Los crímenes de la playa de fósiles (Inspectora Lesley Clarke 6) Capítulo 27
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Capítulo 27

CAPÍTULO VEINTISIETE

El técnico de patología se hizo a un lado cuando Lesley entró en la sala con el patólogo y la antropóloga. El primero de los dos cuerpos, el del hombre, ya estaba preparado. Yacía sobre la mesa de metal con una incisión en forma de Y ya practicada. Lesley tragó saliva mientras se acercaban.

—¿Algo relevante? —le preguntó Bamford al técnico.

Este asintió.

—Este tiene un marcapasos, un Nevono.

Bamford enarcó una ceja y miró a Lesley.

—Bueno, eso nos dice una cosa.

—¿El qué? —preguntó Lesley.

—Espere un momento —respondió Bamford—. Déjeme comprobarlo.

Lesley tamborileaba con el pie en el suelo. Necesitaba volver a la escena del crimen y ver cómo habían progresado Gail y su equipo en la búsqueda de pruebas forenses. Tenía el móvil en el bolsillo de la chaqueta, colgada en una percha fuera de la sala. Ahí dentro se sentía aislada.

—¿Qué es? —le preguntó de nuevo a Bamford.

Él levantó un dedo y se inclinó sobre el cuerpo.

—Tendremos que quitar esto —dijo—. Deshacerse de un cuerpo con un marcapasos complica un poco las cosas.

—¿En qué sentido? —preguntó Lesley.

Él la miró.

—No sé qué instrucciones habrá dejado este señor para la disposición de su cuerpo, pero no se puede incinerar un marcapasos.

—No —dijo Lesley. Existía el riesgo de que el cacharro explotara en el crematorio y prendiera fuego a todo el lugar. Suspiró—. ¿Y cuánto tendremos que esperar?

—Para serle sincero, no me preocupa demasiado —dijo el doctor—. Hasta que no lo identifiquemos, no podremos decidir si hay que incinerarlo o enterrarlo de todas formas.

—Entonces, ¿qué es lo que le dice el marcapasos?

Se enderezó.

—Es un Nevono. Un fabricante estadounidense. Los dispositivos siempre llevan grabados los datos del fabricante, además de la información de identificación individual, por supuesto.

—¿Y qué importancia tiene?

—Nevono dejó de operar con ese nombre en 2009. —Señaló el cuerpo—. Este cacharro lleva ahí dentro más de doce años.

Lesley frunció el ceño.

—¿Cuánto tiempo se dejaban los marcapasos dentro de la gente por aquel entonces, antes de tener que sustituirlos?

Bamford se encogió de hombros.

—Las pilas no eran tan buenas en aquella época. Tendría que comprobarlo, pero me atrevería a decir que no más de tres años.

—Así que lleva muerto entre nueve y quince años.

El patólogo asintió.

—Como le digo, tendría que comprobarlo. —Se giró hacia su ayudante—. ¿Ash?

El técnico asintió y tomó nota en una pizarra.

—¿Algo más que nos sea de ayuda? —preguntó Lesley.

El patólogo se inclinó sobre el cuerpo. La antropóloga, Bea, siguió su ejemplo, de pie al otro lado de la mesa. Lesley observó cómo sus ojos recorrían al hombre en silencio, mientras los dedos del doctor Bamford se deslizaban sobre la piel.

Lesley había visto muchas autopsias a lo largo de su carrera y ya no le afectaban, pero aquel cuerpo era diferente. Estaba desecado, la piel seca y amarilla. Tenía agujeros en las mejillas, ya fuera porque la actividad de los animales o los insectos había dañado la carne o porque se había podrido.

—El hecho de que el cuerpo esté tan seco —preguntó—, ¿nos dice algo?

—Nos dice que quienquiera que enterrara estos cuerpos eligió el lugar a sabiendas —dijo Bea—. Sabía dónde no se mojaría demasiado.

El patólogo asintió.

—Es impresionante, para un cadáver que ha estado tanto tiempo bajo tierra. Hay pocos signos de putrefacción. Poca podredumbre, poca actividad de insectos. —Se incorporó, mirando a Bea y luego a Lesley—. Bea tiene razón. Eso le ayudará a encontrar dónde lo enterraron originalmente.

El otro cadáver estaba en el mismo estado.

—Ese también —añadió el patólogo, mirándolo.

Bamford se dirigió al técnico.

—Asegúrate de que los de la científica lo sepan, y puede que tengamos que llamar a un geólogo.

Lesley se cruzó de brazos sobre el pecho.

—Así que tenemos un cuerpo que lleva bajo tierra al menos nueve años, y un asesino que conocía el terreno.

Bea sonrió.

—Eso parece. Voy a trabajar en las muestras de tejido que tomemos para determinar la fecha de la muerte de manera más precisa.

—Y también acceder a los registros de cirugía de marcapasos de los hospitales locales —dijo el doctor Bamford—. Eso podría acotar la búsqueda.

Lesley examinó los cuerpos. ¿Cómo llevaban tanto tiempo bajo tierra sin que nadie los encontrara o denunciara su desaparición?

—No son David y Carmela Stubbs, entonces.

—¿Quiénes? —preguntó Bea.

Lesley suspiró.

—Una pareja que desapareció hace seis años. —Negó con la cabeza, contenta de que no se hubieran puesto en contacto con los parientes de los Stubbs.

—Llevan muertos más tiempo, sin duda —le dijo Bea—. Tardaré un día o así en averiguar exactamente cuánto. Pero se enfrenta a un caso más antiguo.