Capítulo 70
CAPÍTULO SETENTA
Lesley llevaba ya quince minutos sentada en el sofá, con las manos entre los muslos, mirando la pantalla en negro del televisor. Cada par de minutos miraba el reloj.
Había desistido de llamar a Elsa. Si su novia no quería hablar con ella, entonces no había más que hablar. ¿Tenía sentido quedarse ahí sentada esperando o solo iba a conseguir volverse loca?
Se levantó, se sacudió la ropa y cogió las llaves de la mesa del vestíbulo. Salió a toda prisa del piso, se dirigió a su coche y puso el motor en marcha antes de que le diera tiempo a detenerse. Treinta minutos después, aparcó delante de la casa del superintendente Carpenter en Christchurch.
Se miró en el retrovisor, se frotó los ojos cansados, respiró hondo y salió del coche. Examinó la casa del superintendente. Las luces estaban encendidas, pero no se veía movimiento alguno. Se dirigió con paso decidido a la puerta y apretó el timbre con fuerza.
Se sorprendió cuando fue el propio Carpenter quien le abrió.
—Lesley —dijo él, secándose las manos con un paño de cocina—. ¿Qué ha pasado?
—Quería hacerle unas preguntas, señor.
Carpenter frunció el ceño.
—Estoy en plena cena con mi familia.
Lesley miró por encima del hombro de su jefe. Al fondo, en la cocina, una mujer metía los platos en el lavavajillas. Se oía música procedente del piso de arriba.
—Parece que ya ha terminado, señor.
La fulminó con la mirada.
—Hay que tener un par de cojones para interrumpirme en mi casa de esta manera después de todo lo que has hecho.
—Solo quiero saber qué está pasando, señor.
—Entra, pues —suspiró.
Se dio la vuelta y entró en la cocina. Le susurró algo a su mujer, que miró a Lesley por encima del hombro de su marido con recelo.
Lesley le dedicó una sonrisa que no fue correspondida.
Carpenter se volvió hacia ella.
—Pasa a mi despacho.
Lo siguió a una pequeña habitación con un escritorio que ocupaba una pared y una hilera de estanterías en la otra. Solo había una silla, situada detrás del escritorio. Carpenter la ocupó y giró para mirarla de frente. Lesley se quedó de pie, de espaldas a la puerta.
—Adelante —dijo él—. ¿Qué es lo que quieres preguntarme?
—Si va a reabrir la investigación sobre la muerte del inspector Mackie, ¿significa eso que cree que no se suicidó?
Se encogió de hombros.
—No voy a tomar ninguna decisión hasta que hayamos revisado las pruebas.
—No reabriría el caso si pensara que se suicidó. Seguramente, lo fundamental...
Carpenter levantó una mano.
—El forense lo declaró un suicidio. Reabrir un caso como este es un coñazo, como estoy seguro de que ya sabes, pero debido a tu intromisión, a tus conversaciones con periodistas y a que has traído a gente de otras unidades, no parece que me quede otra opción.
—Sadie Dawes contactó conmigo, señor —dijo ella—. Yo nunca habría acudido a ella.
Carpenter levantó una ceja.
—¿De verdad? ¿Ni siquiera después de que Gail Hansford te contara sus dudas sobre la escena del crimen?
Lesley tragó saliva.
—¿Cómo sabía usted eso?
—No soy estúpido, inspectora Clarke. Me mantengo al tanto de lo que ocurre en mi equipo.
—Pero Gail no trabaja para usted.
—Lo hace de manera indirecta, y ha hablado con gente, no solo contigo. —Su voz sonó áspera.
—No culpe a Gail de nada de esto —le dijo Lesley—. La culpa es mía.
—Ah, eso ya lo sé —replicó él—. No te preocupes. La culpa de esta cagada monumental va a recaer enteramente sobre ti.
—No lo entiendo. ¿Por qué está tan preocupado? ¿Cree que alguien del cuerpo estuvo implicado?
Se levantó.
—Inspectora Clarke, teniendo en cuenta los años que pasaste trabajando en la Brigada de Investigación Criminal de la policía de las Midlands, y también los casos que llevabas cuando dejaste ese equipo, me parece que estás pecando de ingenua.
Lesley no apartó la mirada.
—¿Qué ha dicho Sadie Dawes sobre la nota de suicidio?
—No lo sé —le contestó—. Ese es el puto problema, ¿no? ¿Qué crees tú que sabe?
—Que no son las palabras de Mackie.
—¿No?
Negó con la cabeza. No había planeado contarle lo de Petra, pero necesitaba sincerarse con Carpenter, igual que había hecho con el resto del equipo.
—Hablé con la doctora McBride, la especialista en perfiles que trajimos para el caso de la isla de Brownsea.
—Ya sé a quién te refieres.
—Le echó un vistazo a la nota de suicidio, la comparó con algunas entradas del diario que él había escrito.
—¿Y de dónde sacó eso?
—De Gwen Mackie.
Carpenter dio un paso hacia ella.
—¿Y qué hacías tú molestando a Gwen Mackie?
—Gwen estuvo encantada de hablar conmigo. No cree que su marido se suicidara. En lo que a ella respecta, él sabía perfectamente lo que un suicidio significaba para la gente que tenía que lidiar con él después, y nunca le habría hecho eso a sus compañeros.
—¿Cree que no lo sé?
—Con todo el respeto, señor...
Carpenter sacudió la cabeza.
—Lárgate de aquí, Lesley. Déjame disfrutar de mi velada en paz.
—Señor —dijo ella—. ¿Quién dirigirá la nueva investigación?
—No lo sé —le contestó—. Eso lo decidirán mis superiores. Probablemente será alguien de otro cuerpo de policía.
—¿Por qué? ¿Se sospecha que hay corrupción?
—Cabe la posibilidad de que hayan asesinado a un inspector jubilado, inspectora Clarke. Hay que tener en cuenta la posibilidad de que fuera corrupto, ¿no crees?
Lesley tragó saliva. Seguía sin creer que el inspector Mackie fuera corrupto. Se había intercambiado mensajes de texto con Elsa, pero habían sido sobre un caso. Había ayudado a Dennis en un caso después de jubilarse, pero había sido el mentor del sargento. Ninguna de esas cosas era sospechosa.
¿Pero su muerte?
—Siento haberlo molestado, señor.
—No me extraña. Ahora, vete antes de que decida despedirte de una vez.