Capítulo 3
CAPÍTULO TRES
—Hace un frío de mil demonios aquí —dijo el cabo Mike Legg—. ¿Cuánto tiempo has dicho que tardaría?
Gail estaba acordonando la zona inmediata alrededor del cuerpo con la ayuda de su segundo al mando, Gavin. Su colega Brett estaba de vuelta en la furgoneta, cogiendo suministros. Había un buen trecho a pie hasta allí abajo, pero ella había pasado por cosas peores.
—Está en Bournemouth —respondió el subinspector Stanley Brown—. Así que calculo... —Sacó su teléfono.
—Entre treinta y cuarenta minutos —dijo Gail—. Es lo que tardará en llegar aquí desde el piso de Lesley y Elsa.
Notó que los dos agentes intercambiaban miradas a sus espaldas. Gav le dedicó una sonrisa que ella le devolvió enarcando las cejas.
—Ah. Sí, gracias —dijo Mike.
—Si quieres entrar en calor, échanos una mano con este cordón —le dijo Gail.
—Hecho. —Mike se acercó y le cogió un rollo de cinta—. ¿Tú has llegado primero, entonces ?
—Así es.
Gail alzó la vista hacia el salón de té al otro lado del agua, donde se habían llevado a su sobrina Christina.
Le habría gustado estar allí arriba, consolando a la pobre chica, pero tenía un trabajo que hacer.
Y sabía que el agente Hughes estaba con ella.
Roy era un agente de relaciones familiares con experiencia y cuidaría bien de ella hasta que llegara Lesley.
—¿Hoy no está Dennis? —Lanzó la pregunta al aire mientras colocaba el último tramo de cinta.
El propietario de las tierras había cerrado el recinto, así que no necesitaban crear un cordón más grande, pero ella seguía empeñada en poner uno más pequeño alrededor del cadáver para evitar que los agentes descuidados se acercaran demasiado.
El agente Mullins estaba arriba, en la entrada, impidiendo el paso al público y llevando un registro de cualquiera que entrara o saliera.
—Está de baja otra vez —respondió Mike.
—Últimamente lo ha estado a menudo —replicó Gail.
—Ya.
—¿Hay algo por lo que deba preocuparme?
—Ni idea. Simplemente llama a la jefa, y ella no nos dice qué pasa.
—¿No habéis ido a verlo?
—A ver, hablamos del sargento. Preferiría que lo detuvieran antes que tenernos a todos plantados en su puerta.
Gail arrugó la nariz. Vio a Brett bajar por la colina cargado con dos maletines de transporte. Sabía que tendría que internarse en el bosque y bordear el agua antes de llegar a su posición. Todo aquello iba a llevar mucho tiempo.
El cuerpo seguía donde Christina lo había visto en el agua.
Gail sabía perfectamente que no debía moverlo antes de que llegara el patólogo.
Y con el cuerpo flotando en el agua, iba a ser imposible montar una carpa.
Solo esperaba que Brett hubiera traído vadeadores como parte del equipo.
Y que el patólogo llegara pronto para que pudieran sacar el cadáver del agua.
Al menos hacía frío. Puede que sintiera como si se le fueran a caer los dedos, pero el frío ayudaba a conservar el cuerpo.
Por fin llegó Brett. Dejó los dos maletines en el suelo, a cierta distancia del agua, y se estiró con los puños apoyados en las lumbares.
—Esto va a ser divertido —anunció—. ¿Seguro que no hay forma de traer la furgoneta hasta aquí?
—Parece que no —respondió Gail—. Hablé con el dueño cuando llegué, pero dijo que el único camino era el que has tomado tú.
—Genial. —Soltó un resoplido—. He traído vadeadores para los tres. Se me ocurrió que tendría sentido empezar a buscar en las zonas poco profundas cuanto antes.
—Buena idea. —Gail avanzó con esfuerzo por la pendiente hacia él y agarró un par de vadeadores.
Unos minutos después, estaba equipada y metida en el agua hasta los muslos.
Los vadeadores eran de látex grueso y ayudaban a mantener el frío a raya hasta cierto punto, pero aun así sentía como si se estuviera dando un chapuzón en el Ártico.
—Está observando —murmuró Gav, de pie a sus espaldas.
—¿Quién? —preguntó Gail sin levantar la vista.
—El gerente.
—Que mire. —Gail asintió—. Me ha parecido un tipo sensato. No vendrá dando pisotones por aquí.
—No estará muy contento por la pérdida de clientes.
Gail se giró hacia Gav.
—Creo que tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos, ¿no crees? —Señaló el cuerpo—. ¿Sabes quién es este?
—Arthur Kelvin —respondió Gav con una mueca.
—Exacto. —Gail le había dado la vuelta al hombre brevemente para mirarle la cara y se había quedado de piedra al reconocerlo—. Haya muerto como haya muerto, va a haber consecuencias. Y no serán buenas.