Los crímenes de la playa de fósiles (Inspectora Lesley Clarke 6) Capítulo 37
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Capítulo 37

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE

Dennis rascó con las uñas el brazo del sillón mientras esperaba en la recepción de Nevin, Cross y Short. Mike estaba en el asiento de enfrente, con la vista clavada en el suelo. Dennis apretó los dientes y empezó a tamborilear con los dedos en el reposabrazos.

Mike levantó la vista y preguntó:

—¿Estás bien, sargento?

—Sí —dijo Dennis mientras movía la muñeca para mirar el reloj.

—¿Cuánto tiempo ha pasado?

—Quince minutos —respondió con un suspiro.

Se preguntó por qué Aurelia Cross los hacía esperar. ¿Sabría por qué estaban allí? ¿Habría algo que estuviera intentando encubrir?

Se puso de pie y se giró hacia la puerta que los separaba de los despachos. ¿Estaría ahí dentro ahora mismo, destruyendo pruebas?

Acababa de poner la mano en el pomo, a punto de abrir la puerta, cuando alguien tiró de ella desde dentro. Dennis trastabilló y apoyó una mano de golpe en el marco de la puerta para mantener el equilibrio. Una joven estaba de pie frente a él, con los ojos muy abiertos.

—¿Se encuentra bien, sargento? ¿Ha ocurrido algo?

—¿Cuánto tiempo más nos hará esperar la señora Cross?

La mujer sonrió.

—Está lista para recibirlos ahora.

Dennis enarcó una ceja.

—Llevamos quince minutos esperando.

—Estaba ocupada en una llamada con un cliente.

Dennis observó el rostro de la mujer. Parecía decir la verdad, pero, por otro lado, ¿quién podía asegurar que Aurelia Cross no le hubiera mentido a ella en primer lugar?

—Muy bien —dijo—. Guíenos.

La mujer sonrió de nuevo y se dio la vuelta. Dennis le hizo un gesto a Mike para que lo siguiera.

Los condujeron a un despacho en una esquina, el mismo que Harry Nevin había ocupado antes de su muerte.

Aurelia Cross estaba dentro, con el escritorio vacío frente a ella y las palmas de las manos apoyadas en su superficie.

Levantó la vista cuando entraron y les dedicó una sonrisa altiva.

Le tendió la mano y Dennis se la estrechó.

—Agentes —saludó—, ¿en qué puedo ayudarles?

Dennis percibió un movimiento por el rabillo del ojo. Se giró y vio a Elsa Short escabullirse por otra puerta.

Entrecerró los ojos. ¿Acaso la inspectora la había avisado?

Se aclaró la garganta y se sentó frente a Aurelia Cross. Mike cerró la puerta y tomó el asiento a su lado.

—Tenemos malas noticias —le dijo Dennis.

Ella deslizó las palmas de las manos por el escritorio, hacia sí.

—¿Qué clase de malas noticias?

—¿Sabía que estamos investigando la muerte de dos personas encontradas en los acantilados sobre Lyme Regis?

La señora Cross negó con la cabeza.

—No. ¿Debería?

—Implica a dos antiguos socios de su bufete.

—¿Sospechan de ellos? —preguntó con el ceño fruncido.

Dennis observó que su primer instinto no había sido preguntar quiénes eran los cadáveres.

—No —replicó, preguntándose por qué había llegado a esa conclusión—. Siento tener que decirle esto, pero hemos identificado los dos cuerpos. Se llamaban Kenneth Fogarty y Catherine Lawson. Tengo entendido que fueron socios de este bufete.

La mano de la señora Cross se movió sobre el escritorio; sus movimientos, rígidos. Había palidecido. Dennis estaba seguro de que no la habían avisado.

—¿Kenneth y Catherine? —preguntó Cross.

Dennis asintió, sin apartar los ojos de su rostro.

—¿Trabajó con ellos? ¿Los conocía?

—Sabía de ellos. Dejaron el bufete un año antes de que yo empezara aquí. Harry fue el único socio durante un tiempo, hasta que me ascendieron. Bueno, hasta que conseguí demostrar mi valía.

—Entonces, ¿llegó a conocer al señor Fogarty y a la señorita Lawson?

—Lo siento, nunca. Solo los conocía de oídas.

—¿Qué clase de reputación tenían?

—No quiero insinuar nada. Lo único que sabía de ellos era que eran viejos amigos de Harry, buenos abogados. Se jubilaron.

Dennis asintió. En cuanto salieran de allí, le pediría a Mike que comprobara la historia de Aurelia Cross.

—¿Queda alguien en el bufete que trabajara con ellos? —preguntó.

La abogada se mordió el labio inferior.

—No estoy segura. Tendría que comprobar los expedientes del personal. —Cogió el teléfono de su escritorio.

Dennis levantó una mano.

—¿Qué está haciendo?

—Llamar a mi asistente. Para pedirle que revise los archivos a ver si averigua si alguien de la plantilla trabajaba aquí en esa época. Supongo que querrán hablar con ellos.

Dennis se recostó en el asiento.

—Sí, queremos.

—Bien. —Lo miró fijamente mientras hablaba por teléfono.

—Carol, soy Aurelia. ¿Puedes hacerme un favor? Averigua si tenemos a alguien trabajando aquí que estuviera en la empresa... —Enarcó una ceja hacia Dennis—. ¿Hace diez, doce años?

—Diez —masculló Dennis.

—Diez años —repitió—. Y dame sus nombres. No hables con ellos, solo dame los nombres. —Colgó el teléfono—. Tardará un rato. ¿Quieren un café mientras tanto?

Aquello no era una visita social. Dennis negó con la cabeza.

—Por favor, dígame lo que sepa sobre el señor Fogarty y la señorita Lawson.

Se encogió de hombros.

—No mucho, me temo. Eran amigos de Harry, buenos amigos, según tengo entendido. Los tres eran socios cuando se fundó el bufete. Se jubilaron, eran pareja. Se iban a mudar al extranjero, creo. ¿Dice que murieron hace diez años?

—No estamos seguros de la fecha exacta —respondió Dennis—. Pero habría sido hace al menos diez años.

La señora Cross se apartó un mechón de pelo que le había caído sobre los ojos.

—Eso cuadra. Si se fueron un año antes de que yo empezara, serían diez años.

—¿Puede darme la fecha en que dejaron el bufete?

—Estará en nuestros archivos. Los cambios en los socios deben registrarse formalmente en las escrituras del bufete. Harry les compraría su parte, imagino.

—Entiendo. Búsqueme esa fecha, ¿quiere? Y ya que está, ¿puede acceder a sus registros de clientes? Sería útil saber con quién trabajaban.

Su rostro se ensombreció.

—Eso nos va a llevar un poco más de tiempo.

Junto a Dennis, Mike se aclaró la garganta. Garabateó una nota en su libreta y se la mostró a Dennis.

Decía una sola palabra: «¿Kelvin?». Extendió la mano para tapar la palabra. Ambos sabían que ese bufete representaba a Arthur Kelvin, un criminal organizado que se hacía pasar por un hombre de negocios respetable. Pero no sabían desde cuándo.

Si Fogarty y Lawson habían representado a Kelvin y algo había salido mal en esa relación, ¿podría explicar sus muertes?

—Una lista de clientes sería muy útil —le dijo a la señora Cross—. Tan pronto como pueda.