Capítulo 29
CAPÍTULO VEINTINUEVE
Cuando Lesley salía del despacho del patólogo, una mujer bajó presurosa de un Ford Focus azul y se dirigió hacia ella.
—¿Inspectora Clarke? —preguntó.
—Soy yo —respondió Lesley. «¿Una periodista?», pensó—. ¿En qué puedo ayudarla?
—Soy la subinspectora Hannah Patterson, de la policía de Devon y Cornualles.
—¡Ah! Dennis me avisó de que vendría.
La mujer caminó de espaldas delante de Lesley, acompasando el paso.
—¿Podemos sentarnos en algún sitio?
—Mi coche servirá igual que cualquier otro sitio —respondió Lesley.
La llevó hasta él y se sentó en el asiento del conductor. La mujer ocupó el del copiloto y se volvió hacia ella.
—Es consciente de que está en mi territorio, ¿verdad?
Lesley cerró los ojos un instante.
—Gareth Bamford es el patólogo más cercano al lugar del crimen, así que tenía sentido traer los cuerpos aquí.
—Ya —replicó la subinspectora—. A Devon.
—¿De verdad vamos a andarnos con politiqueos entre cuerpos de policía por un caso sin resolver de hace diez años?
La mujer ladeó la cabeza.
—Pensaba que eran seis años. Es lo que me dijo el sargento Frampton. Los Stubbs, es lo más probable...
—No —la interrumpió Lesley—. El doctor Bamford ha encontrado pruebas de que los cuerpos llevaban allí al menos nueve años, posiblemente quince, no más.
—¿Qué pruebas?
—Un marcapasos. No me pida detalles, seguro que él podrá ponerla al día. Imagino que ya han trabajado juntos con anterioridad, ¿no?
—Sí —respondió Hannah con dureza—. Pero aunque no sea el caso Stubbs, tiene que incluirme en la investigación. Necesitará nuestros recursos y la escena del crimen está a menos de cuatro kilómetros de la demarcación.
—Sí, precisamente esa escena está en Dorset —le dijo Lesley—. Mire, estaría más que encantada de reducir mi carga de trabajo, pero sé que a mis jefes no les hará ninguna gracia que ceda el control del caso a otro cuerpo policial.
Se quedó mirando por el parabrisas. La zona alrededor de la catedral estaba más concurrida que cuando había llegado, con gente de compras y de paseo.
—Le propongo una cosa —dijo Lesley—. Trabajemos juntas y cuando descubramos quiénes son las víctimas, asignaremos las funciones según corresponda.
La subinspectora Patterson apretó los labios.
—¿Aún no sabe quiénes son?
—No, pero quizá usted pueda arrojar algo de luz. ¿Tiene algún caso abierto de hace entre diez y quince años?
—Hace nueve años yo patrullaba la calle.
—Me lo imaginaba.
Lesley la examinó de arriba abajo. La mujer era joven, de unos treinta y cinco años. Probablemente estaba en prácticas cuando esa pareja falleció. Se sobresaltó al oír un golpe en la ventanilla. Era Gareth Bamford. Abrió la puerta.
—Doctor Bamford —dijo—. ¿Va todo bien?
—Tengo noticias —asintió, con el rostro animado.
—Vale. —Miró a la subinspectora y salió del coche. Esta la siguió. Lesley se sintió aliviada de que la mujer no se hubiera quedado en el asiento del copiloto. Una cosa era invadir su caso, pero otra muy distinta era invadir su espacio...
—¿Qué ocurre? —le preguntó al patólogo, apoyándose en el coche.
—El historial dental —dijo él—. Mi técnico ha hecho unas llamadas. Hemos conseguido una identificación.