Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 6
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Capítulo 6

CAPÍTULO SEIS

Sadie Dawes aparcó su coche en el aparcamiento de la RSPB, la reserva ornitológica, en Arne.

Solo había tres vehículos allí además del suyo: una furgoneta con el logo de la RSPB, un Ford Focus destartalado y un flamante BMW.

Se jugaría el cuello a que el BMW pertenecía a la persona con la que había quedado.

Cerró la puerta de su coche, con cuidado de no dar un portazo, y se dirigió al sendero que llevaba hacia la orilla.

Allí, en enero, reinaba el silencio; los únicos visitantes eran lugareños que buscaban un lugar tranquilo para pasear o avistadores de aves que esperaban divisar algo inusual.

Como no permitían perros, la reserva estaba felizmente libre de ellos.

glory.behind.fans.

Cambió a Google Maps y arrugó la nariz mientras intentaba averiguar qué senderos la llevarían hasta allí.

Diez minutos después estaba perdida. Ante ella había un montículo coronado de tojo; a su derecha estaba el puerto y, a su izquierda, un bosque. Detrás de ella, esperaba, estaba el aparcamiento. Aunque, a decir verdad, el aparcamiento bien podría haber estado delante y no se habría enterado.

No. El aparcamiento tenía que estar aún a sus espaldas.

El puerto estaba a la derecha, lo que significaba que ella miraba hacia el norte o hacia el oeste.

Conocía Arne lo suficiente como para recordar que las zonas por las que se permitía caminar cubrían un cabo que solo tenía costa al este y al norte.

Sacó el teléfono de nuevo y lo giró en su mano. El punto estaba cerca. ¿En la cima de aquel montículo, tal vez?

Se llevó una mano a los ojos para protegerse del sol y miró hacia arriba. No había nadie. Pero eso no significaba que él no estuviera al otro lado, esperándola.

Suspiró. Todo aquello resultaba muy novelesco, dado su cargo.

Había hablado muchas veces con él en lugares públicos.

Pero esta era la primera vez que él la llamaba, la primera vez que pedía una reunión.

El instinto periodístico de Sadie, y la sospecha de que él estaba relacionado con el viejo asesinato que había estado investigando, hacían que no estuviera dispuesta a dejar pasar la oportunidad.

Incluso si eso significaba pasar la mañana perdida en el bosque, y arruinar sus zapatos favoritos.

Subió penosamente por la colina, escudriñando el horizonte en busca de una figura humana mientras avanzaba.

No había rastro del dueño de la furgoneta de la RSPB ni del Focus destartalado.

El trabajador de la reserva probablemente estaría a cubierto en algún lugar, igual que a Sadie le habría gustado estar.

Y el dueño del Focus podría estar escondido en un observatorio de aves.

Se detuvo y se giró para mirar por donde había venido. Había muchos sitios donde ocultarse. Quienquiera que fuese podría estar observándola, tan escondido de ella como de los pájaros .

«No seas paranoica, Sadie».

Se despabiló y siguió caminando.

—Hola.

Sadie se sobresaltó y, cuando se giró, vio a un hombre detrás de ella. ¿De dónde demonios había salido?

—Pero qué...

Él se puso un dedo en los labios.

—Estamos demasiado expuestos aquí arriba. Sígame.

Se dio la vuelta y volvió a bajar la colina, y Sadie se preguntó por qué la había arrastrado hasta allí en primer lugar. El cabrón estaba decidido a seguir con sus ridículos juegos.

¿O intentaba asustarla?

Sadie hizo un gesto de desdén.

Hacía falta algo más que una búsqueda infructuosa por Arne para asustar a Sadie Dawes.

El hombre la guio de vuelta hacia los árboles y se detuvo ante un banco. Sacó un pañuelo blanco de su bolsillo y sacudió el polvo invisible del asiento. La incongruencia la obligó a reprimir una carcajada.

Se volvió hacia ella.

—Después de usted.

¿En serio? ¿La había hecho venir hasta aquí, se le había acercado sigilosamente y ahora se las daba de caballeroso?

Aun así, Sadie sabía cómo mantener contento a un informante. Haz lo que digan y será más probable que se sinceren contigo.

Aunque este tipo sabía más sobre guardar secretos que la mayoría de sus fuentes.

Se sentó, asegurándose de deslizarse hasta un extremo del banco para evitar cualquier contacto físico. El superintendente Anthony Carpenter era el tipo de hombre que le ponía la piel de gallina.

Con una sonrisa, él se dejó caer en el banco. En lugar de sentarse en el otro extremo, ocupó un lugar a su lado, sin llegar a tocarla, pero a poco más de un pelo de distancia.

«No me vas a intimidar así, colega».

Ella se movió para que sus piernas se tocaran. Mejor romper la tensión que perder tiempo y energía preocupándose por su proximidad.

—¿Por qué me ha traído aquí? —le preguntó—. Está muy apartado.

—Me gusta este lugar. —Olfateó el aire, cerró los ojos y respiró profundamente. Se volvió hacia ella al abrirlos. Eran de un azul penetrante. ¿Cómo no se había fijado antes?—. Me apetecía dar un paseo. Espero que no le importe.

—Llevo meses intentando conseguir una entrevista con usted, ¿y hoy me llama de la nada y exige que venga hasta aquí solo para dar un paseo?

Él sonrió.

—Yo no la llamé. Respondí a uno de sus muchos mensajes.

—Mi último mensaje fue hace un mes. —A decir verdad, se había rendido. Había decidido pasar a otras investigaciones antes de que sus intentos de llegar al fondo de la muerte del inspector Tim Mackie la volvieran loca.

Carpenter se recostó. Su abrigo era caro e inadecuado para el banco. Llevaba guantes de cuero y zapatos lustrados. Los manchaban unas salpicaduras de barro. Sadie se preguntó si los puliría él mismo.

—Bueno, ahora que tengo su atención —dijo ella, sacando una libreta de su bolsillo—, tengo algunas preguntas que me gustaría hacerle.

Él agitó la mano en dirección a la libreta.

—Esto es extraoficial.

—¿En serio? —Sadie reprimió una carcajada—. Usted es un alto mando de la policía y yo trabajo para la sección local de la BBC. Esto no es un aparcamiento en Washington .

—Y me gustaría revisar su teléfono, asegurarme de que no está grabando esto —resopló Carpenter.

Sadie se guardó la libreta, sacó el teléfono y cerró la aplicación What3words.

—Todas las aplicaciones cerradas. ¿Ve?

—Muy bien. —Asintió—. Puede tomar todas las notas que quiera una vez que me haya ido.

—Me parece bien. —Sadie tenía una memoria endiablada.

No necesitaba tomar notas—. Mi primera pregunta es sobre la investigación de la muerte del inspector Mackie.

La reabrió el pasado mayo y nombró al superintendente Phipps de la policía de Hampshire para dirigirla.

Pero un mes después, Phipps volvió a Hampshire y la investigación se cerró. ¿Por qué?

Él miró al frente, hacia el puerto lejano, antes de contestar.

—Hubo una reestructuración en la policía de Hampshire, como estoy seguro de que sabe.

—Recortes presupuestarios.

—Phipps pidió la jubilación anticipada. Ya no estaba disponible para liderar la investigación.

—Eso no significa que no pudieran nombrar a otra persona.

—Señorita Dawes —dijo Carpenter, que se volvió hacia ella—.

Usted conoce tan bien como cualquiera las actuales presiones financieras sobre la policía.

La BBC ha pasado suficiente tiempo atosigándonos por ello.

Hampshire no tenía los recursos para designar un sustituto.

Y se decidió que investigar casos actuales era un mejor uso de los recursos para la policía de Dorset.

—No me lo creo. Tim Mackie era un inspector jubilado. Solo llevaba fuera del cuerpo unas semanas en el momento de su muerte. Si hubieran creído que su muerte era sospechosa, habrían usado todos los recursos posibles para investigarla. Era uno de los suyos.

—Entonces tal vez no creímos que su muerte fuera sospechosa.

—He visto los informes forenses. Conozco el lugar por donde cayó del acantilado en Ballard Down. No pudo haber caído de esa manera. No él solo, al menos. No sin que lo empujaran.

—La muerte del inspector Mackie no fue sospechosa —replicó Carpenter al tiempo que se inclinaba hacia ella.

Sadie tuvo que resistir el impulso de retroceder—.

Le sugiero encarecidamente que se concentre en informar sobre cosas que importen.

¿Qué tal nuestro trabajo para reducir los delitos relacionados con las drogas en todo el condado?

¿O quizá un reportaje sobre un par de ferias escolares?

Se levantó y se alejó a grandes zancadas. Ella lo observó por un momento.

«Cabrón condescendiente».

Sadie se levantó del banco, se sacudió los pantalones y fue tras él. Él había tomado un camino diferente, en dirección al mar. Estaba a punto de doblar una curva y desaparecer de la vista.

No podía perderlo. Esta era una oportunidad única.

—¡Carpenter! —gritó mientras se apresuraba tras él.

Había desaparecido.

Llegó a una bifurcación en el camino. A la derecha, terreno pantanoso, con un sendero que pronto se desvanecía. A la izquierda, una arboleda y una playa poco profunda.

Fue por la izquierda. Rodeó los árboles y se encontró en la playa. La marea estaba alta y apenas había arena suficiente para mantenerse en pie.

«¿Dónde coño estás?».

—¡Carpenter!

Miró a su alrededor, buscando. Había estado con ella hacía unos instantes. No había tenido tiempo de llegar al otro extremo de la playa.

Tenía que estar entre los árboles.

Se giró hacia ellos justo cuando sintió una mano en su brazo. Él estaba frente a ella, con la respiración entrecortada y el rostro enrojecido. La sujetaba con fuerza por el brazo, justo por encima del codo.

Sadie sacudió el brazo. El agarre de él era firme.

—Suélteme. Lo denunciaré.

—No, no lo hará. ¿Le ha dicho a Matt Crippins que se iba a reunir conmigo aquí?

Sostuvo la mirada de Carpenter, obligándose a no revelar la mentira en su rostro.

—Sí.

—Hablé con él hace menos de media hora —dijo Carpenter con una sonrisa—. No ha dicho nada sobre nuestra reunión. —Hincó el pulgar en el brazo de ella—. Y creo que es un tema que habría mencionado, ¿no cree?

—Solo porque sea amigo de mi jefe no significa que pueda amenazarme. —Dio un paso atrás y sintió que el agua se filtraba en su zapato.

Él la miró fijamente un momento. Luego la soltó.

—Tiene razón. Lo siento mucho. Pensaba que estaba a punto de caer al agua, así que la agarré para detenerla. ¿Está bien?

Sadie sintió que se le quedaba la boca abierta. Sabía que Anthony Carpenter era un tipo repugnante por cómo lo miraban sus colegas en las ruedas de prensa, pero esto... esto superaba lo que había imaginado.

—Superintendente Carpenter, ¿qué relación tenía con el inspector Mackie?

—Era un subordinado —contestó mientras daba un paso atrás.

—¿Hizo él algo para... acaso él...?

No lograba ordenar sus pensamientos. Tendría que indagar más antes de enfrentarse a él.

¿Podría hablar con Matt? ¿Podía confiar en él después de lo que Carpenter acababa de decir?

Sí. Carpenter era un mentiroso. No debería creer ni una sola palabra de lo que decía.

Entonces, ¿por qué estaba tan desesperada porque admitiera que había encubierto la muerte del inspector Mackie? Sus palabras no significaban nada.

—Gracias por su tiempo. —Se dio la vuelta, apresurándose por la playa y de vuelta a través de los árboles. A medida que se acercaba al aparcamiento aceleró el paso, hasta que estuvo casi corriendo.

Se metió en el coche y notó el vaho de su aliento. Bajó el parasol y se miró en el espejo. Tenía el pelo desordenado y el rostro pálido. Levantó una mano. Le temblaba.

El BMW seguía allí, al lado de su coche.

Giró la llave en el contacto.

«Lárgate de aquí. Ahora mismo».