Capítulo 7
CAPÍTULO SIETE
Tina guio a Lesley hasta un aparcamiento en la carretera de acceso a Lyme Regis. Se encontraban muy por encima de la playa. A sus pies se extendía el mar.
—Entonces, ¿a qué distancia estamos de donde te criaste? —preguntó Lesley mientras bajaban del coche.
—No mucha. Mi madre vive en Anning Road, ahí abajo. —Tina señaló hacia el pueblo.
—¿Tu madre sigue viviendo allí?
—Sí —dijo Tina con una sonrisa—. Se mudó allí la noche de su boda y dice que de ahí saldrá con los pies por delante. Le encanta este sitio.
Lesley se preguntó cómo sería pasar toda la vida adulta entre las mismas cuatro paredes. Solo en el último año había tenido tres domicilios distintos.
Caminaron hasta una cancela, desde donde un sendero bajaba a la playa. Lesley alcanzaba a ver Charmouth a lo lejos, pero un seto ocultaba Lyme Regis.
—¿Es aquí donde están los cuerpos? —preguntó.
—Bueno, es lo más cerca que hemos podido aparcar —explicó Tina.
Abrió la cancela de un empujón y Lesley la siguió por un sendero, al que seguía un tramo empinado de escalones.
—¿Dices que tu cuñado ya está aquí?
—Está con los de la científica.
Lesley asintió. No estaba segura de cómo Gail había conseguido llegar antes que ellas, pero se alegraba de que lo hubiera hecho.
Al final de los escalones, una pasarela elevada de hormigón se extendía en ambas direcciones, paralela a la playa y muy por encima de ella. No era lo que Lesley se había esperado.
—No es precisamente bonita.
—No es ese tipo de playa. Al menos, esta parte no. Es poco profunda, la marea sube mucho. Construyeron estas defensas en 2013.
—Seguro que a los lugareños les encantó.
Tina tomó una bocanada de aire antes de contestar.
—Fue... controvertido.
Giró a la izquierda y Lesley la siguió. Tras una antiestética barrera metálica, otro tramo de escaleras, esta vez de hormigón, bajaba a la arena. Más allá había una zona acordonada. Varias figuras se movían por allí: tres agentes de uniforme y dos de la científica con trajes blancos. Buena señal.
Al pie de las escaleras, Lesley se adelantó a Tina. El conocimiento de la zona de la subinspectora era útil, pero la jefa de la investigación era ella.
La primera agente con la que se topó era una mujer baja con una mata de pelo negro enmarañado. Lesley le tendió la mano.
—Usted debe de ser la agente Sharman.
La mujer hizo una inclinación, casi como una reverencia.
—Sí, señora. ¿Es usted la inspectora Clarke?
Lesley enarcó las cejas.
—Lo soy. ¿Quién está al mando?
La agente señaló a su espalda.
—Gail Hansford es la encargada de la escena del crimen. Y mi sargento, el sargento Connor, estaba supervisando la situación hasta que llegaran ustedes.
Un hombre mayor se acercaba. Era delgado, con el pelo ralo y los galones de sargento. Lesley caminó hacia él.
—Inspectora Clarke —se presentó—. Me han enviado desde Winfrith para dirigir la investigación.
—Sargento Connor —respondió él—. Me alegro de tenerla aquí, señora. —Miró a Tina por encima del hombro de Lesley—. Y agente Abbott.
—Subinspectora Abbott. Aprobé el examen.
Al sargento se le abrieron los ojos como platos.
—¿Por qué no me lo dijo Dougie? ¡Enhorabuena, subinspectora Abbott! —Sonrió y luego volvió a mirar a Lesley, con la sonrisa desvanecida—. Disculpe, señora.
—No hace falta que me llame señora.
Él frunció el ceño.
—Preferiría... si no le importa, señora.
Lesley apretó los dientes. «De acuerdo» .
—Entonces, ¿qué tenemos? —preguntó.
—Sígame, señora... por favor.
La condujo hasta el cordón policial y se detuvo.
—La pondré al día aquí. Cuanto menos tiempo pasemos al otro lado de esta cinta, mejor.
—¿Todavía no es seguro? —preguntó Lesley.
Oyó voces a sus espaldas. Un agente de uniforme estaba con Tina, muy juntos. ¿Sería el cuñado de Tina?
—Me temo que no —respondió el sargento Connor—. No nos hace ninguna gracia que los de la científica estén ahí arriba, pero insistieron en que necesitaban examinar la escena.
—¿Qué pueden hacer para asegurar la zona? —preguntó Lesley.
—Ya hay un equipo en lo alto del acantilado examinando el terreno. Harán un análisis, estimarán la humedad del suelo por encima del punto que se ha desprendido. Intentarán calcular la probabilidad de que vuelva a ocurrir.
—¿Es algo habitual?
—Puede serlo. No queremos correr el riesgo.
—Desde luego que no.
Lesley observó a los agentes de la científica, preguntándose dónde estaría el forense. Si venía de Exeter, ya debería haber llegado.
—¡Gail! —llamó a su amiga.
Uno de los dos agentes de la científica se enderezó. Se puso las manos en los riñones y se estiró, luego se giró hacia Lesley y la saludó con la mano. Se acercó a ellos con cuidado, con paso vacilante y la vista fija en el suelo.
—Lesley —dijo—. ¿Así que te han puesto al mando?
—Así es —respondió Lesley—. Estos cuerpos, ¿llevan aquí unos años?
Gail asintió.
—Estamos examinando su ropa. Relojes, ese tipo de cosas, para intentar calcular su antigüedad. El forense y el arqueólogo forense analizarán los cuerpos. El sargento Connor no tiene constancia de ninguna desaparición reciente.
—No solo recientes —dijo Connor—. Llevo treinta y dos años trabajando en la comisaría de Lyme Regis y no tenemos ni una sola desaparición sin resolver.
—Es un buen historial —dijo Lesley.
—Sin resolver, señora. No digo que aquí no desaparezca gente. Solo que los hemos encontrado a todos. —Dudó—. Normalmente al pie de los acantilados, después de una marea alta.
Lesley miró más allá de él, hacia el terreno removido.
—Entonces, ¿llevan aquí más de treinta y dos años?
Gail negó con la cabeza.
—Creo que se han conservado por la tierra, pero no tanto tiempo. Se trataría de unos pocos años. Es posible que no sea una desaparición local.
—Genial —dijo Lesley—. Así que buscamos un caso antiguo de desaparición, de cualquier lugar fuera de Lyme Regis.
—Lo siento —dijo Gail.
—No pasa nada. —Lesley miró a Tina—. Nos gustan los retos, ¿o no?