lesley—. ¿Qué es esto, Downton Abbey?».

—Soy la inspectora Clarke, de la Policía de Dorset —dijo mientras caminaba hacia la mujer y le mostraba su placa—. Necesito hablar con la señora Kelvin en privado.

—Lo lamento, señora. ¿Puedo preguntar con cuál de las señoras Kelvin necesita hablar?

—¿Cómo que cuál de las señoras Kelvin? —¿Acaso el hombre había sido bígamo?

—¿Con la señora Kelvin sénior o con la joven? —dijo la mujer, asintiendo.

«Ah». Lo dedujo. Se referiría a la madre y la esposa de Kelvin.

—Con la joven, por favor. —Se preguntó lo joven que sería aquella mujer. Kelvin andaba por los cincuenta, pero, según su experiencia, los hombres como él solían preferir a mujeres lo bastante jóvenes como para ser sus hijas .

—Muy bien. Si es tan amable de seguirme.

Lesley siguió a la mujer al interior de la casa. Estaban en un vestíbulo ancho con un sofá a un lado y una amplia escalera al otro. Había seis puertas, todas cerradas excepto un par de puertas dobles frente a ella, tras las cuales un enorme ventanal ofrecía vistas al puerto.

Esbozó una sonrisa. Así que a Kelvin le gustaba impresionar a sus visitas.

Miró por encima del hombro del ama de llaves, preguntándose si la señora Kelvin estaría tras aquellas puertas. Pero la mujer señaló hacia el sofá.

—Si no le importa tomar asiento, le comunicaré a la señora Kelvin que está usted aquí.

—No hace falta. Me quedaré de pie.

—Como desee. —La mujer desapareció por una de las puertas y la cerró tras de sí.

Lesley se quedó de pie frente al sofá, girando lentamente para observar el vestíbulo. Oyó sonidos que venían del piso de arriba: ¿niños?

Sabía que Kelvin tenía sobrinos adultos. Pero no tenía constancia de que hubiera niños. Desde luego, que ella supiera, no participaban en su negocio.

La puerta se abrió y apareció una mujer esbelta que vestía vaqueros y una camisa blanca perfectamente entallada. Lanzó a Lesley una mirada recelosa.

—Inspectora Clarke. Soy Amanda Kelvin. ¿En qué puedo ayudarla?

—¿Hay algún lugar un poco más privado donde podamos hablar? —Lesley le dedicó una sonrisa.

—Por supuesto. —La señora Kelvin frunció el ceño.

Se apartó de Lesley y abrió otra puerta, junto a las puertas dobles.

Al acercarse, Lesley pudo ver que las puertas dobles daban a un despacho.

Un escritorio con tablero de cristal presidía el centro, orientado de forma que el ocupante de su costosa silla de cuero tuviera vistas al mar.

«Claro», pensó. Kelvin se habría quedado con la mejor estancia de la casa para él solo. Se preguntó quién se sentaría en esa silla ahora que él ya no estaba.

La señora Kelvin la condujo a una sala de estar en la parte trasera de la casa. Tenía puertas correderas con vistas al puerto y un conjunto de tres sofás a juego, todos ellos enormes.

«Así que esto es lo que se consigue con el crimen organizado».

—Por favor, tome asiento. Puedo pedirle a Gerta que le traiga un café, si lo desea.

—No se moleste. —Lesley rechazó el ofrecimiento con un gesto. Hasta el momento, esta mujer se había mostrado educada y amable, aunque claramente preocupada. Nada que ver con su difunto marido.

Lesley le indicó a la mujer que se sentara. Ella tomó asiento de espaldas al puerto y Lesley se sentó en ángulo recto respecto a ella.

—Me temo que tengo malas noticias, señora Kelvin. —Se inclinó hacia delante.

—Llámeme Amanda. No uso «señora Kelvin». Soy Amanda Frobisher.

Lesley no se esperaba aquello.

—Amanda, señora Frobisher, lamento comunicarle que hemos encontrado a su marido muerto esta mañana.

—¿Arthur? —Amanda ahogó un grito y se llevó la mano a la garganta.

«¿Acaso tiene otros maridos?».

—Lo lamento mucho.

—Arthur. —Amanda asintió con los labios apretados. Parpadeó un par de veces y luego se secó la mejilla.

—Lo han hallado en el Estanque Azul, cerca de Wareham. ¿Podría decirme si era un lugar al que solía ir ?

—¿Arthur? —La mujer frunció el ceño—. No. Arthur no era de actividades al aire libre. —Dio un suspiro tembloroso—. Yo sí, en cambio. Es precioso allí. —Miró a Lesley con los ojos anegados—. ¿Cómo...?

—Aún no lo sabemos. Ha aparecido en el agua.

—¿Ahogado?

—Como le digo, aún no lo sabemos. En cuanto tengamos la causa de la muerte, se la comunicaremos. —Lesley miró hacia la puerta abierta—. ¿Hay alguien aquí que pueda acompañarla?

—Ay, Dios. —El rostro de Amanda se ensombreció.

—¿No hay nadie?

—Su madre. La verdadera señora Kelvin. —Su mano, aún en la garganta, se cerró en un puño—. Se quedará... se quedará destrozada.

—¿Preferiría que se lo dijera yo?

—Puedo hacerlo yo. —Amanda negó con la cabeza y cerró los ojos con fuerza—. Mierda.

—Enviaré a un agente de relaciones familiares para que la apoye mientras investigamos...

Amanda soltó una carcajada. Lesley se quedó mirándola.

—Lo siento. Ay, Dios, esto es de lo más inapropiado.

Pero no. No podemos tener aquí a un agente de relaciones familiares.

—Otra risa—. ¿Puede...? —Se apretó la palma de la mano contra el pecho—.

Lo siento. La señora Kelvin, su madre. No lo permitirá.

Pero gracias. —La viuda se puso de pie—.

Y gracias por venir a decírmelo. —Dio otro suspiro tembloroso y sorbió por la nariz.

El dolor parecía bastante genuino. Pero su reacción ante la mención del agente de relaciones...

Nada sorprendente, en realidad, dado el tipo de familia que era. Aun así, Lesley daría cualquier cosa por meter a un agente en aquella casa.

—Un agente de relaciones familiares puede ayudar a mantenerla informada sobre los progresos de la investigación. Tengo en mente a la persona perfecta, el agente Hughes. Tiene tacto y experiencia. No invadirá su intimidad.

—He dicho que no. —Amanda la miró desde arriba—. Estaremos bien así. —Su respiración se había estabilizado—. Ahora, si no le importa...

—Siento mucho su pérdida. —Lesley se levantó.

—Gracias.

—¿Puedo preguntarle si tienen hijos?

—No.

—Ah. Me había parecido oír ruidos...

—Son Finn y Lottie. Los hijos de Darren. Becca vive aquí con ellos mientras Darren está... —Se sonrojó—. Mientras está fuera.

Lesley asintió. «Familias felices». O quizá no.

«De perdidos, al río».

—¿Era Arthur un buen marido? —preguntó.

—¿Perdón? —Amanda la miró con los ojos muy abiertos.

—¿Eran felices juntos?

—No veo que eso sea asunto suyo.

Lesley se acercó a la mujer. Lanzó una mirada por encima del hombro, hacia la puerta abierta.

—Sé qué clase de hombre era. Si teme por su seguridad, podemos ayudarla.

—¿Cómo se atreve? —Amanda puso una mano en el pecho de Lesley y le dio un pequeño empujón. Su voz era firme.

—Es solo que, si la muerte de su marido fuera sospechosa, podría temer por su propia seguridad. —Lesley dio un paso atrás.

—Inspectora Clarke, ¿ha visto las rejas de esta propiedad?

—Las he visto.

—Tenemos cámaras de vigilancia supervisadas por la empresa de seguridad más exclusiva de Europa. Le aseguro que no temo por mi seguridad .

—No puede quedarse aquí encerrada todo el tiempo.

—Repito: no veo que eso sea asunto suyo. —Algo se movió en el rostro de Amanda—. Ahora, márchese, por favor.

Lesley la observó con atención. Tenía la sospecha de que Amanda Frobisher no era alguien que saliera mucho, a pesar de su comentario de que le gustaba el aire libre. ¿Le gustaba estar allí, rodeada de muebles caros y cristal?

¿O era una prisionera en su propia casa?

—Gracias por su tiempo —dijo Lesley—. Le informaremos cuando tengamos más datos sobre el avance de la investigación.

—No lo dudo.