Los crímenes de la playa de fósiles (Inspectora Lesley Clarke 6) Capítulo 8
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Capítulo 8

CAPÍTULO OCHO

Gail cruzó el cordón policial. Mientras Lesley y Tina observaban, Lesley oyó un movimiento detrás de ellas. Se dio la vuelta y vio que se acercaba un hombre alto de pelo oscuro. Llevaba un gorro de lana y un forro polar sobre un traje gris, y cargaba con un gran bolso de viaje.

—¿Dónde me necesitan? —preguntó él.

—¿Perdón? —respondió Lesley.

—Disculpe. He venido con un poco de prisa. Soy el doctor Bamford, el patólogo. ¿Dónde están los...? —Miró hacia adelante y vio a los de la científica con sus trajes blancos—. No importa. Iré a hablar con ellos.

—Espere un momento —dijo Lesley mientras el patólogo se dirigía al cordón—. Soy la inspectora Clarke, la investigadora principal en este caso. Quizá le convenga hablar conmigo primero.

Él se detuvo y se volvió hacia ella.

—Inspectora Clarke —dijo, y le tendió una mano—. Vaya. Parece que hemos empezado con mal pie.

Lesley le estrechó la mano.

—Seguro que lo solucionamos. —Lo observó con atención. «¿Será este patólogo como Henry Whittaker, brusco y grosero, o como Fiona Brightside, concisa y eficiente?».

El hombre se echó hacia atrás, sonriéndole.

—No la conocía. ¿La han enviado de Exeter?

—De Winfrith. Del equipo de investigación de delitos graves de Dorset. Seguimos en Dorset, por si no se había dado cuenta.

—Ya veo. Esto se va a poner interesante.

—¿En qué sentido?

—Bueno… —Hizo un gesto hacia ella y luego hacia el cordón—. Con todo esto de... —Frunció el ceño—. No habrá problema. ¿Qué puede decirme?

—Para serle sincera, la subinspectora Abbott y yo acabamos de llegar también. Gail Hansford es la jefa del equipo forense, y nos ha dicho que hay dos cadáveres y que llevan ahí bastante tiempo.

El patólogo asintió y continuó:

—¿Cuánto tiempo llevan ahí?

—Creo que eso le corresponde a usted determinarlo.

—Por supuesto. —Miró hacia los agentes de la científica.

—Entonces, ¿va a acercarse? —preguntó Lesley, que sintió cómo Tina se movía nerviosamente detrás de ella.

—Eh... sí, claro. Después de usted. —Le hizo un gesto con la mano.

—Me han dicho que me quede a este lado del cordón. —Lesley miró a Tina otra vez—. Pero quiero observar. Tina, quédate aquí.

Levantó el cordón y se agachó para pasar por debajo. Más adelante, el compañero de Gail la agarró del brazo. Gail se giró.

—¡Esta zona no es segura!

Lesley señaló a Bamford.

—Estoy con el patólogo. Soy la investigadora principal, Gail, tienes que dejarme observar.

Gail miró a su compañero y luego al suelo detrás de ella. Lesley solo veía uno de los cuerpos; el otro estaba casi completamente oculto por la tierra.

—Lo siento —dijo Gail—. Sé que estás impaciente por echar un vistazo. Pero no puedo dejarte subir hasta que nos den el visto bueno los que están en lo alto del acantilado.

—¿Cuánto tardarán?

—Lo que tengan que tardar.

—Pero ustedes están ahí arriba —dijo el doctor Bamford—. Seguro que es igual de peligroso para ustedes.

Gail se encogió de hombros.

—Estamos restringiendo el número de personas. Mire, voy a llamarlos a ver cuál es el veredicto.

—Bien. —Lesley se metió las manos en los bolsillos. Gail le hizo un gesto hacia el cordón policial que tenía detrás, y ella retrocedió, seguida por Bamford.

—¿Siempre es así? —preguntó el doctor cuando volvieron junto a Tina.

—¿Gail? —preguntó Lesley.

Él observaba a la jefa de forenses mientras hablaba por teléfono.

—Sí.

—Pensé que ya habían trabajado juntos.

—Hace unos años. No se le ha pasado lo de dar órdenes a la gente.

—Gail es cuidadosa. Es meticulosa. Si nos dice lo que tenemos que hacer, es porque es su trabajo.

Bamford se encogió de hombros.

—No es la primera vez que examino un cadáver en estos acantilados. Sé perfectamente lo que hago. —Observó a Lesley—. ¿Usted ha estado aquí alguna vez?

Lesley sintió que se le encendía la cara.

—Yo crecí aquí —dijo Tina—. Conozco estos acantilados como la palma de mi mano.

Lesley notó que el acento de Tina se iba intensificando por momentos. Se había ido haciendo más fuerte desde que llegaron, pero ahora, al hablar con el patólogo, sonaba como una auténtica lugareña.

—¡Lesley!

Lesley levantó la vista y vio a Gail haciéndole señas.

—¿Es seguro? —gritó.

—Vía libre. Pero solo para el patólogo y tú. Y tened cuidado.

—Siempre lo tengo —replicó Lesley entre dientes.

Gail dijo algo ininteligible. Lesley volvió a levantar el cordón y esperó a que el patólogo pasara primero.

—He llamado a Bea —dijo él—. Es antropóloga forense. Si estos cuerpos son tan antiguos como creo, podrá datarlos con más precisión que yo.

—¿Bea?

—La profesora Beatrice Steadman. Del Imperial College de Londres.

Lesley asintió. Con suerte, podrían relacionar los cuerpos con un caso de personas desaparecidas y la ayuda de la profesora no sería necesaria. Pero agradeció la iniciativa del patólogo.

Gail se acercó a ellos.

—Doctor Bamford, ¿cómo estás?

El patólogo le dedicó una sonrisa forzada.

—Muy bien. ¿Y tú?

—Impaciente por sacarlos a los dos de aquí y reducir el riesgo de que haya otro deslizamiento.

Bamford negó con la cabeza.

—Hoy no va a llover. El agua ya ha hecho su trabajo. No habrá problema.

Gail gruñó. Lesley se preguntó cuándo habría trabajado con el patólogo y qué habría pasado entre ellos.

—En fin —dijo Gail—. Tenemos dos cuerpos. Aparecieron tras el deslizamiento de anoche. Mi estimación es que llevan ahí al menos cinco años.

—Lo sé —dijo Bamford—. Leí tu correo electrónico.

Gail apretó los labios.

—¿Y has contactado con una antropóloga forense?

—Así es.

«Así que fue idea de Gail», pensó Lesley.

—Muy bien —dijo Gail—. Tened cuidado, el terreno aún no es estable. La verdad es que ni siquiera deberíamos estar aquí.

—No pasa nada —replicó él—. Echaré un vistazo rápido y luego podremos retirar los cuerpos.

—Vale —respondió Gail—. Aunque, dado que mi jurisdicción es Dorset y la tuya es Devon…

Bamford se rio.

—¿Podemos ponernos a ello de una vez? —preguntó Lesley.

Gail la miró.

—Perdón. —Enarcó las cejas hacia el doctor Bamford, que se dirigió a los cuerpos y se agachó. Lesley lo siguió.

—Bueno, Gail tiene razón —dijo él—. Llevan aquí bastante tiempo. Desecación avanzada. —Se giró y le gritó a Gail—. ¿Sabes en qué sección del acantilado estaban originalmente?

—No podremos determinarlo hasta que sea seguro subir. Mi teoría es que estaban en tierra seca, y eso los conservó.

Lesley miró el primero de los cuerpos. Unos pocos jirones de tela se aferraban a él, los restos de la ropa.

La piel estaba notablemente bien conservada: seca y marrón, pero seguía manteniendo el cadáver unido.

La carne se había hundido y la forma era poco más que un esqueleto encerrado en una envoltura correosa.

—¿Un hombre y una mujer? —preguntó.

—Sí —confirmó Gail.

—¿Habéis retirado la ropa? —preguntó el patólogo.

—No había mucha que quitar.

Él gruñó y se arrastró hasta el segundo cuerpo. Estaba rodeado de tierra y arena ásperas. Un lado estaba cubierto de tierra, ocultando el costado de la cara, una pierna y la mitad del torso al que se le adherían los restos de lo que parecía un forro polar morado.

—¿Podemos determinar qué aspecto tenían a partir de estos restos? —preguntó Lesley.

El patólogo negó con la cabeza.

—No va a ser fácil. Haremos un análisis de ADN y buscaremos registros dentales. —Señaló la boca del primer cuerpo—. Los dientes siguen intactos. —Se volvió hacia Lesley—. Pero con cuerpos que llevan tanto tiempo aquí, su mejor opción será cotejarlos con un caso antiguo.

—Ya lo sé —respondió Lesley—. No es su trabajo decirme cómo llevar la investigación. ¿Puede determinar la causa de la muerte?

—Con lo que he visto hasta ahora no —dijo. Apartó parte de la tierra del segundo cuerpo—. No hay señales de heridas, pero con cuerpos tan antiguos, siempre es difícil… Un momento. —Apartó más tierra y se echó hacia atrás. Ahora Lesley vio el otro lado del segundo cuerpo, incluido el cuello.

—¿Ve eso? —le preguntó él.

—Sí. —Lesley tragó saliva.

El cuello estaba torcido, la cabeza ladeada. Debajo del hombro distinguió un objeto. Parecía metal oxidado.

La propia carne del cuello tenía una herida. Un agujero limpio en el lado que había estado oculto.

Lesley contuvo el aliento. Miró el primer cuerpo; no había herida correspondiente.

El doctor Bamford se levantó.

—No puedo asegurar que sea la causa de la muerte hasta que haga la autopsia —dijo—. Pero, al menos, a uno de los dos lo apuñalaron.