Los crímenes de la playa de fósiles (Inspectora Lesley Clarke 6) Capítulo 93
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Capítulo 93

CAPÍTULO NOVENTA Y TRES

Christian Davison se giró al oír movimiento al otro lado de la puerta.

Recorrió la habitación con la mirada, buscando de nuevo una posible arma. Pero sabía que no había nada.

Estaba claro que habían dejado el lugar vacío. Era un agente de policía en activo, un experto en armas de fuego. Sabían que lo primero que haría al recuperar la conciencia ahí sería buscar un arma.

Ni siquiera llevaba nada encima. Vestía los pantalones de chándal y la camiseta que se había puesto al llegar a casa la noche anterior.

¿Había sido la noche anterior o hacía más tiempo?

Quizá llevaba ahí un par de días, inconsciente la mitad del tiempo.

La puerta se abrió con un traqueteo.

Christian se puso de pie, con los músculos tensos y los sentidos en alerta.

Entró un hombre con una sonrisa socarrona en el rostro y Christian sintió que el corazón le daba un vuelco.

Una vez más, el hombre le dejaba ver la cara. Y eso solo significaba una cosa.

—Usted —dijo—. ¿Qué quiere de mí?

El hombre se rio.

—Habría pensado que era bastante evidente, ¿no crees?

Christian retrocedió y se detuvo antes de llegar a la pared. Sus ojos recorrieron el cuerpo del hombre, buscando bultos en sus bolsillos.

El hombre era delgado, de pelo oscuro y con una fina barba de varios días. Llevaba una chaqueta de cuero que parecía cara y unos vaqueros rotos, no el traje con el que había ido a casa de Christian.

No había rastro de nada lo suficientemente grande como para causar mucho daño. Pero podría haber más hombres al otro lado de la puerta.

—Ilústreme —dijo Christian, intentando sonar tranquilo.

El hombre se frotó la barbilla.

—Eres el principal sospechoso en una investigación por asesinato. Encontraron tu pistola en los acantilados de Lyme Regis, donde enterraron a Fogarty y Lawson.

—Lo sé.

—¿Sabías también que dos departamentos de la policía de Dorset han venido a verte en las últimas veinticuatro horas?

Christian se encogió de hombros.

El hombre sonrió.

—El equipo de investigación de delitos graves y el de Asuntos Internos. Joder, qué chico tan popular, ¿no?

Christian se clavó las uñas en el muslo.

—Sí —mintió. Pero la verdad era que no tenía ni idea de que Asuntos Internos le siguiera la pista.

—Me ha dejado en paz durante los últimos diez años —dijo—. ¿Por qué ha venido a por mí ahora?

—Joder, para ser poli no eres muy listo, ¿verdad?

—Ilústreme —repitió. Cualquier cosa para alargar esto, para darse tiempo a planear qué haría cuando Kelvin y sus matones finalmente le dieran una paliza.

¿O era mejor acabar de una vez?

—Vale. —El hombre dio un paso hacia él—. Esa pistola tuya... No queremos que le digas a nadie quién la usó.

—No sé quién la usó.

—No digas gilipolleces.

La puerta se abrió y entró otro hombre.

«Mierda». Christian lo reconoció al instante.

—Christian —dijo. Su voz era grave, áspera.

—Stephen Leonard.

Leonard sonrió.

—Me alegro de que te acuerdes de mí después de tanto tiempo. He oído que nos has estado dando problemas.

Christian negó con la cabeza.

—Asumiré la culpa.

—Pero eso no es lo que recuerdas, ¿verdad? —dijo el primer hombre.

—Todo lo que sé es que se la entregué al señor Leonard. Tal como prometí.

—Estabas allí. Sabes de sobra lo que pasó.

—Estaba en la parte de atrás de una furgoneta. No vi nada.

Leonard avanzó dos pasos. Christian se estremeció.

—Eres poli, Christian. No me digas que no recuerdas las voces.

Christian negó con la cabeza.

—En fin. Asuntos Internos, Delitos Graves, a mí me da igual —dijo el primer hombre—. No voy a permitir que te vayas de la lengua con ninguno de los dos.

—No hay problema. —Christian le sostuvo la mirada—. Les diré que fui yo. Yo disparé.

—No, no lo harás. Te cubrirás las espaldas como hacéis todos vosotros. Mierdas, que sois unos mierdas.

—No lo haré. Era mi pistola. Después de diez años no sabrán que no tenía residuos de pólvora en la piel. No tienen motivos para no creerme.

—¿Y por qué harías eso?

Christian sintió una gota de sudor resbalar por la nuca.

—Porque quiero asumir la responsabilidad de mis actos.

Ni de coña iba a decirles la verdadera razón: porque no quiero que me matéis.

El hombre se rio.

—¡El hijo pródigo! —Se dio la vuelta y puso una mano en la puerta. Leonard lo siguió—. No te creo.

La puerta se abrió. Los dos hombres salieron y entraron otros dos.

Llevaban trajes forenses. ¿De dónde los habían sacado?

—Por favor —dijo Christian—. Por favor.

Sintió que se le aflojaban los intestinos. «Contrólate».

—Déjenme marchar. Asumiré la culpa.

Los hombres no dijeron nada. Kelvin se había ido, la puerta estaba cerrada. Era inútil.

Christian levantó las manos frente a él.

Ya está. Llevaba diez años esperando este momento.

—¡Por favor! —gritó, con la voz temblorosa—. ¡Les diré que yo les disparé! ¡Lo haré!

Uno de los hombres metió la mano en un bolsillo interior y sacó un martillo. Christian sintió que se le licuaban las entrañas.

Retrocedió contra la pared y se deslizó hasta el suelo, tratando de no gemir.

Uno de los hombres miró al otro. Hizo un gesto con la mano, un movimiento de torsión.

Christian sintió que se le cortaba la respiración.

Gritó mientras los dos hombres se abalanzaban sobre él.