Capítulo 89
CAPÍTULO OCHENTA Y NUEVE
Tina aparcó el coche lo más cerca que pudo de la entrada de la comisaría y se lanzó hacia el edificio.
Subió las escaleras corriendo, maldiciéndose en voz baja.
No tenía ni idea del lío en el que estaría cuando volviera la jefa, pero sabía que tendría que redimirse.
Tenía que ver ese vídeo de vigilancia e identificar a las personas que salían en él.
Irrumpió en la sala del equipo y se detuvo un momento al darse cuenta de lo silenciosa que estaba. La habitación estaba a oscuras, con todos los ordenadores apagados.
«Cálmate», se dijo a sí misma. ¿Iba a asustarse por una habitación vacía?
Encendió las luces y se dejó caer en la silla antes de encender el ordenador. Tenía un correo electrónico de la jefa con dos vídeos de vigilancia adjuntos. Uno era de la casa de Davison; el otro, de un vecino.
Inició HOLMES y abrió el vídeo del vecino. Lo vio al doble de velocidad, con los ojos entrecerrados y la respiración agitada.
Necesitaba recomponerse. Si entraba en pánico por estar en problemas, no haría bien su trabajo. Se pellizcó la piel del dorso de la mano, intentando concentrarse en el presente.
—Esto es lo tuyo, Tina —se dijo—. Analizar datos.
Comparar fuentes de pruebas era lo que se le daba bien. No ir de un lado a otro del condado recorriendo escenas del crimen y siguiendo operaciones antiguas. Había sido una soberana estupidez, pero se había sentido tan inútil sentada allí sin hacer nada.
Pausó el vídeo. Hubo un momento en que uno de los hombres de atrás se había levantado el casco.
Entrecerró los ojos, rebobinó y redujo la velocidad.
El primer hombre, Darren Kelvin, estaba delante, vestido con un traje.
El sobrino de Arthur Kelvin. Hasta Tina lo reconocía.
Pero el otro, el hombre que iba detrás... Tina achicó los ojos, observando cómo se levantaba el casco y se rascaba la cabeza.
Tenía el pelo rubio y desaliñado, y un tatuaje detrás de la oreja. Tina no lo reconoció, pero era la mejor imagen que iba a conseguir.
La respiración se le iba normalizando. Tenía la cabeza de nuevo en el caso y no en su carrera. Eso era bueno.
Tina fue al expediente de Arthur Kelvin. Necesitaba los datos de sus empleados, de todos a los que habían interrogado alguna vez, de cualquiera que hubiera sido sospechoso de un delito. Empezaría por los peces gordos.
Fue revisando la lista, comparando las fotos con el fotograma del vídeo.
Dio un puñetazo en la mesa.
—Te pillé, cabrón.
Cogió el teléfono. La inspectora respondió a los dos tonos.
—Jefa —dijo—, uno de los otros hombres del vídeo de vigilancia... tengo una coincidencia.
—No pasa nada —respondió la inspectora—. Ya sabemos quién es.
—¿Qué? —replicó Tina.
—Mike lleva en HOLMES quince minutos. Está en la base de los agentes autorizados y le han dado acceso.
—¿Y le pediste que mirara el vídeo también?
—Sí —dijo la inspectora—. Lo siento, Tina. No podía esperar. La vida de Davison está en...
—Lo entiendo —dijo Tina—. ¿Así que ya sabe que es Stephen Leonard?
—Sí.
—Estuvo bajo sospecha el año pasado, en el caso de Harry Nevin.
—No pasa nada —dijo la jefa—. Cálmate, Tina, no estás en ningún lío.
—Lo siento, jefa —dijo Tina.
—Te encanta decir eso, ¿verdad? Deberías centrarte más en hacer tu trabajo y menos en disculparte.
—Lo siento, jefa.
—Ya estamos otra vez. Si vuelves a decir «lo siento», entonces sí que te echaré una bronca.
—Lo... —Tina se contuvo—. De acuerdo, jefa. Entendido. ¿Cuál es la situación?
—Mike y Stanley están rastreando todas las propiedades conocidas de Leonard.
Te sugiero que hagas lo mismo —le dijo Lesley—.
Cuantas más personas haya trabajando en esto, más rápido averiguaremos dónde está Davison.
Mantenme informada a mí o a Dennis y enviaremos a los agentes uniformados a visitar todas las direcciones.
—Sin problema, jefa. —Tina colgó el teléfono.
Se quedó mirándolo un momento. Así que Mike se le había adelantado con una prueba crucial. La jefa los había enfrentado el uno al otro.
Mike, precisamente él. ¿Cómo había podido ser tan estúpida?