Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 2
2%

Capítulo 2

CAPÍTULO DOS

—Hola, cariño —dijo Lesley, inclinándose sobre el hombro de Elsa para darle un beso en la mejilla. Elsa estaba en la mesa de la cocina, con el teléfono en una mano y una cuchara de cereales goteando sobre el cuenco en la otra.

—Hola —respondió Elsa con tono distraído.

—¿Estás bien? —Lesley fue hacia la cafetera y se sirvió una taza. Una de las cosas que le encantaba de Elsa era su capacidad para preparar un café fantástico antes de que Lesley lograra siquiera abrir los ojos.

—Bien.

—No lo parece.

Elsa dejó caer el teléfono sobre la mesa. Se metió la cuchara en la boca e hizo una mueca. Apartó el cuenco.

—Blandos.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí sentada, para que los cereales se hayan vuelto papilla?

—Quince minutos —respondió Elsa mirando el reloj—. Quizá más.

—Todo el tiempo que he estado en la ducha.

—Más o menos .

Lesley dejó el café sobre la mesa y se sentó frente a la mujer a la que todavía se refería como su novia, a pesar de que sería mucho más que eso en apenas cinco días.

—Habla conmigo, Elsa. Cuéntame qué pasa.

Elsa suspiró. Miró su teléfono y luego lo puso boca abajo entre las dos.

—Otro correo electrónico.

—¿De un posible cliente?

Ella asintió.

—Lo siento, amor. —Lesley tomó la mano de Elsa. Estaba inerte.

—No es culpa tuya. —Elsa sorbió por la nariz.

—Habrá más clientes, estoy segura. Eres una abogada excelente, ellos...

—Es el duodécimo.

—¿Lo mismo de siempre? —preguntó Lesley al tiempo que se reclinaba en la silla.

—Llaman o envían un correo diciendo que necesitan representación, tenemos la charla inicial y, a los pocos días, me dicen que han encontrado a otra persona. —Elsa frunció los labios.

—¿El duodécimo?

—El duodécimo. —Asintió despacio.

—No sé qué decir. —Lesley intentó no mostrar su preocupación cuando Elsa hablaba de su incipiente negocio, que apenas estaba despegando. Sabía que, antes de unirse a Nevin, Cross y Short en Bournemouth, Elsa había sido una abogada de éxito en Londres, y no quería que volviera allí.

La puerta de la cocina se abrió: era Sharon, la hija de Lesley.

—Buenos días. —Sharon se detuvo en el umbral—. Ay, ¿habéis discutido? Entrar en pánico antes de la boda es normal, ¿sabéis?

—Nada de pánico —respondió Elsa con una risa seca y se volvió hacia Sharon—. Quiero a tu madre y tengo toda la intención de casarme con ella el sábado.

—Menos mal. —Sharon se llevó la mano a la frente en un gesto exagerado de alivio—. Porque no os creeríais cuánto trabajo costó convencer a los Goldjars para que tocaran en el convite.

Elsa palmeó el banco junto a ella y, cuando Sharon se sentó, le pasó un brazo por los hombros.

—Lo sé, cielo. Y lo agradecemos. ¿Verdad, Lesley?

—Claro que sí. —Lesley sonrió a su hija.

Le encantaba que Sharon se hubiera volcado en los preparativos de su boda con Elsa.

Ella misma habría preferido algo tranquilo en el registro civil, con el número mínimo de testigos y una visita al pub después.

Pero Sharon quería hacer algo especial, y no iba a negárselo.

—Vale. —Sharon se levantó—. Tengo que ducharme. No vayáis a hacer ninguna tontería como cancelar la boda mientras no estoy.

—Jamás lo haríamos. —Lesley agarró la mano de Elsa y la apretó. Miró a los ojos a su prometida. La conversación que Sharon había interrumpido no había terminado.

Sharon les dedicó una sonrisa a cada una y salió apresuradamente de la cocina. Lesley sintió que se le relajaban los músculos.

—Bueno —dijo, observando a Elsa—, ¿quieres hablar de ello?

—No veo de qué hay que hablar. Mi nuevo bufete es un fracaso antes siquiera de empezar. Supongo que podría conseguir un trabajo en la fiscalía...

—Ni se te ocurra pensarlo. Ser abogada defensora lo llevas en la sangre. Odiarías ser fiscal.

—Tienes razón —dijo Elsa, mientras removía la cuchara en los cereales—. Pero no podemos seguir viviendo las tres de tu sueldo de policía .

—Terry me pasará la pensión en cuanto la Agencia de Manutención Infantil le apriete las tuercas, y ya sabes que mi sueldo de inspectora es generoso. Estaremos bien. —Lesley vaciló—. Pero en realidad no es por el dinero, ¿a que no?

—No.

—Elsa, por favor, habla conmigo. Estoy preocupada por ti. ¿Tiene que ver con para quién trabajabas en tu antiguo bufete el hecho de que estés perdiendo clientes?

—¿Te refieres a Arthur Kelvin? No te andes con rodeos.

—Arthur Kelvin. ¿Podría estar ahuyentando a la gente?

—Es lo único que se me ocurre —dijo Elsa tras inspirar profundamente—. Ahora que he dejado el bufete que lo representa, no quiere que represente a nadie más.

—¿Está intentando obligarte a volver a trabajar con Aurelia?

—Eso no pasará jamás. Antes me busco trabajo en Londres.

—¿En Londres? —Lesley sintió un escalofrío.

—No te preocupes, no pienso que nos mudemos allí —dijo mirándola a los ojos—. Viajaría a diario.

—Pero son dos horas de tren.

—No sería todos los días. He estado hablando con un par de viejos amigos. Puedo combinar el trabajo presencial con el remoto.

Lesley sabía que no funcionaría así, no para una abogada penalista. Si Elsa trabajaba para clientes en Londres, necesitaba estar disponible para ellos en Londres, a menudo con muy poco margen de tiempo.

Pero estaban asentadas en Dorset. Lesley había echado raíces. Había formado un equipo en el que podía confiar. Y Sharon estaba disfrutando del bachillerato aquí.

—Encontraremos la forma de que tu bufete funcione, amor —dijo.

—No estoy tan segura.

—Solo son doce clientes potenciales.

—Doce de quince posibles. Solo tengo tres clientes ahora mismo. Eso no es suficiente para mantener un bufete.

—Ya crecerá.

Elsa seguía mirando fijamente los cereales. No miraba a Lesley a los ojos.

—Elsa —dijo Lesley—. ¿Hay algo que no me estés contando?

La cuchara de Elsa dejó de moverse. No dijo nada.

—¿Elsa? Por favor. Puedes decírmelo.

—Si te cuento esto —dijo Elsa, que levantó la vista—, prométeme que lo escucharás como mi prometida y no como inspectora.

—Lo prometo —respondió Lesley tragando saliva.

—¿Estás segura?

—Sí. —Lesley no estaba segura de si decía la verdad. Dependía de lo que Elsa estuviera a punto de decir.

—Vale. —Elsa hizo una pausa. Apartó el cuenco—. Me ha estado amenazando.

—Kelvin.

La mirada de Elsa se alzó hacia el rostro de Lesley y luego volvió a la mesa.

—Sí.

—¿De qué manera? ¿Por qué no lo has denunciado?

—Sabía que harías esto —protestó Elsa, que echó la silla hacia atrás y miró a Lesley.

—¿Hacer qué?

—Has activado inmediatamente el modo poli. Quieres que vaya a la policía para ayudarte a detener a Kelvin.

—No me refería a eso. Pero si lo denunciaras, él no...

—No funciona así y lo sabes. Ese hombre es precavido. Nada de lo que me ha dicho podría usarse como prueba concreta. Todo son conjeturas e indirectas. Él sabe lo que me está diciendo y yo sé lo que quiere decir.

—¿Te ha amenazado con violencia física ?

—Claro que no. No abiertamente, al menos.

—Pero lo ha insinuado.

—Sí.

Lesley se inclinó sobre la mesa y puso una mano en el brazo de Elsa. Notó que se tensaba.

—Elsa, eres abogada penalista. Eres parte del sistema. Seguro que ves que denunciarlo...

Elsa se puso en pie de golpe, y el cuenco de cereales cayó al suelo.

—No, Lesley. No voy a ser yo quien ponga mi vida en riesgo para que tú puedas pescar al pez más gordo del lugar.

—Eso no es lo que... —El teléfono de Lesley sonó—. Mierda. Lo siento. —Lo ignoró.

—Contesta. Podría ser del trabajo.

—No me importa si es del trabajo. Estoy preocupada por ti.

Elsa permanecía de pie frente a ella. Tenía los puños apretados y el rostro pálido.

Lesley se levantó. No alargó la mano. No quería sentir que Elsa la apartaba de nuevo.

—Es que... me preocupas. No se debe jugar con Arthur Kelvin. Si ha decidido que no te quiere cerca...

—Si me quisiera muerta, Lesley, lo habría hecho hace meses.

Lesley intentó tragarse el nudo que tenía en la garganta. Su teléfono sonó de nuevo.

«Vete a la mierda», pensó y apagó el teléfono.

—Estaré bien, amor. —El cuerpo de Elsa se había relajado. Tenía la mano sobre la mesa y la espalda menos rígida.

Sonó otro teléfono: el de Elsa, sobre la mesa. Ella lo alcanzó y le dio la vuelta.

—¿Por qué me llama tu oficina?

—Quizá uno de tus clientes... —Lesley siguió la mirada de Elsa.

—Lo cogeré yo.

Lesley asintió. Si se trataba de trabajo para Elsa, eso era lo primero.

Elsa cogió el teléfono. Mantuvo la mirada fija en Lesley mientras respondía a la llamada. Frunció el ceño.

—¿Subinspector Brown?

Lesley observó el rostro de su novia. ¿Por qué iba Stanley a llamar a Elsa? Si necesitaban a un abogado, la llamada procedía del agente de custodia.

—Es para ti. —Elsa le tendió el teléfono.

—¿Stanley? ¿Pasa algo?

—Lo siento, jefa. He estado intentando localizarte en el móvil. Espero que no te importe, pero se me ocurrió que este número...

—Dime de una vez qué es tan urgente.

—Ha aparecido un cadáver, jefa. En el Estanque Azul.

—¿Un cadáver?

Lesley vio cómo los ojos de Elsa se abrían de par en par.

—¿Cuándo? —le preguntó.

—Hace poco menos de una hora. El testigo es una estudiante. Es la sobrina de Gail Hansford. Llamó a Gail porque sabía que sería más rápido que el 999.

—Chica sensata. Estaré allí enseguida. —Lesley le dedicó a Elsa una mirada de disculpa. Elsa respondió con un asentimiento. Si había algo que funcionaba entre ellas era que ambas comprendían que todo se detenía cuando había un delito grave.

—¿Y... jefa? —continuó Stanley, con voz vacilante.

—¿Sí?

—Creemos que tenemos una identificación.

—Bien. ¿Alguien conocido?

—Se podría decir que sí.

—¿Quién, entonces?

—Es él, jefa. Es Arthur Kelvin.