Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 7
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Capítulo 7

CAPÍTULO SIETE

Lesley salió del salón de té y se dirigió hacia la orilla. El bosque se abría ante ella, los árboles se apartaban y el terreno descendía hacia el estanque. No era grande, pero el color resultaba asombroso.

Gail estaba dentro del estanque, llevaba unos vadeadores y el agua le llegaba a media altura de los muslos.

Su colega Gavin la acompañaba. Mike y Stanley observaban desde lejos.

Otro especialista de la científica, aquel cuyo nombre Lesley nunca lograba recordar, trabajaba en la orilla, examinando el suelo.

Lesley llamó a Gail por su nombre. Gail levantó la vista y la saludó con la mano. Le hizo un gesto a Lesley para que diera un rodeo por la izquierda y siguiera el sendero hasta el agua.

Lesley hizo lo que le indicaron. Llevaba botas de montaña, pero no estaba de humor para andar a trompicones por terreno accidentado.

—Gail —dijo al acercarse a la orilla—. Acabo de hablar con tu sobrina.

Gail se incorporó. Estaba junto al cadáver, que se encontraba parcialmente sumergido y boca abajo .

Arthur Kelvin. Lesley sintió que un escalofrío la recorría.

—¿Está bien? —preguntó Gail.

—Es una joven fuerte. Mike, sube y tómale declaración formal, ¿quieres? No sé muy bien por qué Stanley y tú estáis aquí parados como un par de pasmarotes.

—Sin problema, jefa —dijo Mike, que miró de reojo a Stanley y luego caminó hacia ella, buscando el sendero—. Estábamos esperando a...

—Pues no lo hagáis la próxima vez. No necesitáis que ni el sargento ni yo os digamos qué hacer. Tú en particular tienes suficiente experiencia en este tipo de cosas como para empezar sin instrucciones.

—Desde luego. Lo siento. —Se dirigió colina arriba.

—¿Tienes unos para mí? —le gritó Lesley a Gail mientras se aproximaba al borde del agua.

—¿Perdón?

—Vadeadores. Quiero echarle un vistazo. —«Necesito estar segura de que es quien dicen que es».

—Preferiría limitar el número de personas que...

—Gail, soy yo. Sabes que tendré cuidado.

—Claro. —Gail giró el torso, sin mover las piernas en el agua—. Brett, dale a la inspectora tus vadeadores.

—Claro. —Empezó a quitárselos.

Lesley hizo una mueca ante la idea de ponerse un equipo que acababa de envolver a otra persona, pero los aceptó de todos modos. Se los puso por encima de los pantalones y caminó pesadamente hacia el agua.

—Esto es precioso —le dijo a Gail—. ¿Cómo es que no lo conocía?

—¿Perdona? —Gail volvió a incorporarse y la miró.

—He dicho que cómo es que no lo...

—No. Lo otro.

—Es precioso. —Lesley ya estaba junto al cuerpo. Lo miró un instante y luego volvió a mirar a Gail .

—¿Estás poseída o qué? —preguntó Gail con el ceño fruncido.

—Digo yo que puedo apreciar el paisaje.

—Las fosas nasales sí que te funcionan, ¿verdad?

—Funcionan —dijo mirando hacia abajo. La parte posterior de la cabeza del hombre estaba intacta; la ropa oscura, hinchada y llena de agua. Apestaba a putrefacción—. ¿Cuánto tiempo crees que lleva aquí?

—Aquí no. —Gail negó con la cabeza—. Creo que lo trajeron anoche, pero lleva muerto un tiempo.

—¿Sabemos cuándo pasó alguien por aquí por última vez? —preguntó Lesley, asintiendo.

—Eso tendrías que preguntárselo al gerente.

—Lo haré. Stanley, ¿puedes subir y charlar con ese hombre? Averigua quién pasó por aquí el último, antes de la sobrina de Gail y su amigo, y a qué hora. Y que te dé los detalles sobre el acceso al sitio, si se cierra por la noche y demás.

—Sin problema, jefa.

—Bien.

¿Por qué no habían empezado ya con eso Mike y él?, se preguntó. No tener a Dennis cerca parecía paralizarlos.

Últimamente ocurría mucho. Pero ahora tenían un asesinato entre manos. Y nada menos que el de Arthur Kelvin.

—¿Puedes darle la vuelta? —le preguntó a Gail.

—No te crees que sea él.

—¿Quién hizo la identificación?

—Yo.

—¿Mike no ha echado un vistazo? —Lesley enarcó una ceja.

—Estamos intentando no moverlo más de lo estrictamente necesario.

—¿Todavía no hay rastro del patólogo?

—Aún es temprano. —Gail miró hacia arriba—. ¿Cerca de las ocho y media?

—¿Sabes la hora solo con mirar al cielo?

—Qué va. —Gail sonrió—. He mirado el reloj cuando has llegado. Pero te he engañado por un momento.

—Entonces, ¿me vas a dejar verlo o no?

—¿Estás bien? —preguntó Gail mirando fijamente a Lesley.

—Claro. ¿Por qué?

—Le has saltado a la yugular a Mike en cuanto has llegado y ahora estás siendo borde conmigo.

—Necesitaba que se pusiera a trabajar.

—¿Y yo?

—Nosotras también tenemos que ponernos a trabajar —replicó Lesley, rascándose la barbilla.

Gail enarcó una ceja. Olfateó.

—Tenemos que tener cuidado. Hay descomposición.

Lesley asintió. Ya llevaba puestos los guantes forenses, pero no tenía intención de tocar el cuerpo.

—Enséñamelo.

Gail se inclinó sobre el cuerpo y puso las palmas de las manos sobre los hombros, con cuidado de no hincarlas. Llevaba un mono forense bajo los vadeadores. Lesley se dio cuenta de que ella también debería haberse puesto uno.

—Me echaré hacia atrás —dijo—. No llevo mono.

—Gracias.

Lesley retrocedió con torpeza en el agua. Las suelas de sus botas se habían hundido y le costó sacarlas del lodo. Extendió los brazos al moverse, esforzándose por no tocar el cadáver.

—¿Estás segura? —preguntó Gail.

—Hagámoslo rápido.

—Vale. —Gail giró el cuerpo en el agua lo justo para que Lesley le viera la cara. El movimiento liberó una vaharada de putrefacción que le provocó una arcada.

Lesley tragó saliva. El hombre presentaba una descomposición considerable en la mejilla y olía aún peor ahora que lo habían movido.

Tenía la mandíbula cuadrada, el pelo que parecía oscuro en el agua pero estaba encaneciendo, y una complexión robusta que Lesley sabía que en su día había sido delgada.

Tenía el pelo corto, pero el flequillo largo.

En vida, le habría caído sobre los ojos.

Lesley nunca había conocido a Arthur Kelvin en persona. Pero había visto fotos, y su rostro estaba grabado a fuego en su mente.

Asintió y Gail lo devolvió a su posición anterior, con sumo cuidado.

—¿Y bien? —preguntó Gail—. ¿Me crees ahora?

Lesley asintió. Se quedó mirando el cuerpo en el agua.

«¿Quién se decidió por fin a acabar contigo? ¿Y debería darles las gracias o preocuparme por ellos?».

—Es él, sin duda —dijo, pensando en la conversación que ella y Elsa habían tenido esa mañana. Al menos, ya no podría amenazarla más—. Es Arthur Kelvin.