Capítulo 100
CAPÍTULO CIEN
A Christian le dolía hasta el último hueso del cuerpo.
Yacía inmóvil y apretaba los ojos con fuerza. Le dio un repaso mental a su cuerpo. Le dolía todo, los músculos le ardían. Pero no había un único epicentro agudo. Sabía lo que se sentía al recibir un disparo, y no era eso.
Su mente regresó al momento en que Kelvin había salido de la habitación.
¿Qué tenían los otros dos en los bolsillos?
Martillos, recordó. Martillos.
Volvió a repasar su cuerpo, todavía con los ojos cerrados. Un martillazo no sería exactamente como un disparo, pero no andaría muy lejos. Sabría si le hubieran golpeado con uno.
Pero no encontró nada. Ningún punto de dolor concreto. Ninguna parte que le doliera más que el resto del cuerpo.
Mantuvo los ojos cerrados, no quería que supieran que había vuelto en sí.
Lo estarían vigilando, al menos uno de ellos, sentado en un rincón, echándole un ojo. Sabía cómo trabajaban esos hombres.
Sintió algo en el muslo, una punzada. Frunció el ceño.
Joder.
Había un punto por encima de la rodilla donde el dolor sí era peor que en otros sitios.
Le habían golpeado ahí, ¿verdad? Tendría la rodilla destrozada.
Pero no pasaba nada. Seguía vivo. Si eso era todo lo que le habían hecho, es que querían que viviera.
No tenía sentido. Había visto la cara de Kelvin y la de Leonard.
Todos sabían lo que había pasado hacía diez años, y sabían que tanto Asuntos Internos como el equipo de delitos graves le estaban pisando los talones.
Estaba seguro de que no iba a escapar con vida.
En cuanto abriera los ojos, estaría acabado.
Le picaba debajo del ojo izquierdo. Quería rascarlo, pero no iba a dejar que vieran que estaba despierto.
Mantuvo los ojos cerrados, los párpados apretados.
—Christian —dijo una voz.
¿Una mujer?
¿Sunika?
No. Rompió con Sunika hacía diez años.
Pero ¿y si Kelvin la había encontrado? ¿Y si la estaba amenazando?
Era absurdo. Sunika lo había dejado. Ahora tenía otro marido y dos hijos.
Pero era una buena mujer. Lo había dejado por culpa de sus turnos. Había pasado un tiempo prudencial antes de que empezara a salir con Hugh. O, al menos, eso era lo que le habían dicho sus amigos.
Si le decían a Sunika que él estaba en peligro, ella habría hecho cualquier cosa que le pidieran.
Abrió los ojos.
—¿Sunika?
Una mujer estaba de pie junto a él, con el rostro enmarcado por una luz brillante.
Parpadeó.
La mujer era rubia y alta. No era Sunika.
—¿Quién...? —tartamudeó, con un hilo de voz.
La mujer le sonrió.
—Soy la inspectora Lesley Clarke. Asuntos Internos vendrá a interrogarlo muy pronto. Pero tengo algunas preguntas que hacerle. No tenemos mucho tiempo.