Los crímenes de la playa de fósiles (Inspectora Lesley Clarke 6) Capítulo 3
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Capítulo 3

CAPÍTULO TRES

Douglas Anderson estaba en la playa, contemplando la ladera de los acantilados.

Los de la científica habían llegado hacía una hora: una mujer baja y regordeta y un hombre alto y espigado en una furgoneta sin distintivos.

Habían tardado tres cuartos de hora solo en llegar al lugar donde estaban los cuerpos.

Wendy ya estaba allí arriba, acordonando la zona, asegurando el perímetro.

Él estaba abajo, en la playa, asegurándose de que ningún curioso intentara subir.

Una multitud se había congregado a su espalda y aumentaba por momentos.

Intentaba ignorar los murmullos y las especulaciones.

—¡Dougie! —gritó una voz—. ¿Sabes quiénes son, colega?

Sacudió la cabeza sin volverse.

—Todavía no —respondió—. Dejemos las especulaciones a un lado hasta que sepamos lo que ha pasado.

—Menuda chorrada.

Douglas se giró.

—Le agradecería que no...

El que había hablado enarcó una ceja. Era Tom Harrison, el mejor amigo de Douglas del colegio.

—Tom —dijo—. ¿Qué haces aquí?

Tom era el director de uno de los dos únicos bancos que quedaban en el pueblo. Normalmente estaría calentando la silla en su despacho.

—¿Por qué no estás en el trabajo? —preguntó Douglas.

—Día libre. Y parece que he elegido el día adecuado. Aquí hay de sobra para mantenerme entretenido.

—Pronto te aburrirás.

—Van a tener que desviar el sendero otra vez —respondió Tom, ignorando el comentario.

—Así es —asintió Douglas—. Pero no hasta que los de la policía científica hayan acabado.

—Y el ayuntamiento tardará semanas en ponerse a ello.

—Yo no estaría tan seguro —replicó Douglas. Solo quedaban cuatro semanas para Semana Santa. Los turistas empezarían a llegar y el ayuntamiento querría asegurarse de que tuvieran acceso al sendero. Un acceso seguro.

—¿Qué está haciendo Wendy? —preguntó Tom.

—Asegurando la zona.

—¿Qué haces, dejando que una chica haga eso por ti? Deberías estar ahí arriba.

Doug apretó los dientes. Wendy escalaba en su tiempo libre. Tenía buen equilibrio y había insistido en subir sola. Y conocía los acantilados de la zona mejor que cualquiera.

Además, uno de ellos tenía que quedarse abajo. De lo contrario, Tom y todos los demás mirones estarían allí arriba, sacando fotos e intentando identificar los cuerpos.

—¿Es alguien de por aquí? —preguntó una mujer. Anita Hampshire, que al jubilarse hacía seis años se fue a vivir a una casa de campo en Uplyme.

—Lo siento, señora Hampshire —dijo Douglas—, pero todavía no los hemos identificado. Estoy seguro de que...

—¿Seguro que están muertos? —interrumpió Tom.

—Tom —dijo Douglas—, ya he dicho que no especulemos.

—Sigo pensando que deberías estar tú ahí arriba en lugar de Wendy.

Douglas inspiró hondo.

—¿Sabe Naomi algo de esto? —preguntó otra mujer.

Douglas se volvió hacia ella y sintió que se le relajaban los hombros. Era Annie Abbott, su suegra. Se ablandó.

—Hola, Annie —dijo—. La llamé en cuanto lo supimos.

—Me alegro de que no hayas subido. —Lanzó una mirada de reojo a Tom—. No podemos permitir que el padre de Poppy se ponga en peligro.

Douglas sonrió.

—Nadie está en peligro.

Su suegra señaló más allá de él.

—Pues a mí no me lo parece. Dile a Wendy que tenga cuidado, ¿vale?

—Wendy no necesita que yo...

—Es que no puedo ni mirar. —Aun así, los ojos de Annie estaban fijos en Wendy. Se sacudió y se volvió hacia Douglas—. ¿Qué tal van las noches?

—No muy bien —respondió con un bostezo.

Annie le dio una palmadita en el brazo.

—Mejorará. Tú aguanta. Y no dejes que mi Naomi se encargue de todas las tomas nocturnas, ¿de acuerdo?

—No, señora —le respondió con un saludo militar de broma.

—Me trae recuerdos —suspiró Annie—. Tina fue una pesadilla. —Se giró hacia él—. ¿Has oído algo de Tina últimamente?

Tina Abbott trabajaba ahora en la Jefatura de Policía de Dorset, una subinspectora de postín. No se ponía en contacto con gente como él, aunque fuesen familia.

—Me temo que no —dijo él—. Hace meses que no sé nada de ella.

—Me debe una llamada. Por no hablar de una visita para ver a esa niña vuestra. —Su suegra arrugó la nariz, observando a Wendy en los acantilados—. Ya verás como viene. Son el equipo de investigación de delitos graves, al fin y al cabo. Necesitarán que Tina y sus colegas investiguen este caso.

Un murmullo recorrió la multitud. Annie tenía razón, pero a Douglas no le gustaba la idea de que la gente le dijera cómo hacer su trabajo.

—Esperemos a ver qué pasa —dijo.

Se giró para mirar hacia Wendy y los dos de la científica.

Wendy había conseguido colocar una cinta alrededor del perímetro del deslizamiento.

Se movía despacio, con el centro de gravedad bajo.

Exploraba la zona frente a ella antes de cada paso, comprobando que el terreno era estable.

Había hecho bien en dejarla subir a ella en lugar de hacerlo él.

El ayuntamiento llegaría en algún momento para evaluar el deslizamiento y decidir cuánto tendrían que desviar el sendero.

Faltaban unas semanas para Semana Santa y los turistas acudirían en masa.

Tendrían que darse prisa. Wendy se puso de pie y agitó un brazo enérgicamente para llamar su atención. Él le devolvió el saludo.

Su radio crepitó.

—Agente Anderson, aquí la agente Sharman —dijo la voz de Wendy.

—¿Cómo va todo, Wendy?

—Querrás decir agente Sharman.

A Wendy le gustaba mantener la formalidad cuando usaba la radio.

—Perdón, agente Sharman. Informe.

La miró mientras hablaba por la radio. A esa distancia no distinguía su cara, pero sabía que estaría sonriendo por su sarcasmo.

O quizá no, dado lo que estaba haciendo.

—¿Te puedes alejar de la multitud? —le preguntó su compañera.

Douglas avanzó unos pasos, levantando un brazo para evitar que la multitud lo siguiera. Oyó a Annie reprender a alguien: «Dejad que el chico haga su trabajo».

Wendy estaba de pie en el acantilado, de cara a él.

—Parece que los cuerpos llevan aquí un tiempo —dijo—. Descomposición avanzada. Los de la científica creen que podrían ser años.

Douglas avanzó un paso más y ahuecó la mano sobre el aparato.

—¿Años? —murmuró.

—Sí, Dougie —respondió ella, olvidada toda formalidad—. Años.