Capítulo 63
CAPÍTULO SESENTA Y TRES
Stanley se reclinó en la silla cuando descolgaron el teléfono.
—Donna Turnberry al habla.
—Donna, soy Stanley.
—Stanley Brown —silbó—. ¿Qué ha sido de ti?
—Estoy destinado en Winfrith —le explicó—. En el equipo de investigación de delitos graves.
—Codeándote con los peces gordos. ¿En qué puedo ayudarte?
Donna Turnberry era una agente autorizada para el uso de armas de fuego destinada en Dorchester. También había sido novia de Stanley y era una de las pocas ex con quien había logrado mantener una buena relación.
—Estoy trabajando en el doble asesinato de Lyme Regis —le dijo.
—¿Ese caso antiguo? ¿Dos abogados?
—El mismo. En fin, esto queda entre nosotros, pero ya tenemos la causa de la muerte. Heridas de bala.
—Vale. ¿Y por qué me llamas a mí?
Stanley bajó la voz.
—También encontramos un arma.
—Ya.
—Esto no te lo he dicho yo, ¿entendido?
Donna hizo el sonido de una cremallera cerrándose.
—Soy una tumba, colega. Cuenta, cuenta.
—Pertenecía a uno de los tuyos.
—¿Uno de los nuestros? ¿En serio?
—El número de serie estaba corroído, pero los de la científica le hicieron una radiografía. Es inconfundible, Donna.
—Ostras. ¿Quién?
Stanley hizo una pausa. Mike estaba al otro lado de los escritorios, también al teléfono.
—Christian Davison —murmuró Stanley—. Lo conoces, ¿verdad?
Se oyó toser al otro lado de la línea.
—¿Donna? —dijo Stanley—. ¿Estás bien?
—Sí —carraspeó—. Pero ¿Christian? Estás de broma, ¿no?
—Era su arma —le dijo Stanley.
—En ese caso, ¿no debería investigarlo Asuntos Internos?
—Creo que puede que lo estén haciendo. Pero quería hablar contigo primero, a ver si sabías algo. Fue hace diez años. ¿Trabajabas de agente autorizada por aquel entonces?
—Sabes que sí —le dijo ella—. Fue cuando tú y yo salíamos.
Stanley sonrió.
—¿Cómo podría olvidarlo?
—No empieces.
—Lo siento, Donna. Mira, ¿hay algo que puedas contarme sobre Christian? ¿Algo raro que le pasara en aquella época?
—¿Y cómo quieres que me acuerde de eso?
Stanley levantó la vista y vio que la puerta de la oficina se abría. Era el sargento. Stanley se encorvó en la silla.
—Mira, Donna, ya sé que ha pasado tiempo, pero ¿recuerdas si se comportaba de forma extraña? ¿Se denunció la desaparición de un arma? ¿Algo raro en concreto que recuerdes?
—Espera un momento —dijo ella—. Estaba un poco raro, fue por la época en que rompió con Sunika.
—¿Quién es Sunika?
—Su mujer. Exmujer. Sí, estaba un poco en las nubes por entonces. Pero supongo que estaba lidiando con el divorcio.
—¿En qué sentido estaba «en las nubes»?
—Distraído —contestó Donna—. De mal humor. Estuvo de baja por enfermedad un par de veces.
—¿Y estás segura de que fue hace diez años?
—Más o menos. Me acuerdo porque Sunika y él rompieron por la misma época en que salía contigo.
Stanley asintió.
—¿Y qué hay del arma? ¿Se denunció la desaparición de alguna?
—Eso no lo recuerdo —le dijo Donna—. Ese es el tipo de cosas que habrían quedado entre Christian y su sargento.
—¿Quién era vuestro sargento en aquel entonces?
—Adam McCory.
—No me suena.
—Se jubiló no mucho después. Aunque era un buen tipo.
—Entonces, supongo que es con él con quien tengo que hablar, ¿no? —dijo Stanley.
—Si lo encuentras. Creo que él y su mujer se fueron de viaje.
—Vale —le dijo Stanley—. ¿Adam McCory, dices?
—Ese mismo.
—Gracias, Donna. Y si recuerdas algo más sobre Christian de aquella época, me lo cuentas, ¿vale?
—Por supuesto, Stanley. Me alegro de hablar contigo.
—Y yo contigo, Donna.