Los crímenes de la playa de fósiles (Inspectora Lesley Clarke 6) Capítulo 57
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Capítulo 57

CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE

Elsa metió el coche en el camino de entrada de una casa de buen tamaño en Sandbanks. Casi derrapó sobre la grava por las prisas, luego saltó del coche y dio un portazo. Mientras se apresuraba hacia la entrada de la casa, se contuvo. «Cálmate».

Tenía que mantener la compostura y manejar la situación como era debido.

Tiró de una cadena y un timbre sonó en las profundidades del edificio. Elsa echó los hombros hacia atrás y se alisó la chaqueta. Se frotó debajo de los ojos, donde imaginó que se le habría corrido el rímel. Respiró hondo mientras esperaba.

Una mujer con un vestido negro y un delantal blanco abrió la puerta.

—¿Puedo ayudarla?

—Me llamo Elsa Short, soy la abogada del señor Kelvin. Necesito hablar con él.

—¿Tiene usted cita?

—Me recibirá.

—Espere un momento.

Le cerró la puerta en las narices a Elsa, quien se quedó mirándola con los dientes apretados. «Date prisa», pensó.

Un instante después, la puerta volvió a abrirse. Un hombre corpulento de mediana edad le devolvió la mirada, con un mechón de pelo que le caía sobre el ojo derecho.

—¿Qué quiere?

—Arthur, déjeme entrar. Tengo algo que debo comunicarle.

—¿Comunicarme? —repitió con un gruñido.

Elsa miró hacia su coche y, más allá, hacia la calle. La casa tenía unas pesadas verjas de hierro forjado. Aun así, cualquiera podía verla desde la calle. Tenía que ser más cuidadosa.

Otro gruñido.

—Venga, entre.

La condujo a través del edificio hasta su espacioso despacho con vistas al puerto de Poole. Elsa tomó asiento sin esperar a que la invitaran.

—Hoy nos sentimos con confianza, ¿verdad? —Se plantó frente a ella, con los brazos cruzados sobre un pecho considerable.

—Esto no le va a gustar —comenzó Elsa—. Pero me temo que está fuera de mi control.

—¿El qué? —preguntó Kelvin mientras se acercaba a una librería de la que sacó un decantador. Vertió whisky en un vaso y le dio un sorbo. No le ofreció uno a ella—. Venga. ¿Qué coño ha pasado?

Elsa tragó saliva. Tenía la boca seca. Miró hacia la puerta. Estaba casi segura de que no la había cerrado con llave. Pero, claro, se trataba de Arthur Kelvin.

—Hice lo que me pidió con esos documentos —dijo.

Recorrió la oficina con la mirada, y sus ojos se detuvieron en las esquinas donde las paredes se unían con el techo. Imaginó que tendría cámaras de seguridad. Y también que habría gente deseando hackearlas.

—Bien —dijo Kelvin.

Se apoyó en el escritorio, tamborileando con los dedos en el vaso. Era de cristal tallado, caro.

—No salió exactamente según lo planeado —le dijo.

Kelvin enarcó una ceja.

—¿Y ese es mi problema?

—Podría serlo.

—Dígame de una puta vez qué ha pasado, mujer.

Elsa se puso de pie. Quería estar a su altura para esto, pero también quería tener un acceso rápido a la puerta. Dio un paso lateral, acercándose un poco más a ella. No tenía ni idea de quién podía estar al otro lado.

—Me vieron —le dijo, mirándolo a los ojos.

Al principio, Kelvin no se inmutó.

—¿La vieron?

—Una colega.

—¿Quién?

—Nadie de quien deba preocuparse.

—¿Quién? —reiteró dando un paso adelante.

Elsa se obligó a no parpadear.

—Aurelia Cross. —Elsa no tenía ninguna intención de darle el nombre de Sam—. Vino a la sala de archivos mientras estaba triturando los documentos. Pasaba por allí, debió de verme dentro.

Kelvin le dedicó una sonrisa irónica.

—¿Aurelia Cross «pasaba casualmente» por la sala de archivos cuando usted estaba haciendo eso? Pensaba que iba a tener cuidado.

—Aurelia estaba trabajando hasta tarde.

—Gilipolleces —espetó—. No la creo.

—Es la verdad. Puede preguntárselo.

Su voz se estaba volviendo entrecortada. «Tranquila».

—En cualquier caso —continuó Elsa, sintiendo que la bilis le subía por la garganta—, destruir pruebas en un caso penal es un delito en sí mismo.

—Eso ya lo sabía —dijo él—. ¿Desde cuándo es mi problema?

—Soy su abogada —le dijo—. O lo era. Ahora que he cometido un delito...

Kelvin negó con la cabeza. La observó por un momento, luego tomó otro trago de whisky. Ella vio cómo se movía su nuez.

—Ni de coña va a delatarla esa zorra. Usted es socia en su bufete, están todas metidas en el mismo ajo.

—Me ha despedido.

Kelvin se rio. Una risa grave, gutural.

—Gilipolleces.

Elsa miró de nuevo a la puerta.

—Está en mi expediente, escrito negro sobre blanco. Aurelia dijo que despedirme era la única forma de evitar tener que denunciarme al Colegio de Abogados. O algo peor.

Kelvin soltó un gruñido.

—Espere un puto minuto. Aurelia Cross no va a despedirla, joder. Usted representa al cliente más importante de su bufete. Si la despide, ¿quién va a ocuparse de mí?

—Ese ya no es mi problema —respondió Elsa—, porque ya no trabajo para Nevin, Cross y Short.

Se preguntó cuánto tardarían en cambiar el nombre de la puerta a Nevin y Cross. O quizá solo Cross y Asociados. El bufete parecía estar sufriendo una hemorragia de socios.

Un escalofrío recorrió la espalda de Elsa. Kenneth Fogarty y Catherine Lawson habían sido socios.

Sintió que se le ponía la piel de gallina. ¿Había hecho lo correcto?

«Sí». Tenía que librarse de él como fuera.

—Así que ya no puedo actuar como su abogada —le dijo, tratando de sonar segura—. Lo siento mucho.

Kelvin refunfuñó de nuevo.

—Panda de picapleitos. Hablaré con Aurelia y lo arreglará. Ahora, lárguese.