Los crímenes de la playa de fósiles (Inspectora Lesley Clarke 6) Capítulo 25
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Capítulo 25

CAPÍTULO VEINTICINCO

Lesley aparcó a la sombra de la catedral de Exeter.

El edificio gótico se alzaba imponente sobre ella y dominaba la calle.

Salió del coche y se detuvo a consultar el teléfono para ver cómo llegar.

El forense le había dicho que, una vez que encontrara la catedral, estaría en el lugar correcto. Más o menos.

—Lo tengo —masculló.

El depósito de cadáveres estaba a solo dos calles.

Pagó el aparcamiento y cogió un abrigo del maletero, deseando haber traído ropa de ciudad.

En el armario del piso de Elsa, de su piso, se recordó, guardaba los trajes y zapatos elegantes que había usado en su antiguo trabajo en Birmingham.

Pero, después de ocho meses de patearse campos y acabar llena de barro, se había resignado a llevar botas y forros polares.

Aquel día se sentía desaliñada.

Llegó al depósito y se encontró a una mujer que ya estaba en el despacho del forense. Era joven, de pelo largo y oscuro. Llevaba un traje verde que dejó a Lesley aún más acomplejada por su impermeable, que no le quedaba bien. La mujer se giró al verla entrar y se puso en pie, tendiéndole la mano.

—Usted debe de ser la inspectora Clarke.

—Lo soy, ¿y usted es?

—Bea Steadman. Bueno, me llamo Beatrice, pero todo el mundo me llama Bea. Soy la antropóloga forense.

—Ha llegado rápido.

Bea sonrió.

—Cogí el primer tren desde Londres en cuanto me llamó Gareth.

—Pues muchas gracias. ¿Ha tenido ocasión de examinar ya nuestras pruebas?

—Los cuerpos llegaron esta mañana. La estábamos esperando.

—De acuerdo. —Lesley no estaba segura de si sentirse halagada o irritada. Habría preferido que se pusieran manos a la obra.

El doctor Bamford entró, trayendo consigo una ráfaga de aire frío.

—Lesley. ¿Ya conoce a Bea?

—Me ha dicho que me estaban esperando.

Él le sonrió.

—Sabía que no tardaría. Kyle ya tiene listo el primer cuerpo. Entremos.

Lesley se levantó.

—¿Cuáles fueron sus conclusiones tras examinar los cuerpos en la escena del crimen ayer?

El doctor Bamford le hizo un gesto para que caminara a su lado. Recorrieron un pasillo que olía a lejía y formol.

—Llevaban allí bastante tiempo —comenzó—.

No parecía que los hubieran movido, al menos no a propósito.

—Abrió una puerta doble y esperó a que Lesley pasara—.

Mi hipótesis es que los enterraron en lo alto de esos acantilados y que la primera vez que cambiaron de posición fue cuando la ladera se desplazó ayer por la mañana.

—Así que quienquiera que los enterrase conocía el terreno de la zona —sugirió Lesley—. Debía de saber que aquel era un lugar con pocas probabilidades de moverse.

Bea se giró hacia ella.

—¿Qué sabe de la geología de ese tramo de la costa?

—Mi colega, la subinspectora Abbott, creció en Lyme Regis. Algo me ha contado. Que es propensa a los deslizamientos, algo que tiene que ver con la estructura del suelo.

Estaban en el vestíbulo de la sala de autopsias. El forense señaló unos ganchos de los que colgaban batas para que se las pusieran.

Bea se encogió de hombros al ponerse la suya y se volvió hacia Lesley.

—Vale —dijo—. Le daré la versión resumida. El terreno a lo largo de este tramo de la costa es principalmente Lias azul y Lutitas. Hacia el este, donde están ustedes, es más antiguo, del paleógeno.

Lesley sabía que jamás recordaría nada de aquello.

—¿Y?

—Disculpe, a veces me emociono un poco...

—Bea miró al forense, que le sonreía—. Estudié geología antes de cambiarme a antropología.

Básicamente, el terreno aquí es suelto. Con la humedad suficiente se comporta como un líquido.

Y así es como se producen los deslizamientos.

La sección del acantilado donde se enterraron los cuerpos está más atrás y contiene más Arenisca verde.

Es un poco más estable, por eso los cuerpos tardaron tanto en moverse.

—Así que quienquiera que los enterrara bien podría tener conocimientos de geología.

Bea arrugó la nariz.

—O eso, o conoce el historial de deslizamientos de por aquí.

—La gente tiene muy buena memoria en este tramo de la costa —añadió el doctor Bamford.

Lesley asintió.

—Pero aquí está la cuestión —dijo Bea—. Normalmente, no se esperaría que esa sección se moviera, no en cientos de años, pero…

—No me lo diga, el cambio climático —la interrumpió Lesley—. Siempre es el cambio climático.

—Es en parte el cambio climático —replicó Bea—. Pero hay otros factores en juego. Sinceramente, el hecho de que no dejen de mover el sendero costero y de hacer obras de ingeniería tiende a desestabilizar el terreno.

—Pero la otra noche hubo una tormenta —dijo Lesley.

—Eso fue la gota que colmó el vaso —respondió Bea—. Cuando el suelo se humedece lo suficiente, se precipita por los acantilados más rápido de lo que cualquiera podría correr. Es extremadamente peligroso. Imagine una avalancha de lodo. Tuvimos suerte de que no hubiera nadie allí en ese momento.

Lesley observó a la antropóloga. A la mujer le brillaban los ojos; estaba en su salsa. Pero ya estaban todos con las batas puestas y había asuntos más urgentes que atender.

—Entonces, ¿le echamos un vistazo a esos cuerpos?

El doctor Bamford abrió la puerta de la sala de autopsias.

—Pase usted.