Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7)
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Capítulo 1
CAPÍTULO UNO
Christina sonrió cuando Nick le balanceó la mano al ritmo de sus pasos, como un péndulo.
Aquel día hacía fresco y se había olvidado los guantes, pero intentaba no pensar en ello mientras notaba los dedos de él envolviendo los suyos.
No era solo la primera vez que salían a caminar juntos; era la primera vez que lo traía a casa, a Dorset.
Él aflojó el paso, obligándola a hacer lo mismo, y frunció el ceño.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—¿El qué?
—Ese canto de pájaro. Estoy tratando de identificarlo.
—Ni idea —dijo Christina, encogiéndose de hombros—. ¿Tú entiendes de cantos de pájaros?
Nick le balanceó la mano y echó a andar de nuevo. Christina aceleró también, ansiosa por mantener el ritmo. Caminar deprisa era lo único que le daba calor.
—No sé mucho —respondió Nick—. Pero pensaba que tú sí. Como vives por aquí y eso.
—Vivía.
—Estás aquí ahora, ¿no ?
—Solo para las vacaciones. Vuelvo dentro de un par de semanas. Los dos lo haremos.
Él resopló. Christina sabía que Nick solía viajar de un lado a otro en vacaciones para evitar volver a casa de sus padres, en Edimburgo. Había elegido Bristol para la universidad, lo más lejos de ellos que pudo encontrar.
—Tengo ganas de volver —dijo ella, apretándole el brazo—. Esto es un aburrimiento.
—Es precioso.
Se estremeció. ¿Cómo podía Nick pensar que este lugar en Dorset era precioso?
Se había pasado toda la vida desesperada por escapar.
Por vivir en un sitio donde se pudieran comprar vapeadores un domingo por la mañana o pedir un curri después de las nueve de la noche un viernes.
Por vivir en un lugar donde tus vecinos no estuvieran al tanto de todos tus asuntos.
—No es tan precioso cuando tienes que vivir aquí.
Doblaron un recodo del sendero y la vista del estanque se abrió ante ellos.
El Estanque Azul era uno de los pocos lugares de la zona que le gustaban.
Era distinto de los paisajes del resto de la isla de Purbeck.
En lugar de varias millas de tojo y vistas abiertas hacia la costa, había coníferas por todos lados y una sensación de recogimiento.
Las agujas de pino en el suelo amortiguaban los sonidos y le recordaban al silencio que sigue a una nevada.
Ahí podía olvidar que estaba a solo dos millas del hogar donde había nacido y crecido.
La casa en la que su hermana, aburrida de muerte, se quedaría toda la vida si por ella fuera.
Estaban en el sendero de arriba, en el lado del estanque opuesto al salón de té.
La vista del agua hizo que Nick se detuviera en seco, tal como ella sabía que ocurriría.
Se permitió parar junto a él y mirar hacia abajo.
Hoy el agua tenía un tono azul medio, no el turquesa brillante que alcanzaba en los días soleados .
—¿Qué es eso? —Señaló hacia el agua.
—¿El qué?
—Hay algo en el estanque.
—No es más que un tronco o algo así, ¿no? —Nick parecía no darle importancia.
Pero Christina había estado allí las veces suficientes como para saber que lo que veía no era un tronco. Tenía una forma demasiado irregular. Era demasiado grueso.
Le soltó la mano y tomó el sendero lateral que bajaba en pendiente hacia el agua.
—¿Se puede ir por ahí? —le gritó Nick desde atrás.
—Sí, no pasa nada. —No se volvió para mirarlo; estaba demasiado concentrada en no perder el equilibrio—. He venido aquí mil veces.
Oyó cómo él daba trompicones a su espalda, seguidos de algún que otro «ay». Sonrió. Nick no tardaría en descubrir que no todo era perfecto en el campo.
Al llegar abajo, Christina se detuvo para recuperar el aliento. Se giró y vio a Nick a mitad de la pendiente, agitando los brazos, mientras sus zapatos de ciudad resbalaban sobre las agujas de pino.
«No te caigas», pensó. Si se hacía daño, pasarían horas antes de que cualquier ayuda llegara hasta allí.
—Ponte derecho —le dijo—. Actúa como si no creyeras que estás a punto de caerte.
—Pero es que lo creo —dijo él. Alzó la vista, se tambaleó y alargó el brazo para agarrarse a una rama.
Ella negó con la cabeza. En Bristol, Nick parecía sofisticado. Un chico mayor, de ciudad, seguro de sí mismo y experto.
Pero aquí... aquí parecía, de algún modo, más pequeño.
Sintió que se le encogía el corazón. ¿Iba a tener que dejarlo ya? ¿O debía esperar a que volvieran a la universidad, con la esperanza de que allí recuperara su encanto?
Por fin llegó él al pie de la colina. Corrió hacia ella, impulsado más por la inercia que por la voluntad. Chocó contra ella y le echó los brazos alrededor para sujetarse.
—¡Ay!
—Perdona. —Nick tenía un puño cerrado en la tela del impermeable de ella. Él no llevaba uno, sino el mismo abrigo de lana que tan moderno parecía en Bristol. Aquí resultaba ridículo.
—Vamos —dijo ella—. Quiero ver qué es eso.
—¿Estás segura? Quizá deberíamos llamar a alguien. Esa mujer del salón de té parecía saber lo que se hacía.
—No pasará nada. —Christina le frunció el ceño, se dio la vuelta y se dirigió al agua, cerca de donde había visto la forma.
Al salir del bosque y tener una vista despejada del estanque, sintió que se le cortaba la respiración.
Se detuvo en seco.
Nick, en cambio, siguió caminando a grandes pasos, como si fuera el amo del paisaje y no un joven que acababa de estar a punto de rodar por una cuesta de nada.
—Nick. —Christina notó cómo le temblaba la voz.
—Vamos —respondió él—. Querías mirar. —Tenía la vista clavada en el suelo del bosque, sin aflojar el paso.
—Para —le dijo ella. Avanzó unos pasos, obligándose a mirar el objeto.
—¿Estás bien? —Nick se volvió hacia ella y ladeó la cabeza—. Te has quedado pálida.
—Míralo —le dijo ella—. ¿Es que ni siquiera lo has mirado?
—Claro que lo he... —se giró—. Ay.
—Ay, exacto.
Ahora podía olerlo. Era como... como nada que hubiera olido en su vida.
Como alcantarillas atascadas mezcladas con el olor de las ratas muertas que su gata Holly dejaba en el cobertizo al fondo del jardín de la casa de sus padres.
Como la planta procesadora de carne en la carretera de Bath mezclada con aquella vez que su hermana vomitó sobre todo el edredón de Christina tras emborracharse, hacía dos navidades.
—No te acerques más —le dijo a Nick.
—No pensaba hacerlo.
Ella dio un paso atrás. El olor era agudo, como una cuchilla cortándole las fosas nasales. Estaba segura de que nunca se le iría.
—¿Qué hacemos? —preguntó Nick. Él también había retrocedido unos pasos, pero seguía mirando fijamente.
Christina tragó saliva. Se permitió una última mirada a la forma que flotaba en la orilla del Estanque Azul.
Un cuerpo. Boca abajo en el agua, y no... no exactamente con la forma que ella esperaba de un cadáver. Pero era un cuerpo, de eso no había duda.
—¿Quizá esté vivo? —sugirió Nick.
—Puede que ni siquiera sea un «él» —le dijo ella—. Y ese olor... Quienquiera que sea, no está vivo.
—No. —Nick se volvió hacia ella y Christina vio el miedo en sus ojos. ¿Esperaba que ellos fueran los siguientes? ¿Creía que un asesino estaba a punto de salir de entre los arbustos para empujarlos al agua?
Pero no, parecía que el cuerpo llevaba allí días. No había ninguna posibilidad de que ellos fueran los siguientes.
—Llamaremos a mi tía —dijo, y tragó saliva—. Ella sabrá qué hacer.
—¿A tu tía? ¿No al 999?
—A Gail —asintió Christina—. Trabaja con la policía. No es una emergencia, ¿no? Además, ya sabes cómo está el 999 últimamente.
—Vale. —Él caminó hacia ella y le puso una mano en el hombro. Tenía el rostro lleno de una compasión que ella no estaba segura de querer recibir—. Llamemos a tu tía.