Los crímenes de la playa de fósiles (Inspectora Lesley Clarke 6) Capítulo 41
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Capítulo 41

CAPÍTULO CUARENTA Y UNO

—¿Dónde has encontrado esto? —le preguntó Lesley a Gail, dándole la vuelta a la bolsa en la mano.

Gail señaló hacia lo alto de los acantilados.

—Allí arriba. No muy lejos de la carretera.

—¿Cómo es que no la habían encontrado antes?

Gail negó con la cabeza.

—Estaba enterrada bajo unos arbustos. Si no hubiéramos estado intentando averiguar desde dónde cayeron los cuerpos, nunca la habríamos visto.

—Las probabilidades de que sea un arma distinta de la que mató a Kenneth Fogarty son ínfimas.

—Estamos en Lyme Regis.

—Exacto. Pero, aun así, tenemos que cotejarla. ¿Alguna idea?

—Todavía no —respondió Gail—. Tendrías que hablar con el forense para averiguar si hay fragmentos de bala dentro de los cuerpos.

—Ya está en ello.

—Muy bien —dijo Gail—. Hablaré con él, a ver qué podemos encontrar.

Lesley alzó la vista hacia los acantilados, hacia el lugar donde el arma llevaba escondida tanto tiempo.

—¿Había algo más ahí arriba? ¿Algo que perteneciera a las víctimas o al asesino?

Gail sonrió.

—Pues sí, la verdad...

Lesley conocía esa expresión de Gail.

—Venga, suelta...

—Bueno, he encontrado un carné de conducir con un nombre, un recibo de la pistola de la tienda donde se compró y también dos tarjetas de crédito en una cartera.

—¿En serio? —preguntó Tina.

Lesley se volvió hacia ella.

—Gail hace estas cosas. Cuando no encuentra nada, le gusta inventárselo. Normalmente eres un poco más sutil.

Gail arrugó la nariz.

—Hoy no estoy para sutilezas. Estoy helada. Supongo que ninguna de las dos habéis traído un termo con té, ¿no?

—Lo siento —dijo Tina—. Debería haberlo pensado.

—No pasa nada —le dijo Gail—. No es tu trabajo darnos de comer y beber a los de la científica. Haremos una pausa y subiremos a la furgoneta.

—¿Dónde está vuestra furgoneta? —preguntó Lesley—. No la he visto en el aparcamiento.

—Hemos aparcado en Charmouth Road, en el sitio más cercano a donde la encontramos. —Señaló el arma.

—¿Tiene alguna marca distintiva? —le preguntó Lesley—. ¿Un número de serie, por casualidad?

—No lo parece —le dijo Gail—. El óxido y la suciedad la habrán desfigurado. Tendremos que limpiarla, pero después de tanto tiempo no me haría ilusiones.

—¿Seguro que lleva aquí diez años? —preguntó Lesley.

Gail volvió a hacer otro gesto de duda.

—Ni idea, pero quizás pueda traer a un botánico para que revise la vegetación que tiene pegada.

—¿Pueden hacer eso?

—Te sorprenderías.

Gail tendió la mano y Lesley le devolvió el arma. La metió en el maletín y cerró la tapa de un golpe.

—Quiero llevar esto a la furgoneta, a salvo de miradas indiscretas.

—Vale —asintió Lesley—. Avísame cuando hayáis hecho un análisis completo. Y de los resultados de tu conversación con el doctor Bamford.

—Por supuesto —dijo Gail—. Lo tendrás a primera hora de la mañana.