Capítulo 20
CAPÍTULO VEINTE
Elsa notó un nudo en el estómago al colgar. No se había dado cuenta de que estaba enroscándose un mechón de pelo en los dedos. Hizo una mueca de dolor al liberarlo.
No le gustaba hablar con Lesley de su trabajo. En su momento supo que involucrarse con una inspectora de policía acarrearía riesgos. Pero con lo que estaba planeando ahora mismo… apenas se atrevía a pensar en ello, y mucho menos hablarlo con su novia.
Se guardó el móvil en el bolsillo y levantó los brazos por encima de la cabeza. Durante la llamada había estado apoyada en la isla de la cocina, torcida en un ángulo que le provocaba dolor en los hombros. Necesitaba aire.
Salió del piso, bajó corriendo las escaleras y se dirigió a la playa.
El ambiente estaba tranquilo. Principios de primavera, las nueve de la noche.
Encima hacía frío; debería haber cogido una chaqueta.
A lo lejos, a unos cien metros, un hombre que paseaba a su perro tiraba de la correa. Pero, aparte de eso, no había nadie.
Aun así, no quería arriesgarse a que la oyeran.
Saltó a la arena y caminó hacia la orilla. Tragó saliva, sacó el teléfono del bolsillo y marcó antes de parar a pensárselo demasiado.
—Elsa —dijo una voz masculina familiar—. ¿Por qué no ha contestado mis llamadas?
—Lo siento, Arthur —dijo ella—. Las cosas han estado un poco caóticas en la oficina últimamente, ya que seguimos siendo solo dos socias.
Arthur Kelvin era el cliente que menos le gustaba. El hombre al que, en su bufete, solo Aurelia y ella conocían.
—Ese no es mi problema, ¿no? Necesito hablar con usted de ese favor que dijo que me haría.
Se estremeció y le dio la espalda al mar. El hombre que paseaba al perro había desaparecido y no había nadie a la vista.
—Arthur —dijo ella—, sabe que no me siento cómoda con esto.
—Me importa una mierda lo que sienta. Es mi abogada y le pago para que haga lo que le digo.
—Bueno, eso no es del todo…
—Hágalo y punto, joder.
Elsa dudó un instante. Ya sabía la respuesta antes de hacer la llamada. De lo contrario, no la habría hecho.
—De acuerdo.
—El expediente del caso de Bobby Henderson —dijo él—. Ese es.
—Lo sé —le contestó—. Déjemelo a mí.
Kelvin refunfuñó.
—Hay otra cosa que quería preguntarle.
—Dígame. —Elsa sintió que la humedad le rozaba el talón. Avanzó unos pasos para alejarse de la orilla—. ¿Qué es?
—¿Ha oído hablar de una periodista llamada Sadie Dawes?
Elsa frunció el ceño. Se giró para caminar por la orilla.
—¿Sadie Dawes?
—Ya me ha oído. De la BBC. Ha estado haciendo preguntas que no debería.
—¿Qué tipo de preguntas?
—De eso ya me preocupo yo. Usted preocúpese de ese expediente. ¿Seguro que no se ha topado antes con esa tal Sadie? ¿No ha estado en su bufete, husmeando por ahí?
—Totalmente segura —respondió Elsa.
Conocía el nombre. La periodista había desaparecido antes de Navidad. Lesley la había estado buscando y, de repente, había dejado de hacerlo. Elsa se preguntó si eso estaba relacionado con que Sadie hubiera estado haciendo preguntas sobre los negocios de Arthur Kelvin.
Se detuvo. El hombre del perro estaba de vuelta, dirigiéndose hacia ella. Elsa se apartó de él y subió por la playa.
—Le avisaré cuando esté hecho —dijo.
—Mándeme un mensaje. Y hágalo rápido, ¿vale?
—Mañana sin falta —le aseguró.
Sin esperar respuesta, Elsa colgó y se quedó mirando el teléfono. Sintió el impulso de lanzarlo al mar. En su lugar, lo apretó en la mano y regresó al piso, aliviada de que Lesley no la estuviera esperando.