Los crímenes de la playa de fósiles (Inspectora Lesley Clarke 6) Capítulo 81
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Capítulo 81

CAPÍTULO OCHENTA Y UNO

La unidad de agentes autorizados a la que pertenecía Christian Davison tenía sus dependencias en un bajo edificio de ladrillo en Poole.

Mike aparcó y salió estirándose la espalda.

—¿Estás bien? —preguntó Stanley.

—Sí. Me dio un tirón en la espalda el otro día.

—¿Mientras detenías a alguien?

Mike negó con la cabeza.

—Me caí por las escaleras.

Stanley soltó una carcajada.

—¿Pero cuántos años tienes?

—Sí, sí. Ríete todo lo que quieras.

Stanley le sonrió con aire de suficiencia.

—Será mejor que te cuide. No sabía que hoy me tocaba lidiar con un inválido.

—Basta ya —dijo Mike, deseando no haber dicho nada—. Entremos. ¿A quién conoces aquí?

—A Donna Turnberry. Es una exnovia.

—¿De Christian?

—Mía.

—Afortunada ella.

—Ja, ja.

Mike lo miró.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—No es precisamente algo de lo que uno se jacte.

—Sí, pero...

—No te montes películas — dijo Stanley al tiempo que negaba con la cabeza—. Fue hace años.

—¿Cuántos años?

—Diez, ya que insistes.

—O sea, que estabas saliendo con la colega de Christian Davison en la época en que Davison pudo haber disparado a Fogarty y Lawson.

—Sí.

—¿Conocías a Davison?

—No —respondió Stanley—. Conocí a Donna en la academia de policía. Nunca trabajé con ninguno de los dos.

Mike no se sentía cómodo con aquello. ¿Debería hablar con el sargento?

Pero el sargento estaba ocupado con la jefa en casa de Davison.

—Todo saldrá bien. Vamos, hombre —dijo Stanley.

—Vale, pero me quedo contigo. Quiero asegurarme de que no te metes en ningún lío.

Stanley le lanzó una mirada, pero no se opuso. Entraron en la oficina y ambos mostraron su identificación.

—Tenemos que hablar con el sargento de Christian Davison —dijo Mike a la mujer del mostrador.

—La sargento Weathers está fuera de servicio.

—Vale —dijo Stanley—, en ese caso, ¿está Donna?

La mujer lo miró de vuelta.

—¿Quién pregunta?

—Ya le he enseñado mi identificación. Subinspector Stanley Brown, del equipo de investigación de delitos graves. Este es mi colega, el cabo Legg. Estamos trabajando en una investigación de asesinato.

La recepcionista alzó una ceja.

—Búsquenos a Donna, ¿quiere? —pidió Stanley.

Mike cambió el peso de un pie a otro, incómodo por el tono de Stanley.

La mujer gruñó y cogió el teléfono.

Dos minutos después, una mujer con el uniforme de la unidad de agentes autorizados apareció por una puerta del fondo.

—Stanley Brown. —Su mirada se movió entre él y Mike—. ¿Qué hacéis aquí?

—Necesitamos saber más sobre Christian —dijo Stanley—. ¿Hay algún sitio donde podamos hablar?

Donna miró a la mujer del mostrador.

—Usaremos la sala de reuniones. Sal, ¿me prestas la llave?

La mujer abrió un cajón con cara de pocos amigos.

—No te preocupes por Sal —dijo Donna—. Es que odia a los polis.

Mike reprimió una risa. Menudo trabajo se había buscado, entonces. Se giró hacia Stanley y la risa se le ahogó en la garganta. Stanley estaba mirando a Donna de una forma que incomodó a Mike.

—Vamos, colega —le dijo Mike—. A la sala de reuniones.

Stanley asintió y le dedicó una sonrisa a Mike.

Siguieron a Donna por unos pasillos que olían a patatas fritas y a sudor. Finalmente, llegaron a una puerta que Donna abrió. Stanley entró, dándole a la mujer un amistoso golpe en el brazo al pasar.

Mike lo siguió, asegurándose de no tener contacto físico con la amiga de Stanley.

La sala era estrecha y estaba en penumbra, con una mesa pequeña y cuatro sillas. Stanley se dejó caer en una y Donna ocupó la de al lado. Mike, a regañadientes, se sentó frente a ellos.

—Gracias por esto, Donna —dijo Stanley, sonriéndole y Donna le devolvió la sonrisa.

—¿En qué puedo ayudaros?

—Necesitamos saber qué ha estado haciendo Christian últimamente —dijo Mike—. Cualquier cosa fuera de lo normal. Algún día de baja por enfermedad, cualquier incidente en acto de servicio.

—¿Cuál fue vuestra operación más reciente? —preguntó Stanley.

La mujer alternó la mirada entre Stanley y Mike.

—Una redada antidrogas, en Boscombe.

—¿Hacen redadas de drogas en Boscombe? —preguntó Stanley.

Donna enarcó una ceja.

—Te sorprenderías.

—¿Fue una operación con armas de fuego en la que Christian participó? —preguntó Mike.

—Sí. No sois de Asuntos Internos, ¿verdad?

Mike sintió que balbuceaba.

—¿Asuntos Internos? —Stanley pareció sorprendido—. En absoluto.

—Bien.

—¿Hay alguna razón por la que piensas que podríamos serlo? —preguntó Mike.

Donna le devolvió la mirada y luego observó a Stanley.

—No pasa nada —dijo Stanley—. Puedes contárnoslo.

Apretó los labios.

—¿No sois de Asuntos Internos?

Stanley se llevó las manos al pecho.

—Te lo juro, Donna.

—Ya, aun así creo que deberíais hablar con el sargento.

Stanley le agarró la mano. Donna se sobresaltó, pero dejó que se la sujetara. Un rubor le subió por el cuello.

—Christian está en problemas —dijo Stanley—. Alguien se lo ha llevado.

—¿Quién?

—Eso es lo que intentamos averiguar.

—¿A qué te refieres con que se lo han llevado?

—Creemos que fingieron una detención.

—¿No fue Asuntos Internos?

—No.

—Vale. —Miró a Mike—. Hubo un... incidente. En la operación de drogas.

—¿Qué tipo de incidente? —preguntó Mike.

—Christian se... quedó atrás.

—¿Cómo es eso?

Donna suspiró y se recostó en la silla.

—Hicimos un barrido del edificio en busca de armas, comprobamos si había sospechosos.

Hubo tres arrestos. Hicimos una comprobación superficial de pruebas forenses, pero dejamos el resto para los de la científica.

Christian dijo que había oído algo en el jardín, así que volvió a entrar.

Cuando salí de la casa con el resto del equipo, pensé que se había adelantado.

—¿Pero? —preguntó Mike.

—Pero no estaba en la furgoneta.

—¿Estaba en el jardín?

—Ni rastro de él.

—¿Avisaste a tu sargento?

—Primero fui a buscarlo. Lo encontré en el jardín de al lado. Estaba... —Se frotó la piel del dorso de la mano.

—Continúa —dijo Mike—. ¿Qué estaba haciendo?

—Estaba hablando con un tipo. Grité el nombre de Christian, el tipo se largó y Christian volvió conmigo. Eso fue todo.

—¿Ese tipo era un sospechoso? —preguntó Stanley.

—Que yo sepa, no.

—¿Lo amonestaron después?

—Lo cubrí.

—¿Crees que fue una buena idea? —preguntó Mike—. Podría ser la razón por la que se lo han llevado.

—Pero no lo sabía, ¿no?

—No. —Mike miró a Stanley, que se encogió de hombros.

—¿Hay algo más que necesitemos saber, Donna? —preguntó Stanley—. ¿Dónde fue la redada?

—Puedo conseguir la dirección.

—¿Quiénes eran los objetivos?

—No lo sé. Solo éramos refuerzos.

—Vale. Gracias, Donna.