Capítulo 68
CAPÍTULO SESENTA Y OCHO
Elsa estaba sentada a la mesa del pub y rodeaba con los dedos su vaso de tónica. Había elegido un pub en Blandford Forum, a varios kilómetros de donde vivía y de donde trabajaba Lesley. Muy lejos de Lyme Regis y de la mansión de Arthur Kelvin en Sandbanks.
—¿Hola?
Levantó la vista y vio a una mujer joven de pie junto a la mesa. Era Sam Chaston.
Elsa se tensó.
—¿Te pido algo de beber?
—Una copa de vino estaría bien.
Elsa levantó una ceja.
—¿No conduces?
—He venido en Uber.
—¿Hay Uber por aquí?
—Te sorprenderías —respondió Sam con una sonrisa.
—De acuerdo. —Elsa se levantó, fue a la barra y pidió la copa de vino, dándose cuenta de que no le había preguntado qué tipo de vino quería. Eligió al azar el tinto de la casa y lo llevó a la mesa.
—Perdona, te he pedido el tinto de la casa —dijo—. ¿Te parece bien?
—Perfecto. —Sam cogió la copa, dio un sorbo y se humedeció los labios—. Sobre lo que ha pasado esta mañana —continuó—, lo siento. Debió de ser…
Elsa levantó una mano.
—No pasa nada, era inevitable. Aurelia se iba a cabrear. ¿Qué esperabas?
Sam se encogió de hombros.
—Ya lo sé, pero…
—Hiciste lo correcto. —Elsa miró alrededor del pub, comprobando que no hubiera nadie conocido. Se volvió hacia Sam—. Hiciste exactamente lo que necesitaba que hicieras.
Sam se reclinó en su silla, con los dedos en la base de la copa.
—¿Lo he hecho bien?
—Lo hiciste perfecto —dijo Elsa—. Ahora soy libre, no tengo que trabajar para Arthur Kelvin y no tengo que andar mirando por encima del hombro cada vez que paso por un callejón oscuro.
—¿Tan mal estaba la cosa?
—¿Conoces el caso de Fogarty y Lawson?
Sam levantó la vista.
—He oído hablar de él.
—Eran socios —explicó Elsa—. Socios en el bufete con Harry. Antes de que Aurelia y yo empezáramos a trabajar ahí, representaban a Kelvin y sus negocios. Acabaron muertos en los acantilados de Lyme Regis. —Miró a Sam por un momento—. Empezaba a temer acabar como ellos.
—Entiendo —asintió Sam—. ¿Entonces qué vas a hacer ahora?
Elsa se encogió de hombros.
—Bueno, si Aurelia tuviera un mejor sentido de la ética, me habría denunciado al Colegio de Abogados y me habrían quitado la licencia para ejercer. Estaría buscando trabajo en otro sector.
—¿Pero?
—Pero Aurelia no tiene ese sentido de la ética —le dijo Elsa—. Así que lo único que ha hecho ha sido despedirme, como ya sabes.
Sam asintió.
—¿Vas a buscar trabajo en otro sitio? ¿Volver a Londres, tal vez?
Elsa lo sopesó. Si Sam se lo hubiera preguntado seis meses atrás, habría vuelto a Londres antes de que la pregunta hubiera salido de sus labios. Lo más lejos posible de Arthur Kelvin.
Pero ahora tenía a Lesley.
—No —dijo—. Voy a montar mi propio bufete. Seguramente en Christchurch, para llevar clientes de Hampshire. Espero evitar cruzarme con Arthur Kelvin demasiado a menudo.
Sam le dio otro sorbo al vino.
—¿Crees que será posible?
—Desde luego, lo intentaré con todas mis fuerzas. —Elsa estudió a Sam—. Me has hecho un favor enorme, te lo agradezco. Y necesitaré una asistente personal.
Los ojos de Sam se iluminaron.
—Sí, por favor.
Elsa sonrió. Levantó su vaso y Sam chocó el suyo contra él.
—Trato hecho —le dijo Elsa.