Capítulo 26
CAPÍTULO VEINTISÉIS
—¡Vaya, si es la hija pródiga!
Tina hizo caso omiso de las bromas de Dougie mientras bajaba los escalones hacia la playa.
—¿Por qué no estás ya allí? —le preguntó ella, señalando con la cabeza hacia los Spittles.
—Podría preguntarte lo mismo —replicó él—. He oído que viniste a ver a Naomi anoche.
Apretó la mandíbula. Su hermana la había recibido bien, pero había una pregunta tácita en el aire. «¿Por qué no has venido antes?».
—Sí. Tu pequeña es preciosa.
Su expresión se suavizó.
—Gracias. Yo también lo creo. —Reprimió un bostezo—. Aunque a veces, por las mañanas, pienso que es el mismísimo demonio.
—Tiene sentido —replicó Tina—. Al fin y al cabo, es tu hija.
Dougie le dio un puñetazo en broma.
—Solo porque ahora seas una subinspectora importante no significa que no pueda contigo.
Tina sonrió.
Siguieron la pasarela de hormigón que llevaba a la base de los acantilados donde se habían encontrado los cuerpos. Los de la científica ya estaban allí arriba; se veían sus trajes blancos a lo lejos.
—En serio —le dijo—. Siento haber tardado tanto. He tenido mucho lío.
—¿Y eso? —preguntó él.
—Bueno —dijo ella—, para empezar, me he echado un novio.
—Me he enterado. Otro agente importante. Mike Legg.
Tina frunció el ceño y se detuvo.
—¿Te lo ha contado Naomi?
Dougie se hizo a un lado para que ella bajara los escalones de hormigón hasta la playa.
—Tina, trabajo para la policía de Dorset igual que tú. ¿Qué te crees? ¿Que los cotilleos no van a llegar hasta aquí?
—No, supongo que no —respondió Tina con un suspiro.
No le gustaba la idea de que su relación con Mike estuviera en boca de toda la policía de Dorset.
Llegaron al final de los escalones. La marea estaba baja y había gente que deambulaba por la playa en busca de fósiles. Un grupo se encontraba al pie del acantilado observando a los de la científica. Los vecinos de Lyme Regis, como siempre, querían saber qué pasaba.
Tina no los culpaba. Lyme Regis era el tipo de lugar donde todo el mundo se metía en los asuntos de los demás.
Después de que los turistas se marcharan al final de la temporada, su carácter cambiaba.
Se convertía en uno de esos pueblos pequeños donde la gente se cuidaba mutuamente.
Cada otoño, el lugar parecía exhalar un suspiro de alivio colectivo.
Pero en verano, todos sabían que el dinero que traían los veraneantes mantendría el pueblo en funcionamiento el resto del año.
Mientras se acercaban a la base de los acantilados, dos jóvenes, poco más que muchachos, se volvieron hacia ellos.
—Tina Abbott —la llamó uno de ellos—. ¿Qué haces aquí?
Tina ladeó la cabeza y vio a Andrew Cooper, el hermano pequeño de uno de sus viejos amigos.
—Mi trabajo, Andrew —dijo ella—. ¿Qué crees que hago?
—Vamos, chicos —dijo Dougie—. ¿No deberíais estar en el instituto?
—Todavía faltan quince minutos para que empiece.
Dougie miró su reloj.
—Ni de coña vais a llegar al instituto en quince minutos. —Hizo un gesto con el pulgar hacia atrás—. Venga, marchaos de aquí antes de que le diga al director que estáis haciendo pellas.
Los chicos se miraron, se encogieron de hombros y pasaron corriendo junto a ellos para subir los escalones. El instituto estaba colina arriba, a las afueras del pueblo. A la velocidad que iban, Tina calculó que igual llegaban a tiempo.
—¿Vas a quedarte aquí abajo? —le preguntó a Dougie—. ¿Para asegurarte de que nadie suba?
—Esperaré a Wendy —le dijo—. Está de guardia hoy; luego tengo que irme a hacer papeleo.
—Qué suerte.
Dougie sonrió.
—No todos podemos ser miembros importantes del equipo de investigación de delitos graves. —Gesticuló unas comillas en el aire con los dedos.
Tina se dio la vuelta, ignorando el comentario. Estaba encantada de haber aprobado el examen de subinspectora y que la nombraran miembro permanente del equipo. Pero sabía que a la gente de su pueblo le costaba entender por qué se había mudado y, en particular, por qué casi nunca volvía de visita.
Movió los hombros mientras trepaba por los acantilados y trató de despejar la mente. Necesitaba centrarse en el caso. Gail estaba arriba con dos de su equipo, Brett y Sunil. Tina se preguntó dónde estaría Gavin, el cuarto miembro del equipo. ¿Quizá en Exeter con el forense?
—Buenos días, Gail —saludó al acercarse a ellos.
—Hola, Tina —respondió Gail—. ¿No está Lesley contigo?
—Ha ido a Exeter a ver al forense.
—Vale. Esperemos que así tengamos una fecha segura para esos cuerpos.
Tina asintió.
—¿No habéis encontrado más pruebas forenses por aquí arriba?
—De momento nada —respondió Gail—. Pero tenemos una zona muy amplia que peinar.
—Señaló la cima de los acantilados—. Tenemos que cubrir toda la extensión de la ladera desde la cima hasta el mar.
Vamos a empezar por abajo y luego subiremos.
Así se minimizan las posibilidades de que el mar se lleve cualquier cosa.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó Tina.
—¿Hoy tienes vista de lince?
—Siempre.
—Bien. Ve para abajo, justo hasta la orilla del agua. —Gail señaló y Tina se giró para mirar—. Busca cualquier cosa que parezca fuera de lugar o que pudieran haber dejado, sobre todo si es antigua.
—¿Antigua? —preguntó Tina.
—No tan antigua como un ictiosaurio —dijo Gail—. Ya me entiendes.
—Sí, te entiendo. ¿Cómo te aviso si encuentro algo?
—Usa la radio —dijo Gail—. No tiene sentido que te pases el día pateando la playa de arriba abajo.
—Perfecto —le dijo Tina.
—Sunil irá contigo. —Gail chasqueó los dedos y el miembro más joven de su equipo levantó la vista.
—¿Necesitas que te enseñe cómo se hace? —le preguntó el joven a Tina con una sonrisa.
—Ya sé cómo se hace —replicó Tina—. Estuve cuatro años de uniforme, ¿recuerdas?
—Ya, claro. —Se burló—. Por si acaso, ya te enseño yo qué hacer.