Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 4
5%

Capítulo 4

CAPÍTULO CUATRO

—Lo más seguro es que hoy vuelva tarde, amor. Lo siento. —Lesley agarró el abrigo y se dio la vuelta para darle un beso a Elsa.

Elsa sintió que se le hundían los hombros.

—Se supone que íbamos a ver el catering esta noche. Para confirmar el menú.

El rostro de Lesley se ensombreció.

—Ay, mierda. Lo siento. Mira, intentaré volver. Pero si no puedo, ¿te importaría ir sola?

—No. —No es que Elsa tuviera otra cosa que hacer—. Está bien.

Lesley le puso una mano en el brazo.

—De verdad que lo siento. Pero ya sabes cómo es esto cuando hay un caso de asesinato.

Elsa asintió con rigidez.

—Espero que sea sencillo. Que consigáis una identificación pronto.

La mandíbula de Lesley se tensó.

—Te avisaré cuando venga de camino a casa. Y sí, esperemos que este sea fácil .

Se dio la vuelta y cerró la puerta tras de sí. Elsa se quedó en el pasillo unos momentos, escuchando cómo arrancaba el coche de su prometida fuera.

—Lo siento, yo también tengo que irme para coger el autobús. —Sharon estaba detrás de ella.

—Vale. —Elsa se giró hacia la chica y le dio un abrazo.

—Puedo ir contigo a lo del catering si quieres.

—¿En serio?

Sharon asintió con los ojos brillantes.

—Será divertido. Una cena elegante un lunes por la noche.

Elsa se permitió una sonrisa. Sabía que debería estar más feliz, dado que se casaba el sábado. Pero las preocupaciones del negocio la atormentaban.

—Gracias, cielo. Será divertido.

—Sí. —Sharon abrió la puerta y se marchó, dejando a Elsa sola.

El piso estaba en silencio. Elsa caminó arrastrando los pies hacia la cocina y le pidió a Alexa que encendiera la radio. Cualquier cosa con tal de romper el silencio.

Era Radio 1, la elección de Sharon. Elsa cambió a Radio 4 y se dirigió al salón.

Se desplomó en el sofá con cierta pesadez.

Tenía tres clientes. Llevaba diez meses buscando negocio y todo lo que había conseguido eran tres clientes.

Los honorarios que había ganado ni siquiera cubrían los costes de puesta en marcha, y no había contribuido en nada a los gastos del hogar desde que dejó Nevin, Cross y Short.

Lesley no dejaba de decirle que no pasaba nada, pero a ella no le sentaba bien.

Después de todo, este era su piso y se suponía que ella era la que pagaba la hipoteca.

La semana que viene sería también el piso de Lesley.

Habían organizado que el traspaso de la titularidad coincidiera con el primer día laborable después de la boda.

Elsa nunca había compartido sus finanzas con otra persona.

Sabía que era lo correcto, que tenía sentido financiera y legalmente.

Pero había algo en ello que la intimidaba.

Su teléfono estaba en la isla de la cocina, detrás de ella, junto a la taza de café que se estaba enfriando y los cereales que acabarían en la basura.

Se levantó y fue hacia la isla. Dio un trago al café e hizo una mueca. No estaba frío, pero sí tibio.

Encendió la cafetera y cogió el teléfono, revisando ociosamente los correos electrónicos mientras esperaba a que se hiciera el café.

Él no podía hacerle esto. Elsa había renunciado legítimamente y no había habido nada que él pudiera hacer para detenerla. El bufete lo representaba, no ella, y dejó de ser su abogada en cuanto entregó su renuncia. En aquel momento, había dado por hecho que sería el mayor alivio de su vida.

Pero aún la tenía enganchada. La había abordado ya tres veces mientras paseaba por la playa.

Cada vez había habido un matiz de amabilidad con un trasfondo de amenaza.

La mantenía despierta por la noche, imaginando posibilidades.

Había comprado cerraduras adicionales para las puertas y ventanas del piso, y las revisaba cada noche antes de acostarse y cada día antes de salir. Odiaba dejar a Sharon sola allí.

Tenía que hacer algo.

Marcó de memoria. El número no estaba guardado en sus contactos; había sido lo bastante lista como para no hacerlo cuando lo representaba.

—No estoy disponible. No deje mensaje.

—Soy Elsa —dijo ella, ignorando sus instrucciones—. Tenemos que hablar. No voy a permitir que siga amenazando a mis clientes.

Dejó el teléfono sobre la mesa de centro, casi clavándolo en la madera.

¿Había hecho lo correcto? Al usar la palabra «amenazando», ¿se acababa de poner en más peligro?

Elsa tragó saliva y se sirvió una taza de café. Ya estaba hecho. Tenía que detenerlo de alguna manera, o nunca podría descansar tranquila.